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¿Recuerdas la primera vez que predicaste en la iglesia, evangelizaste a una persona, visitaste a un enfermo o tuviste que aconsejar en un caso difícil? Es probable que no supieras qué decir ni cómo proceder. En esa etapa inicial, las limitaciones y falta de experiencia llevan con más facilidad a orar, buscar sabiduría en la Palabra y depender del Señor en cada paso.
Lo más natural es que muchos comencemos a servir en el ministerio conscientes de nuestras limitaciones. Pero con el tiempo, aquello que antes nos llevaba inmediatamente a orar de rodillas puede comenzar a resultarnos familiar. Sabemos cómo preparar un sermón, conducir una reunión o abordar una consejería. El peligro comienza cuando saber qué hacer nos lleva a depender menos de Dios para hacerlo.
Debemos cuidar nuestro corazón: la experiencia puede convertirse en una excelente herramienta para el ministerio, pero nunca debe convertirse en el fundamento de nuestra confianza.
El peligro es comenzar a pensar que —porque servimos de mejor manera al Señor— necesitamos menos de Él para servirle. Por eso es crucial responder a la pregunta: ¿Cómo crecer en experiencia sin crecer en autosuficiencia?
Consideremos tres principios.
1. La experiencia y el crecimiento son regalos de Dios
Depender de Dios no debe llevarnos a conformarnos con permanecer tal como estamos. La vida cristiana implica crecimiento y la adquisición de experiencia. Por tanto, nuestro servicio al Señor también debería reflejar esto.
Los reconocidos expositores Jerry Vines y Jim Shaddix escriben sobre este tema: «Nunca debemos conformarnos con el punto en el que nos encontramos en nuestro caminar cristiano. La santificación es, ciertamente, un crecimiento progresivo en justicia».
La experiencia puede convertirse en una excelente herramienta para el ministerio, pero nunca debe convertirse en el fundamento de nuestra confianza
Charles Spurgeon también insistía en «la necesidad del progreso ministerial».1 Por eso animaba a sus estudiantes a servir fielmente con las capacidades que ya poseían, mientras añadía que «si un cuerno de carnero podía llegar a convertirse en una trompeta de plata, debía procurar hacerlo». Agradecer lo que Dios nos ha dado no significa conformarnos con dejar de crecer.
Esto es lo que Pablo esperaba de Timoteo: «Reflexiona sobre estas cosas; dedícate a ellas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos» (1 Ti 4:15, énfasis añadido). La palabra traducida como «aprovechamiento» (gr. prokopḗ) comunica la idea de progreso y avance. Pablo esperaba que el crecimiento de Timoteo fuera notable.
Lo mismo debería suceder con nosotros. Después de predicar por años, deberíamos manejar mejor el texto bíblico; después de pastorear por años, deberíamos escuchar mejor a las personas; después de muchas conversaciones difíciles, deberíamos responder con mayor sabiduría y discernimiento.
La dependencia de Dios no es enemiga del crecimiento. Pero, precisamente porque el crecimiento y la experiencia en el ministerio son regalos, debemos recordar que las dádivas nunca deben ocupar el lugar del Dador.
2. La experiencia no debe reemplazar nuestra dependencia
En cierta ocasión, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?» (Mt 18:1). Jesús respondió poniendo a un niño en medio de ellos y los llamó a humillarse como él (vv. 2-4).
La dependencia de Dios no es enemiga del crecimiento
El pastor y teólogo J. Stephen Yuille observa que debemos distinguir entre ser infantiles y ser como niños:
La Escritura nos llama a abandonar la inmadurez (1 Co 14:20; Ef 4:14), de modo que —al usar el ejemplo de un niño— Jesús no estaba elogiando la falta de madurez (ser infantiles), sino señalando la humildad y la dependencia que caracterizan a un menor (ser como niños).
De manera que la verdadera madurez no elimina nuestra necesidad de depender de Dios; más bien, nos hace cada vez más conscientes de ella.
Jonathan Edwards describió así la humildad para quienes servimos:
El hombre verdaderamente humilde es consciente de su debilidad, de cuán poca es su fuerza y de cuán poco es capaz de hacer. Es consciente de su dependencia de Dios, de la insuficiencia de su propio poder y sabiduría, y de que es por el poder de Dios que es sostenido y provisto.
La experiencia no debería borrar esta conciencia, sino profundizarla. Crecer en capacidad no debería significar crecer en independencia de Dios.
La verdadera madurez no elimina nuestra necesidad de depender de Dios; más bien, nos hace cada vez más conscientes de ella
Los apóstoles nos muestran esta realidad. Después de ser amenazados por predicar a Cristo, regresaron con los hermanos y clamaron: «Permite que Tus siervos hablen Tu palabra con toda confianza» (Hch 4:29). Sabían qué debían hacer, pero también sabían que necesitaban de Dios para hacerlo.
Hacer mejor nuestro trabajo en el ministerio nunca significa que necesitemos menos al Señor. Podemos ministrar con fidelidad, pero hay resultados espirituales que jamás podremos producir por nosotros mismos (1 Co 3:7). Es precisamente allí donde necesitamos recordar de dónde proviene nuestra suficiencia.
3. Nuestra suficiencia siempre estará en Dios
Podemos preparar cuidadosamente un sermón, pero no podremos hacer que un corazón ame la verdad. Podemos acompañar durante horas a una persona, pero no podemos producir arrepentimiento. Podemos explicar el evangelio con claridad, pero debemos tener presente que solo Dios puede abrir el corazón para responder a Su Palabra (Hch 16:14).
Esto no disminuye el valor de prepararnos. Debemos estudiar, aprender y desarrollar nuestros dones. Pero mientras más entendemos la naturaleza del ministerio, más evidente debería resultarnos que hay una obra que nosotros podemos hacer y otra que solamente Dios puede hacer.
Por eso Pablo escribió: «No que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios» (2 Co 3:5). Nuestra experiencia puede crecer, pero la fuente de nuestra suficiencia no cambia.
El Señor Jesús lo expresó con la imagen de la vid y los pámpanos: «El que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de Mí nada pueden hacer» (Jn 15:5). Una rama puede crecer, fortalecerse y llevar más fruto, pero nunca llega a ser tan madura que pueda separarse de la vid. Todo crecimiento y todo fruto siguen dependiendo de la vida que recibe de ella.
No existe una etapa de madurez cristiana en la que podamos abandonar nuestra dependencia de Cristo
El puritano John Owen llamó la atención sobre esta realidad: «A menos que [las ramas] reciban de Él influencias continuas e ininterrumpidas de gracia y alimento espiritual vital, no pueden hacer nada». La palabra «continuas» es importante, ya que Owen no habla solo de nuestra necesidad de Cristo al comienzo de la vida cristiana, como si dependiéramos de Él para comenzar y luego, una vez fortalecidos, pudiéramos continuar por nuestra cuenta. Su argumento es lo contrario: no existe una etapa de madurez cristiana en la que podamos abandonar nuestra dependencia de Cristo.
Hoy podemos saber más que hace diez años, predicar mejor, aconsejar con mayor sabiduría y tomar decisiones con mayor discernimiento. Y damos gracias a Dios por ese crecimiento. Pero ninguna de esas cosas cambia nuestra condición fundamental: seguimos siendo ramas y Cristo sigue siendo la Vid.
Podemos crecer como ministros, y debemos procurarlo. Pero nunca creceremos más allá de nuestra necesidad de Cristo. Y todo fruto verdadero seguirá viniendo de permanecer en Él.
Que nunca llegue el día en que aprendamos a hacer de pie lo que antes solo sabíamos hacer de rodillas.




