Dietrich Bonhoeffer: Abrumado por el costo de la gracia

Nota del editor: 

Este artículo pertenece a una serie mensual de biografías breves que hemos estado publicando sobre cristianos que fueron usados por el Señor para impactar a incontables vidas, y de los cuales podemos aprender. Otras biografías en esta serie: Martyn Lloyd-Jones, Martín Lutero, George Müller, George Whitefield, John Newton, Francis Schaeffer, William Wilberforce, Jonathan Edwards, David Brainerd, J. I. Packer, Juan Calvino, y los puritanos.

El 29 de julio de 1944, el coronel alemán Claus von Stauffenberg entró a la “guarida del lobo”, la base de operaciones de Hitler, con un maletín cargado de explosivos.

Su misión: matar al Führer.

Este objetivo era parte de una operación de conspiradores dentro de la fuerza de defensa alemana. Todo pertenecía a un plan de golpe de estado basado en la Operación Valquiria: una agenda de reorganización del país y el ejército en caso de alguna emergencia nacional, como la muerte de Hitler.

Stauffenberg sabía lo que estaba en juego en aquel día. Horas antes declaró en una conversación privada: “El destino nos ha ofrecido esta oportunidad, y no la rechazaría por nada del mundo. He examinado mi conciencia delante de Dios y de mí mismo. Ese hombre es la encarnación del mal”.[1] Junto a los demás conspiradores, había visto la maldad del nazismo y entendía su responsabilidad de cortarle la cabeza a la serpiente.

Dejó la bomba plantada en el lugar de reuniones de Hitler junto a los más altos directivos de su gobierno. Cuando Stauffenberg vio los humos de la explosión desde lejos, pensó que era imposible que Hitler hubiese sobrevivido. Todo estaba calculado para cambiar la historia.

En realidad, la misión fracasó. Murieron varios oficiales nazis, pero Hitler sobrevivió con apenas unos rasguños gracias a que fue protegido por su mesa de roble, quedando lleno de cenizas y con el cabello despeinado. Luego de esto, su ira se hizo sentir fuertemente contra los conspiradores. No hubo misericordia. Hubo una investigación, miles fueron arrestados, y cientos de personas fueron ejecutadas por la participación en el complot.

Entre los ejecutados estuvo Dietrich Bonhoeffer, un joven pastor y teólogo alemán. Él se convertiría en uno de los cristianos más influyentes del siglo pasado y, para muchos, una de las figuras más enigmáticas de la historia reciente de la iglesia.

¿Qué hacía un ministro alemán protestante en una conspiración para matar a Hitler? ¿Por qué este teólogo llegó a ser tan relevante para la iglesia por el resto del siglo XX? Y más importante aún: ¿qué es lo más crucial que se puede aprender de él?

“¡Tendré que reformarla!”.

Bonhoeffer nació junto a su hermana melliza, Sabine, el 4 de febrero de 1906 a una familia privilegiada en Breslau (ahora en Polonia). Sus padres fueron Karl y Paula Bonhoeffer.

La familia en total tuvo ocho niños, y era reconocida por la brillantez que la caracterizaba. Por ejemplo, Karl fue el psiquiatra más prestigioso en Alemania y uno de los críticos más grandes de Freud, y Karl Friedrich Bonhoeffer (hermano mayor de Dietrich) fue un químico célebre que trabajaría en la división del átomo.

Era tanta la influencia y los contactos que la familia tenía en las altas esferas de la sociedad, que ellos llegaron a enterarse años más tarde de cosas horribles como los campos de concentración de judíos mucho antes de que el público general lo supiera. Y toda la familia desde el principio se opuso a los nazis y trabajó contra ellos. De hecho, Klaus Bonhoeffer, otro de los hermanos de Dietrich, también fue ejecutado por su rol en el complot del 20 de julio.

La familia Bonhoeffer siempre fue intelectual y con pasión artística. Tenía la capacidad para ver cosas que otras personas no veían. Dietrich creció en este ambiente… y por eso sorprendió a su familia al decidir ser teólogo en vez de desarrollar sus dones para el piano. “Desde el tiempo en que tenía trece años ya tenía claro que quería estudiar teología”, confesó.[2]

El cristianismo predica el valor infinito de aquello que en apariencia no vale nada y la infinita falta de valor de aquello que parece tener todo el valor.

Su determinación y pensamiento penetrante siempre lo acompañó. De joven, al discutir su elección de estudiar teología, Klaus se centró en el problema de la iglesia y la llamó una “pobre, débil, aburrida, e insignificante institución burguesa”. Dietrich respondió: “En ese caso ¡tendré que reformarla!”.[3] En aquel entonces, él no tenía idea de que su vida y ministerio iría hacia esa dirección.

Bonhoeffer, el joven teólogo

La carrera de Bonhoeffer sería vertiginosa y lo llevaría a conocer muchos lugares. En 1923 y 1924 realizó estudios teológicos en Tübingen, Berlín, y viajó por Italia y el norte de África. En 1927 tomó su primer doctorado y escribió su célebre tesis: Sanctorum Communio: Un estudio dogmático para la sociología de la iglesia, de la cual hablaremos un poco más adelante.

Entre 1928 y 1931, Bonhoeffer serviría en una congregación en Barcelona, España; tomaría un segundo doctorado para calificar como profesor universitario; y estudiaría en el Union Theological Seminary, en Nueva York, encontrándolo decepcionante por su teología liberal. También viajaría a México y Cuba mientras su pensamiento seguía desarrollándose. Después, fue ordenado para el ministerio oficialmente el 15 de noviembre de 1931.

Durante estos años, las convicciones de Bonhoeffer estaban definidas. Por ejemplo, en uno de sus mensajes en Barcelona enseñó que no somos llamados a darle a Jesús un espacio de nuestras vidas; somos llamados a darle todo:

“Si hay algo en Cristo que reclama toda mi vida con la plena seriedad de que es Dios mismo quien habla, y si la palabra de Dios se hizo presente una vez y solo en Cristo, entonces Él no tiene una importancia relativa para mí, sino que esa relevancia es absoluta y urgente… Entender a Cristo significa tomarle en serio. Comprender su afirmación es aceptar con total seriedad su absoluta reclamación de nuestro compromiso. Y ahora es importante que aclaremos la seriedad de este asunto y liberemos a Cristo del proceso de secularización al que ha sido incorporado desde la Ilustración”.[4]

Para este joven teólogo, “el cristianismo predica el valor infinito de aquello que en apariencia no vale nada, y la infinita falta de valor de aquello que parece tener todo el valor”.[5] Así asumió la tarea de exponer la verdad en medio de una cultura experta en trivializar el evangelio y relegar a Jesús a un segundo lugar. Una cultura que, vale la pena mencionar, es parecida a la actual.

Sin embargo, había algo importante que le faltaba a Bonhoeffer: creer realmente el evangelio.

Bonhoeffer, el llamado

En 1931 volvió a Alemania para dar cátedra en el Universidad de Berlín mientras Hitler ascendía al poder. Bonhoeffer entendía lo que ocurría con el surgir del nazismo, y aplicó el evangelio a la situación.

Un estudiante recuerda sus conferencias así: “Entre el público se extendió la expectación de que la salvación del pueblo alemán llegaría ahora de la mano de Hitler. Pero en las conferencias nos dijeron que la salvación solo viene de Jesucristo”.[6]

Mientras tanto, algo pasó en el corazón de Bonhoeffer al comienzo de la década, como escribió tiempo después:

“Me sumergí en el trabajo de una forma muy poco cristiana. La… ambición que muchos notaron en mí me hizo la vida muy difícil… Entonces, algo sucedió, algo que ha cambiado y transformado mi vida hasta el día de hoy. Por primera vez descubrí la Biblia… Yo había predicado a menudo. Había visto una gran parte de la iglesia, había hablado y predicado sobre ello, pero todavía no me había convertido en un cristiano… Sé que en ese momento convertí la doctrina de Jesucristo en algo de provecho para mí… Rogué a Dios que no volviera a ocurrir jamás. Tampoco había orado antes, o lo hacía muy poco. A pesar de mi soledad, estaba bastante contento conmigo mismo. Entonces, la Biblia, y en particular el sermón del monte, me liberaron de aquello.

Desde ese momento, todo ha cambiado. Lo he sentido con toda claridad, y también la gente que está a mi alrededor. Fue una gran liberación. Vi con claridad que la vida de un siervo de Jesucristo debe pertenecer a la iglesia y, paso a paso, quedó de manifiesto para mí hasta dónde debo llegar… También he encontrado a otros que compartieron este objetivo conmigo. El avivamiento de la iglesia y del ministerio se convirtió en mi suprema preocupación… Tengo muy claro mi llamado. Desconozco lo que Dios hará con ello… Debo seguir el camino. Quizá no será demasiado largo (cp. Fil. 1:23). Sin embargo, es bueno que haya tomado conciencia de mi llamamiento… Creo que su nobleza solo nos quedará clara en los tiempos y los acontecimientos por venir, si es que podemos resistir”.[7]

Es posible ser expertos en combatir los errores doctrinales y predicar el evangelio, y aún así no haber rendido nuestras vidas en verdad ante Cristo.

Esto nos recuerda que es posible ser expertos en combatir los errores doctrinales y predicar el evangelio, y aún así no haber rendido nuestras vidas en verdad ante Cristo, creyendo el evangelio con el corazón.

Ahora Bonhoeffer estaba entregado a Dios. Entendía su llamado en busca de un avivamiento para la iglesia de sus días. Sabía que los tiempos venideros serían peligrosos.

Bonhoeffer, el profeta

El 30 de enero de 1933 Hitler fue nombrado canciller de Alemania. Dos días después, Bonhoeffer habló en radio sobre los peligros de ser gobernados por un Führer, un líder supremo a quien rendir pleitesía y en quién poner toda nuestra esperanza. La transmisión fue cancelada mientras Bonhoeffer hablaba. Eso sería solo el comienzo.

La iglesia de Alemania cayó en las garras del Reich y esto empezó a verse en su enseñanza. Por ejemplo, el pastor Hermann Gruner, un hombre de influencia en la iglesia, predicaba: “El tiempo se cumple para el pueblo alemán de Hitler. Gracias a Hitler, Cristo, Dios ayudante y redentor, se ha hecho efectivo entre nosotros… Hitler es el camino del Espíritu y la voluntad de Dios para que el pueblo alemán ingrese en la Iglesia de Cristo”.[8]

Los grupos cristianos que se identificaban con Hitler llegaron a ser conocidos como los “Cristianos Alemanes”, y abundaban. Poco a poco, se fue prohibiendo el ministerio de pastores judíos y se difuminaba el engaño de que Jesús era el ario supremo y odiaba a los judíos, mientras se minimizaba más aún la doctrina de la cruz por resultar débil y anticuada para la nación alemana. Para decir todo eso tuvieron que torcer por completo la Palabra de Dios.

En este contexto, Bonhoeffer contribuyó a la fundación de la Iglesia Confesante, una alianza de congregaciones que no cederían al nazismo, en contraste a los “Cristianos Alemanes”. Bonhoeffer fue una voz profética que llamó a la iglesia al arrepentimiento y se opuso a la persecución contra judíos y la eutanasia del régimen de Hitler para purificar la raza.

Bonhoeffer enseñaba que la iglesia “tiene una obligación para con las víctimas de cualquier orden de la sociedad, aunque no pertenezcan a la comunidad cristiana”.[9] Incluso empezaba a ver que la iglesia tenía derecho a cuestionar al gobierno y hasta oponerse a él en las peores de las injusticias. Esto llegó a ser radical incluso para grupos de la Iglesia Confesante.

Asimismo, sirvió en la redacción de la Confesión Bethel, de la Iglesia Confesante, aunque en siguientes borradores los editores cambiaron algunas cosas, añadiendo incluso guiños al gobierno nazi, y Bonhoeffer llegó a estar en desacuerdo con tales aspectos de la confesión.

Entre 1933 y 1935, Bonhoeffer realizó diversos viajes a otros países de Europa buscando el apoyo de iglesias en el exterior para la Iglesia Confesante. Ministró por meses a alemanes en Londres, y fundó y dirigió un seminario secreto de la Iglesia Confesante, primero en la ciudad de Zingst y luego en Finkenwalde, en donde entabló una profunda amistad con uno de sus alumnos, Eberhard Bethge, quien llegaría a publicar escritos de Bonhoeffer. Allí también conocería después a Maria von Wedemeyer, su futura prometida, nieta de una amiga de él.

La vida cristiana debe ser una realidad palpable en nosotros así como lo fue en Jesús.

En Finkenwalde, la misión de Bonhoeffer no era simplemente enseñar teología, sino también cómo llevarla a la vida práctica. Por su propia experiencia entendía que en los seminarios de aquellos días se enseñaba mucha doctrina pero no se enseñaba oración, meditación, ni la verdadera naturaleza de la vida en comunidad. Movido por las implicaciones de la encarnación de Jesús, entendió que la vida cristiana era más que algo intelectual, y debía ser una realidad palpable en nosotros así como lo fue en Él.

Su licencia para enseñar en la Universidad de Berlín fue revocada por el gobierno en 1936, el año en que publicó su libro más célebre: El costo del discipulado. Al año siguiente, la Gestapo cerró el seminario secreto y arrestó a 27 estudiantes. Por los siguientes dos años, Bonhoeffer trabajó en otro libro relevante: Vida en comunidad. También apoyó a pastores en la región de Pomerania, hasta que decidió aprovechar la oportunidad de huir a los Estados Unidos en 1939.

Bonhoeffer, el pastor espía

Una vez en Estados Unidos, se dio cuenta del error que había cometido y entendió que su lugar estaba de vuelta en Alemania:

“En Alemania, los cristianos tendrán que afrontar la terrible alternativa de querer el fin de su nación para que sobreviva la civilización cristiana, o de querer la victoria de su nación y, por consiguiente, la destrucción de nuestra civilización. Yo sé cuál de estas alternativas debo elegir, pero no puedo hacerlo estando en seguridad”.[10]

Al regresar trajo ánimo a la iglesia y siguió apoyándola en los momentos más difíciles, a pesar de que el gobierno le prohibió escribir y enseñar. En poco tiempo estalló la guerra. Poco a poco, por medio de contactos y amigos, se vio involucrado en la resistencia contra Hitler, uniéndose a la Abwehr, una organización de inteligencia alemana con conspiradores dentro.

El plan para derrocar a Hitler debía hacerse con cuidado. Si los conspiradores acababan con él, pero no tenían el apoyo de los países aliados contra Alemania en la guerra, sería el fin de Alemania, puesto que los Aliados atacarían sin piedad. Era necesario establecer contactos con ellos e informarles de los planes para eliminar a Hitler. Allí es donde entra Bonhoeffer.

Bajo la razón de ser un pastor y teólogo, Bonhoeffer pudo salir en ocasiones de Alemania. Al hacerlo, sirvió como espía al informar a los aliados, por medio de una red ecuménica de pastores, de los planes para derrocar a Hitler y buscar el apoyo de ellos para la misión. Para la Gestapo, Bonhoeffer era ahora un trabajador de la Abwehr al servicio del Reich y por eso dejaron de perseguir su ministerio. Así Bonhoeffer fue un espía mientras ayudaba a la iglesia.

Muchos se ha debatido sobre si Bonhoeffer hizo lo correcto o no. La oposición a Hitler es una cosa, pero la conspiración para matarlo es otra. ¿No es eso pecado? Sin embargo, creo que en este dilema hay al menos dos cosas a considerar.

La primera es que muchos cristianos a lo largo de la historia han entendido que, en tiempos de guerra y situaciones muy extremas, Dios no culpa a una persona cuando viola una ley menor para guardar una mayor. Recordemos, por ejemplo, que Rahab fue elogiada por mentir y salvar a los espías israelitas, y eso fue incluso una señal de que en verdad fue salva (Stg. 2:25). ¡Hubiese sido mayor pecado no haber hecho eso!

Lo segundo a entender es que debemos ser lentos al juzgar a Bonhoeffer. En una época en la que se nos hace fácil juzgar las decisiones difíciles de otros desde la comodidad del hogar gracias a las redes sociales, somos dados a no ponernos en los zapatos de los demás. Y Bonhoeffer vio y estuvo en situaciones demasiado extremas para la mayoría de nosotros. Mira las fotografías que existen sobre los campos de concentración nazi, por ejemplo, y dime si eso no representa una maldad inimaginable.

¿Quién permanece firme? El hombre responsable que intenta convertir toda su vida en una respuesta a la pregunta y al llamado de Dios.

Hay mucho para debatir sobre este punto. No creo que podamos abarcar todas las aristas del dilema. Lo cierto es que Bonhoeffer no veía otra alternativa; veía que el plan era viable, veía fuertes bases bíblicas para involucrarse en él, y él mismo reconoció que su conspiración para matar a Hitler hacía daño a su propia alma. Él entendía todo esto a la perfección. Él no deseaba nada de esto, pero no había otra opción. Quiera el Señor que nunca tengamos que estar en una situación tan extrema.

Así Bonhoeffer se volvió una brújula moral para los conspiradores y, durante su trabajo con ellos, contribuyó también en ayudar a judíos a escapar de Alemania. Fue precisamente por esto último que fue arrestado en primer lugar, el 5 de abril de 1943, cuando la Gestapo rastreó hasta él unos fondos usados para salvar a judíos de una muerte segura.

“¿Quién permanece firme?”.

En la prisión militar de Tegel, Bonhoeffer se mantuvo firme, anclado en la Palabra de Dios, y entregado a la voluntad de Dios para su vida. Desde allí escribió:

“¿Quién permanece firme? Solo el hombre cuya norma final no sea su razón, sus principios, su conciencia, su libertad o su virtud, sino el que esté dispuesto a sacrificar todo esto cuando se le llame a la obediencia y a la acción responsable en fe y en exclusiva lealtad a Dios; el hombre responsable que intenta convertir toda su vida en una respuesta a la pregunta y al llamado de Dios”.[11]

También escribió muchas cartas publicadas luego de su muerte en diversos volúmenes, entre las que destacan sus cartas de amor y esperanza a su prometida. Además, escribió poemas e incluso ficción, mientras seguía trabajando en su libro Ética, que finalmente nunca pudo terminar, aunque lo que escribió llegó a ser publicado e incluso celebrado luego de su muerte.

Después del atentado del 20 de julio, en septiembre los nazis descubrieron documentos que revelaban el rol de Bonhoeffer en la conspiración. Luego de ser movido a varias cárceles, el 9 de abril fue ahorcado en el campo de concentración de Flossenbürg por orden de Hitler.

Esto fue dos semanas antes de que los soldados de Estados Unidos llegasen al lugar y liberasen a los prisioneros, y tres semanas antes de que Hitler se suicidara. Hoy Bonhoeffer es considerado como un mártir por su fe y valentía al oponerse a la maldad.

Amando a la iglesia

Aunque muchos han alegado que Bonhoeffer fue un teólogo liberal, por la educación que recibió y su amistad con Karl Barth, lo cierto es que él fue evangélico: creía que la Biblia era la Palabra de Dios, tenía una visión ortodoxa de Cristo, y abrazó la justificación .[12] Así que como iglesia hacemos bien en no desecharlo. Tenemos mucho que aprender de él, en especial dos áreas muy específicas.

La primera área es nuestra comprensión de la iglesia. Desde el comienzo, la iglesia fue la pasión de Bonhoeffer. En su tesis doctoral, Sanctorum Communio, propuso que la iglesia no es solo una institución, sino la misma existencia de Cristo en una comunidad. Bonhoeffer volvería una y otra vez a este tema por el resto de su vida, de manera especial en su clásico Vida en comunidad.

Aquellos que aman su sueño de una comunidad cristiana más que a la comunidad cristiana en sí misma se convierten en destructores de esa comunidad cristiana.

Para Bonhoeffer, la vida cristiana sin iglesia era imposible. Ella es “la comunidad de personas amorosas que, tocadas por el Espíritu de Dios, irradian amor y gracia”.[13] Por lo tanto, debemos amar a la iglesia que Dios nos ha dado más de lo que amamos a nuestra iglesia soñada:

“Aquellos que aman su sueño de una comunidad cristiana más que a la comunidad cristiana en sí misma se convierten en destructores de esa comunidad cristiana a pesar de que sus intenciones personales puedan ser muy honestas, fervientes, y sacrificiales… Dios odia este deseo soñador porque hace que el soñador se sienta orgulloso y pretencioso. Quienes sueñan con esta comunidad idealizada exigen que sea realizada por Dios, por los demás, y por ellos mismos. Entran en la comunidad de cristianos con sus demandas, establecen su propia ley, y se juzgan entre sí e incluso a Dios en consecuencia”.[14]

En medio de una nueva reforma en nuestros países, y la tentación constante que tenemos de criticar a nuestras iglesias en vez de ser agradecidos por lo que Dios pueda estar haciendo en ellas, tales palabras resultan relevantes y penetrantes.

Proclamemos la verdad contra el engaño de las iglesias falsas (como hizo Bonhoeffer), ¡pero no seamos duros con la iglesia verdadera! La iglesia es el lugar favorito de Dios.

Gracia costosa

La segunda área en donde tenemos mucho por aprender de él es en nuestro entendimiento de lo que significa verdaderamente seguir a Cristo.

Bonhoeffer abogó por un “cristianismo sin religión”: un cristianismo que rechaza nuestros esfuerzos humanos de acercarnos a Dios, y que en cambio se toma en serio a Cristo y el evangelio.

Este hombre vio que, luego de 400 años de protestantismo en Alemania, la idea que todos tenían en el país era que ya todos eran creyentes, y eran una nación que exaltaba el poder. Irónicamente, habían olvidado la teología de la cruz que Lutero enseñó y que la Biblia nos muestra; la teología de cómo Dios es experto en glorificarse en lo débil y a primera vista despreciable. Esto contribuyó a que Hitler llegara al poder prometiendo poder y gloria fácil.

La gracia barata es la gracia sin discipulado, gracia sin cruz, gracia sin Jesucristo vivo y encarnado.

Y como el país tenía una visión errada del evangelio, tenían una visión errada de lo que Cristo demanda de nosotros. Alemania abrazó lo que Bonhoeffer llamó “gracia barata”, al no ver el costo de lo que Jesús pagó para redimirnos:

“La gracia barata es la enemiga mortal de nuestra iglesia… La gracia barata es la predicación del perdón sin requerir el arrepentimiento, el bautismo sin disciplina de la iglesia, la comunión sin confesión [teológica], absolución sin confesión personal. La gracia barata es la gracia sin discipulado, gracia sin cruz, gracia sin Jesucristo vivo y encarnado”.[15]

La gracia es gratis para nosotros porque Cristo pagó lo costosa que es. Así que no es barata. Esto demanda que vivamos no solo centrados en el evangelio en nuestra enseñanza, sino también moldeados por él: pareciéndonos más a Jesús, tomando nuestra cruz, y viviendo en sumisión a la voluntad de Dios.

“La cruz es puesta sobre cada cristiano. El primer sufrimiento de Cristo que todo hombre debe experimentar es el llamado a abandonar los apegos de este mundo. Es el morir del viejo hombre que es el resultado de su encuentro con Cristo. Cuando nos embarcamos en el discipulado, nos entregamos a Cristo en unión con su muerte: entregamos nuestras vidas a la muerte. Así comienza. La cruz no es el final terrible de una vida feliz y temerosa de Dios, sino que nos encuentra al principio de nuestra comunión con Cristo. Cuando Cristo llama a un hombre, le pide que venga y muera. Puede ser una muerte como la de los primeros discípulos, que tuvieron que dejar su hogar y trabajar para seguirlo, o puede ser una muerte como la de Lutero, que tuvo que abandonar el monasterio y salir al mundo. Pero es la misma muerte cada vez: la muerte en Jesucristo, la muerte del viejo hombre a su llamado”.[16]

El principio de la vida

Como la historia testifica, Bonhoeffer vivió renunciando a sí mismo, entregado a Dios a pesar de sus errores y pecados.

Cuando Cristo llama a un hombre, le pide que venga y muera.

Esto lo notamos de manera especial en su muerte. El día antes de morir, predicó a sus compañeros de prisión sobre Isaías 53. Un testigo recordó la predicación:

“[Bonhoeffer] nos habló de una manera que llegó al corazón de todos, encontrando las palabras exactas para expresar el espíritu de nuestro encarcelamiento y los pensamientos y resoluciones que este había producido… Apenas había acabado su última oración cuando la puerta se abrió y dos hombres de aspecto malvado, vestidos de civiles, entraron y dijeron: ‘Prisionero Bonhoeffer. Prepárese para acompañarnos’. Para todos los presos, aquellas palabras, ‘para acompañarnos’, habían adquirido un único significado: el patíbulo. Nos despedimos de él. Entonces me llevó a un lado y me dijo: ‘Este es el final. Para mí, el principio de la vida’”.[17]

Esas fueron sus últimas palabras registradas.

Una década después, un doctor testigo de la muerte de Bonhoeffer relató:

“A los prisioneros… los sacaron de sus celdas, y se leyeron los veredictos de la corte marcial. A través de la puerta entreabierta en una habitación de las chozas, vi al pastor Bonhoeffer, antes de quitarse el atuendo de la prisión, arrodillándose en el suelo orando fervientemente a su Dios. Me conmovió muchísimo la forma en que este hombre amable oró, tan devoto y tan seguro de que Dios escuchaba su oración. En el lugar de la ejecución volvió a orar, y luego subió los escalones hasta la horca, valiente y tranquilo. Su muerte se produjo en unos pocos segundos. En los casi 50 años que he trabajado como médico, casi nunca he visto morir a un hombre tan enteramente sumiso a la voluntad de Dios”.[18]

Que el Señor nos conceda vivir y morir así: entregados a Él, abrumados ante el precio de su gracia.


[1] Citado en: Eric Metaxas, Bonhoeffer: Pastor, Mártir, Profeta, Espía (Grupo Nelson, 2012), pp. 478-479.

[2] Ibid., p. 41.

[3] Ibid., p. 38.

[4] Ibid., p. 82-83.

[5] Ibid., p. 85.

[6] Ibid., p. 128.

[7] Ibid., pp. 123-124.

[8] Christian History, “Dietrich Bonhoeffer”, en Christianity Today.

[9] Metaxas, pp. 153-154.

[10] Ibid., p. 321.

[11] Metaxas, p. 446.

[12] Citado en: Stephen Nichols, Bonhoeffer on the Christian Life: From The Cross, For The World (Crossway, 2013), p. 82.

[13] Ibid., p. 62.

[14] Bonhoeffer, Life Together and Prayerbook of the Bible (Augsburg Fortress Publishers, 2004), p. 36.

[15] Dietrich Bonhoeffer, The Cost of Discipleship (Macmillan Publishing, 1963), p. 46-47.

[16] Ibid., p. 99.

[17] Metaxas, p. 528.

[18] Christian History, “Dietrich Bonhoeffer”, en Christianity Today.

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