¿Cómo son las emociones piadosas?

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En estos días mirábamos en casa una antigua foto de Johanan, el menor de mis hijos. La ocasión fue la celebración de su primer cumpleaños. Para retratarlo, lo pusimos en la mesa y Johanan se puso a llorar sin consuelo. La foto recoge el llanto. Él lloraba porque no quería despegarse de mi esposa. Fue de la celebración a las lágrimas en un instante.

El retrato es una imagen que refleja bien una parte de la experiencia humana: nuestras emociones son muy cambiantes y muchas veces no se corresponden con la realidad.

La Real Academia de España define la palabra emoción como una “alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción”. Para los cristianos, esta alteración de ánimo debe ser una clase alteración que honre a Dios, como todo lo que hacemos.

Las emociones de un creyente también deben estar centradas en el evangelio. Los afectos, como decían los antiguos, deben glorificar al Señor. La santidad de vida también supone santidad de emociones. Jonathan Edwards decía que “la verdadera religión consiste principalmente de emociones santas”.[1]

Pero ¿cómo son las emociones las piadosas? Dejemos que Pablo sea quién nos instruya al respecto. El apóstol era un hombre con temple de acero, pero también abierto, sensible, vulnerable, y no tenía problemas en ventilar sus emociones. En sus cartas a los corintios, nos ofrece luz respecto a las emociones piadosas de los creyentes. Tomando en cuenta sus palabras, podemos ofrecer cuatro cualidades de una emoción piadosa:

1) Es una emoción coherente

Una emoción es piadosa cuando se corresponde a la verdad, a la realidad, o a las circunstancias a las que está respondiendo. Otra manera de decirlo es que es una emoción que se justifica.

Pablo confesó que inicialmente lamentó la dureza con la que escribió a los corintios por la falta de piedad en ellos: “Porque si bien os causé tristeza con mi carta, no me pesa; aun cuando me pesó, pues veo que esa carta os causó tristeza, aunque solo por poco tiempo” (2 Co. 7:8, énfasis añadido). Sin embargo, él continúa diciendo que luego se llenó de gozo porque, por medio de esa reprensión, los corintios se arrepintieron y cambiaron su actitud: “pero ahora me regocijo, no de que fuisteis entristecidos, sino de que fuisteis entristecidos para arrepentimiento” (2 Co. 7:9).

El apóstol confiesa que experimentó tristeza y luego gozo, ya que las circunstancias requerían esa clase de respuesta. Su lamento inicial y su gozo posterior estaban justificados por lo que estaba sucediendo. Sus emociones eran legítimas y coherentes.

Aquí hay una gran lección. Nuestras emociones también deben corresponder a la verdad, la realidad, o el evento que se considera. Hay situaciones en las que el gozo es la reacción correcta, y otras en las que debemos lamentar. Pablo se llenó de gozo y se entristeció, se lamentó, se indignó, sintió alivio y consuelo, y todo esto según las circunstancias.

Las palabras de Calvino al respecto nos recuerdan lo mismo. Él decía que las maldiciones de las que Dios nos advierte en la Escritura deberían producir en nosotros “temor y profundo terror… Está claro que Dios las puso así para despertarnos. Entre otras, la siguiente regla deberían hacernos temblar: Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerla”.[2] Para Calvino, la consideración de las realidades espirituales debe producir las emociones adecuadas.

Lo mismo debe decirse de las riquezas espirituales para los creyentes. El gozo, la paz, y el deleite también son emociones que se corresponden al perdón de pecados, la justicia de Cristo, nuestra adopción, y el cielo. El mismo Edwards preguntaba: “¿Puede algún cristiano concebir la idea de que el glorioso evangelio de Jesucristo no despierte y excite las emociones humanas?”.[3]

Ahora bien, esto también es cierto con las realidades de este mundo caído. Los piadosos lamentan la corrupción y la maldad que los noticieros nos recuerdan, pero también celebran y se gozan con la verdad, la belleza, y la justicia cuando vemos expresiones de ellas.

2) Es una emoción bajo el control del Espíritu

Es decir, es una emoción que no nos gobierna sino que está bajo el señorío de Cristo. No es un gozo descontrolado, ni una indignación implacable, ni tampoco una tristeza pesimista. Una emoción piadosa está definida, producida, y controlada por el Espíritu Santo. Es un gozo espiritual, o una tristeza, indignación, y lamento espiritual.

En un sentido, esto es la aplicación del pasaje que dice: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (Ef. 5:18). Nuestra vida entera debe estar gobernada y tomada por la influencia del Espíritu, incluso nuestras emociones.

El mismo Pablo le recordó a un intimidado y desanimado Timoteo que tenemos un espíritu “de poder, de amor y dominio propio” (2 Ti. 1:7). No es difícil discernir lo que Pablo dice entre líneas: “Timoteo, tus emociones no te gobiernan. Ejerce el poder y el dominio propio que el Espíritu te ha dado”.

Además, Pablo exhortó a los creyentes a vivir tomando en cuenta la brevedad del tiempo: “los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen” (1 Co. 7:30). Estas palabras suponen una clase de control sobre las emociones. Por lo tanto, una emoción piadosa es aquella bajo el dominio del Espíritu. No es una que toma al creyente y lo gobierna. Es decir, es sobria y no manipuladora.

3) Es una emoción que da fruto

Es decir, no es una emoción estéril, sino fecunda. Produce actitudes y actos que honran a Dios y sirven al prójimo. Por ejemplo, Pablo recuerda que la tristeza de los corintios los llevó al arrepentimiento: “Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación” (2 Co. 7:10). Es decir, no fue una tristeza sin fruto.

Si la emoción que experimentamos es tristeza por el pecado, entonces esa tristeza se convierte en arrepentimiento. Si la emoción es compasión, nos debe llevar a la acción según las circunstancias. Si es consuelo lo que recibimos, entonces debemos ofrecerlo a otros, como Pablo consoló a los corintios con la consolación con la que Dios lo había consolado (2 Co. 1:4). Las emociones espirituales no permanecen como estériles estados de ánimo, sino que se convierten en árboles fructíferos.

El mismo Pablo alabó el resultado producido en los corintios porque, dice él, la tristeza que lo llevó al arrepentimiento también produjo un ánimo diferente, un ardiente afecto y un nuevo celo (2 Co. 7:11). La emoción piadosa dio frutos y no fue solo un cambio de ánimo.

4) Es una emoción que nos lleva a Dios

Toda emoción piadosa nos dirige hacia Dios. Primeramente, porque reconocemos que la sabia mano de Dios dirige los eventos que producen estas emociones. Pero en segundo lugar, porque en cada circunstancia hay algo que agradecer al Señor, algo que pedir, o algo que ofrecerle.

Pablo dice en 2 Corintios 1:8-9 que él fue abrumado hasta la muerte en la tribulación, pero que fue precisamente la angustia, la desesperanza, y el temor lo que debían llevarlo al Señor para así confiar en Él.

Por ejemplo, en la tristeza debo acudir a Dios para obtener consuelo. En la alegría, acudo a Dios para darle gracias y celebrar. Y el temor ante el peligro me debe llevar a mis rodillas delante del Señor para ser guardado por Él. Una emoción piadosa me lleva hacia Dios ya sea para depender de Él, darle gracias, celebrar, o refugiarme y encontrar consuelo en Él.

Un pasaje en Santiago es claro en este sentido: “¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas” (Stg. 5:13). Esto quiere decir que la aflicción y la alegría son emociones que deben conducirnos hacia Dios.

Toda emoción debe empujarnos hacia el Creador y Redentor. Por ejemplo, digamos que al mirar una maravilla de la naturaleza somos abrumados por ella con una sensación de asombro. El creyente piadoso dirige sus pensamientos al Creador de esa maravill, porque eso es lo correcto. Ya sea que seamos cautivados al contemplar el vasto mar, las cataratas del Niágara, el cielo, las aves, los árboles, una noche de luna llena, o sea que sintamos la fuerza de los vientos o el impacto de los truenos, podemos hacer de esa experiencia un momento santo, agradeciendo y alabando al Señor. Ya sea que seamos conmovidos por la melodía y letra de una canción, por el final de una película, o por el argumento de una novela, en nuestro interior nos quitamos nuestro calzado en ese lugar santo dando gloria a Dios por ello.

Oremos que Dios santifique nuestras emociones para que podamos amarlo con todo el corazón.


1. Los afectos religiosos, Jonathan Edwards, pg. 12.

2. Institución de la religión cristiana, Juan Calvino, pg. 630.

3. Los afectos religiosos, Jonathan Edwards, pg. 26.


Imagen: Unsplash
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