«No podemos reírnos de lo que Dios no se reiría», decía un querido hermano de la iglesia conversando en casa después del servicio.
Hablábamos con otros jóvenes de la necesidad de luchar por nuestra santidad, de ser diligentes y esforzados para seguir creciendo en la piedad cristiana. Sus palabras, sobrias y sencillas, no solo eran una advertencia, sino también una invitación a la reflexión personal. Un llamado a considerar y evaluar el estado de nuestras almas en un área a la que muchos no siempre le prestamos la debida atención.
La sola posibilidad debería hacernos temblar: reírnos de lo que Dios no se reiría.
¿Deberíamos reírnos?
No puedo evitar recordar el escándalo mundial y la vergüenza del ejecutivo sorprendido con su amante en un concierto de música hace unos meses. Sobre todo por el efecto viral del video y la avalancha de contenido digital que se generó al ser captados por una cámara del evento. Desde videos y memes burlándose de la pareja, hasta tutoriales sobre cómo disimular cuando seas sorprendido en una infidelidad. El episodio se convirtió, tristemente, en un suceso global.
Sin embargo, me pregunto si los cristianos antes de reírse o compartir esos posts en Internet, consideraron por un momento el dolor de los cónyuges traicionados. Antes de participar de este festín despiadado de vituperio, ¿reflexionamos en la vergüenza, tristeza y confusión de los hijos de estas personas? ¿Tomamos en cuenta que posiblemente esto derivará en divorcios y familias rotas? ¿Nos reímos de lo que Dios no se ríe?
Reírnos de lo que Dios no se ríe expone nuestro carácter y también lo corrompe
Esto, desde luego, abarca mucho más que el episodio del concierto. Podemos cuestionarnos acerca de: ¿cómo reírnos de la infidelidad y los divorcios? ¿Cómo reírnos con las bromas de comediantes que imitan a personas del sexo opuesto? ¿Por qué celebrar a los youtubers cristianos que generan contenido burlándose de cosas que músicos, pastores y creyentes hacen en iglesias? ¿Cómo celebrar lo profano y reírnos cuando las cosas sagradas son usadas como medios de diversión?
El Salmo 139:19-22 es un importante recordatorio al respecto porque captura el sentir de un alma piadosa:
¡Oh Dios, si Tú hicieras morir al impío!
Por tanto, apártense de mí, hombres sanguinarios.
Porque hablan contra Ti perversamente,
Y Tus enemigos toman Tu nombre en vano.
¿No odio a los que te aborrecen, SEÑOR?
¿Y no me repugnan los que se levantan contra Ti?
Los aborrezco con el más profundo odio;
Se han convertido en mis enemigos.
Al considerar las cosas que nos hacen reír, debemos incluir los chistes que oímos y el entretenimiento que consumimos, como las películas, los programas de comedia y nuestras series favoritas. Pero también debemos incluir las conversaciones en el trabajo, en la escuela, en la familia y las bromas entre amigos y creyentes. Estas cosas no son pecaminosas en sí mismas, pero pueden serlo si nos descuidamos.
Tengo un amigo pastor que dice con mucha razón: «Los cristianos siempre estamos a un paso de la próxima estupidez». Considera estas preguntas:
- ¿Cómo se corresponde el ocuparnos de la salvación con temor y temblor (Fil 2:12) con la risa por algo que ofende a Dios?
- ¿Cómo armonizar el pensar en todo lo que es justo, digno y bueno (Fil 4:8) con las risas por lo injusto, indigno y vil?
- ¿Cómo explicar la santidad del pueblo redimido que celebra el pecado y la inmundicia?
- ¿Por qué festejar lo que contradice y desafía la verdad, si la iglesia es llamada columna y baluarte de la verdad (1 Ti 3:15)?
- ¿Por qué reírse de la infidelidad, el divorcio, la fornicación, la indecencia, la ostentación, la arrogancia, la ira y el egoísmo, si esos vicios llevaron a Cristo a la cruz?
Esta risa es síntoma de algo
Por todo esto creo apropiado, para avanzar en esta reflexión, considerar lo que está en la raíz de la risa descuidada e irresponsable por aquello que más bien deberíamos lamentar. Al celebrar lo que Dios no celebra, estamos evidenciando algo de nuestro interior que necesita ser transformado. Pero ¿qué es? Aquí algunas consideraciones.
Las disciplinas espirituales, la adoración y el servicio en la iglesia local se sienten cuesta arriba cuando la mente se entrega a la superficialidad y vileza
Reírnos de lo que Dios no se reiría puede ser síntoma de…
- Una pobre visión y experiencia de la santidad y justicia de Dios. Para describir este aspecto del carácter divino, un autor inspirado dice que el Señor es fuego consumidor (He 12:39).
- Una frágil conciencia del hecho de que siempre estamos delante de Dios (2 Cr 16:9; Sal 139:7-10). No hay instante de nuestra existencia en que estemos fuera de la presencia del Dios que observa toda la tierra.
- Una débil convicción de lo que implica lamentar el pecado. El creyente lamenta el pecado propio (Sal 51:1-4), pero también el pecado de los demás. El justo se duele por la injusticia de su generación, como Lot quién anduvo «abrumado por la conducta sensual de hombres libertinos (porque ese justo, por lo que veía y oía mientras vivía entre ellos, diariamente sentía su alma justa atormentada por las iniquidades de ellos)» (2 P 2:7-8).
- Un escaso aprecio por la verdad (Jn 14:6; 17:17; 2 Co 13:8). Todo aquello que contradice, resiste, minimiza o hace burla de la verdad, es digno de rechazo y condena (Sal 139:19-22).
- Una falta de reverencia y aprecio por la cruz de Cristo. Cuán vergonzoso y aterrador es pensar que podemos disfrutar riéndonos de las cosas que llevaron a Cristo a una cruel y violenta muerte (cp. Is 53:3-6, Gá 6:14; 1 Co 1:23).
- Una errónea comprensión de lo significa la gracia y la libertad. La gracia de Cristo nos perdona y justifica para ser libres. Pero esa libertad es otorgada para disfrutar a Dios y servirle. «Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos, que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente» (Tit 2:11-12). La gracia nos libera y capacita para vivir en santidad, no para entregarnos a la impiedad o celebrarla (He 9:14; 1 Ts 1:9).
- Una insensibilidad despiadada y egoísta. Reírnos de algo que es motivo de dolor y miseria para otros (Pr 24:17-18) no es consistente con el pueblo que es llamado a gozarse con el que goza y a llorar con el que llora (Ro 12:15). Reírse de la miseria ajena está más en armonía con la insensibilidad y falta de afecto natural que caracteriza al hombre corrompido del final de los tiempos (2 Ti 3:1-5).
- Cuánto nos hemos amoldado a este mundo (Ro 12:2). Reírse de lo que Dios no se ríe demuestra el grado de influencia que la sociedad ejerce sobre los cristianos. En especial, en la ligereza con que los incrédulos estiman el pecado. Celebrar lo que Dios no celebra confirma que estamos más imbuidos en los valores de nuestra sociedad de lo que pensamos.
- Un corazón que no está tomado por un sentido de admiración y reverencia por la gloria de Dios en Cristo, quién vino a este mundo precisamente para redimirnos del mal y darnos vida eterna (Jn 1:14; 2 Co 4:6).
Mucho está en juego
La risa por lo que Dios no se reiría no solo es síntoma de una pobreza en el alma, sino que también es un catalizador de la impiedad. Al celebrar las bromas o asuntos que Dios no celebraría también estamos, de manera pasiva, participando de ellos.
El apóstol Pablo advertía de esto cuando dijo: «y no participen en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien, desenmascárenlas. Porque es vergonzoso aun hablar de las cosas que ellos hacen en secreto» (Ef 5:11-12). Reírnos de lo que Dios no se ríe expone nuestro carácter y también lo corrompe. Es decir, el hecho de reírnos no solo muestra que algo anda mal en nosotros, sino que también tiene un efecto nocivo en nuestra alma y conciencia. Nadie sale ileso participando de las obras de las tinieblas, incluso si solo es con risas.
La risa por lo que Dios no se reiría no solo es síntoma de una pobreza en el alma, sino que también es un catalizador de la impiedad
Sabemos que el pecado y la mentira tienen efectos contaminantes (Sal 51:7; 1 Jn 1:9). El alma se corrompe y el corazón se endurece cuando cede a la impiedad y al engaño. La conciencia, esa luz que Dios puso en el interior para alumbrarnos y guiarnos a discernir lo bueno y lo malo, se apaga si somos cómplices de las tinieblas. Nuestra participación con la mentira y el pecado enmudece la voz divina en la conciencia.
Además, sabemos que la libertad cristiana no es un permiso para entregarnos sin restricciones a lo que en principio no parece pecaminoso. No es licencia para participar en todo lo que no está prohibido. La libertad cristiana es la responsabilidad de vivir, adorar y servir para la gloria de Dios, con una conciencia informada y guiada por la verdad bíblica (Ro 14; 1 Co 8). Por lo tanto, es nuestro deber cultivar una mente nutrida y capturada por la Escritura.
Además, consideremos esto: ¿Puedo participar de manera digna y provechosa del pan y el vino de la comunión estando distraído con el mundo y desconectado de las realidades que esos elementos representan? ¿Puedo dedicarme a la oración y a la lectura de la Biblia si mi mente ha estado absorbida por la trivialidad?
Las disciplinas espirituales, la adoración y el servicio en la iglesia local se sienten cuesta arriba cuando la mente se entrega a la superficialidad y la vileza. Esto no debe sorprendernos, porque la mente es la que recibe, considera y discierne el eterno valor de la gloria de Cristo. Pero si ella está capturada por lo efímero y superficial, lo que debería ser un disfrute se convierte en una carga pesada, en una experiencia sin brillo ni fruto. El sonido de la Escritura pierde fuerza en una mente debilitada por la superficialidad y el engaño.
Nadie sale ileso participando de las obras de las tinieblas, incluso si solo es con risas
El mismo Pablo decía: «Porque los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu» (Ro 8:5). Es absurdo e inconsistente con una mente regenerada andar en sintonía con las cosas de la carne. Los que tienen al Espíritu se caracterizan por tener mentes espirituales, que disciernen y rechazan el engaño y la impiedad, pero anhelan y disfrutan la verdad y la justicia.
Nuestra visión de la belleza de Cristo es nublada cuando la mente es absorbida por la suciedad del pecado y la mentira. Nuestra experiencia y disfrute de Su gracia y amor es limitada cuando somos tomados por disfrutes banales y necios. El hambre por Dios se debilita en el alma que busca saciarse de mentira y superficialidad.
Que el Señor nos ayude a mantener una actitud vigilante, humilde y siempre dispuesta para orar y decirle:
Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón;
Pruébame y conoce mis inquietudes.
Y ve si hay en mí camino malo,
Y guíame en el camino eterno (Sal 139:23-24).




