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Era el año 2020 y el mundo parecía en pausa. Como para la gran mayoría, todo lo que estaba en mi agenda y que implicaba reunión de personas en un lugar público se canceló. Fue entonces cuando mi esposo sugirió: «¿Por qué no aprovechas esta oportunidad y comienzas a estudiar la maestría en el seminario?». Era algo que por mucho tiempo había anhelado, pero que por diversas razones no había podido llevar a cabo.

La idea me parecía buena, pero también me asustaba. Hace seis años era mucho menos común que las mujeres estudiaran teología, al menos en el mundo de habla hispana de mi denominación. En cambio hoy las opciones para este tipo de estudios han proliferado. Varias instituciones ofrecen programas en línea y presenciales; programas de certificado, licenciatura, maestría e incluso doctorados.

Mi esposo y yo tuvimos varias conversaciones al respecto. Lo estuve pensando un poco más, orando y, finalmente, envié un correo al departamento de admisiones expresando mi interés de iniciar mis estudios de posgrado. No me imaginaba que, en unas pocas semanas, estaría frente a una pantalla tomando mi primera clase de Teología Sistemática. Te confieso que creí que sería la mayor del grupo, pero no fue así.

Desde entonces, comencé a recibir mensajes de otras mujeres interesadas en iniciar la misma trayectoria. ¿Qué debo considerar si quiero estudiar teología en un seminario o universidad? Cuando conversamos del tema con estas hermanas, les hago dos preguntas que considero valiosas para tomar la decisión. Dos preguntas que quiero compartir contigo.

¿Cuál es la motivación de tu corazón?

«¿Cuál es la motivación de mi corazón?» es una de esas interrogantes que debemos hacernos en todo lo que hacemos. Nuestro corazón es engañoso y fácilmente se va detrás del egoísmo, el orgullo, la vanagloria o cualquier otro pecado. No por gusto el salmista oraba a Dios pidiéndole que examinara su corazón (Sal 26:2).

El estudio de Dios debe transformar nuestra vida, nuestro andar cotidiano y movernos a una adoración cargada de asombro ante quién es el Señor

Por eso te animo a preguntarte: ¿Cuál es el deseo subyacente detrás de la idea de estudiar teología de manera formal? ¿Estoy persiguiendo un título que coloque letras junto a mi nombre? ¿Anhelo estudiar teología porque me cautiva la idea de almacenar conocimiento por el mero deseo de «saber más»? ¿Busco iniciar estos estudios porque añoro conocer a profundidad a Dios y así crecer en mi relación con Él y en el entendimiento de Su Palabra? ¿Quiero estudiar teología porque sé que así podré enseñar mejor a mis hijos, responder con más precisión las preguntas de otras mujeres con quienes comparto la vida o edificar a otros creyentes en mi iglesia local o donde Dios me permite servirle?

Los cristianos sabemos que todo lo que hacemos debe tener un fin fundamental: «Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Co 10:31). Cualquier cosa que hagamos —no importando si es algo tan cotidiano como comer o beber, o complejo como entrar al mundo académico de un seminario— debe ser hecha para la gloria de Dios. Como aprendí en mi primer curso de Teología Sistemática: el estudio de la teología debe llevarme a una mayor adoración de Dios.

Hermana, si quieres estudiar teología, hazlo para la gloria de Dios. No se trata de nosotras, de obtener un diploma colgado en la pared o de colocar un título junto a nuestro nombre. El estudio de Dios —que es en esencia la definición de la palabra teología— debe transformar nuestras vidas, nuestro andar cotidiano y movernos a una adoración cargada de asombro ante quién es el Señor. Si no es esto lo que perseguimos, podremos obtener el diploma, pero habremos perdido de vista la verdadera razón de nuestro esfuerzo.

¿En qué momento de la vida estás?

Entender tu etapa de vida es la razón de la otra pregunta que incluyo en la conversación, porque entiendo que es un factor determinante. Hay mucho para hablar al respecto que no se puede incluir en un artículo breve como este. Pero la razón para considerar esta pregunta es sencilla: no todas las etapas son iguales.

Por ejemplo, varias veces he recibido mensajes de mujeres jóvenes con niños pequeños. Ese es un momento de la vida cuando la maternidad requiere gran parte de nuestro tiempo y energía. A un nivel práctico, será difícil poder tomar clases, leer libros profundos, entregar trabajos y dedicar horas al estudio para hacer exámenes. Pero, más allá de esto, tus hijos son prioridad en esos días. Créeme que el tiempo pasará volando. Solo una vez serán pequeños. La oportunidad de invertir tus horas y minutos en su crianza no regresará. A medida que crecen y llegan a ser más independientes, tus días tendrán más espacios libres y entonces podrás disponer de tiempo para otras actividades. Si estás ahí, recuerda que ellos no son un impedimento para estudiar, son el ministerio que el Señor ha puesto en tus manos para este momento.

Todo es para la gloria de Dios, incluyendo el uso del tiempo y de los recursos financieros que Él mismo ha puesto a nuestra disposición

Pero tal vez estás justo en una etapa de la vida con mayor flexibilidad de tiempo y debas pensar en otro tipo de costos. Una consideración es la inversión económica para los estudios. Dependiendo del programa y de la institución que escojas, la inversión financiera será mayor o menor, pero siempre habrá un pago. Esta es una conversación que debes tener con tu esposo si estás casada, para que juntos valoren si esto es algo que pueden asumir sin endeudarse y si es la mejor decisión para el momento en el que están. Si eres soltera, igual es necesario que evalúes tus finanzas y consideres si matricularte en una institución es viable o no. Las palabras de Jesús son oportunas aquí:

Porque, ¿quién de ustedes, deseando edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo, para ver si tiene lo suficiente para terminarla? No sea que cuando haya echado los cimientos y no pueda terminar, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él, diciendo: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar» (Lc 14:28-30).

En cualquier caso, orar y buscar la dirección del Señor es clave. Lo que mencioné antes también se aplica aquí: todo es para la gloria de Dios, incluyendo el uso del tiempo y de los recursos financieros que Él mismo ha puesto a nuestra disposición.

Decide con sabiduría

Estudiar teología ha sido una de las experiencias que más he disfrutado en mi vida. Aun fuera del aula continúo haciéndolo. ¡Y me encanta ver que muchas otras mujeres también se han sumado! Pero, como en todo lo demás, busquemos actuar con sabiduría.

Te animo a que no tomes una decisión apresurada, sino que busques consejo en tu iglesia local y de otras personas que estén estudiando o lo hayan hecho. Si esto es algo que el Señor quiere para tu vida, Él te ayudará en el momento adecuado a hacerlo realidad.

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