La mayoría de creyentes coincidimos en que Pablo fue admirable por muchas razones. Y es que, por encima de muchos líderes que Dios levantó y usó en la historia cristiana, este hombre tiene un lugar único y especial. Más allá de Agustín de Hipona, Anselmo de Canterbury, Tomás de Aquino, Martín Lutero, Juan Calvino y Jonathan Edwards, pienso que la eminencia del apóstol Pablo los supera.
Concluyo esto al menos porque él tuvo un encuentro personal con el Señor Jesucristo camino a Damasco (Hch 9:1-6), porque fue inspirado por Dios para escribir gran parte del Nuevo Testamento (cp. 2 P 3:15-16) y porque plantó las primeras iglesias cristianas del mundo gentil (Ro 15:19). Y esto sin mencionar sus largos viajes, su perseverancia, su labor como pastor, discipulador y evangelista.
Pero hay otro factor que es importante considerar respecto a la grandeza del apóstol Pablo. Algo que a veces se ignora y que no se valora debidamente: su disposición a mostrarse vulnerable.
Honesto sobre sus sufrimientos
Con frecuencia, Pablo quedó exhausto por las pruebas y abatido por los desafíos. Fue un hombre abrumado por el peso de las dificultades y tocado por un sentido de su fragilidad. Sintió el temor como cualquiera de nosotros, de forma honda, intensa y cercana. Su alma también experimentó quebranto. Cuando la muerte se asomó, nuestro querido apóstol supo sentir la punzada de la angustia.
Pablo lloró, y no solo lloró, sino que también confesó haber llorado. Pablo se llenó de frustración y congoja, y no tuvo problemas en reconocer que estaba triste y frustrado. Pablo no solo tuvo temor, también ventiló sus temores. Estoy convencido de que en esto también reside su valor. Estas son algunas de sus confesiones:
Pues por la mucha aflicción y angustia de corazón les escribí con muchas lágrimas, no para entristecerlos, sino para que conozcan el amor que tengo especialmente por ustedes (2 Co 2:4, énfasis añadido).
Porque no queremos que ignoren, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia. Porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida (2 Co 1:8, énfasis añadido).
No tuve reposo en mi espíritu al no encontrar a Tito, mi hermano. Despidiéndome, pues, de ellos, salí para Macedonia (2 Co 2:13, énfasis añadido).
Porque si bien les causé tristeza con mi carta, no me pesa. Aun cuando me pesó, pues veo que esa carta les causó tristeza, aunque solo por poco tiempo (2 Co 7:8, énfasis añadido).
Por eso también yo, cuando ya no pude soportar más, envié a Timoteo para informarme de su fe, por temor a que el tentador los hubiera tentado y que nuestro trabajo hubiera sido en vano (1 Ts 3:5, énfasis añadido).
¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? (Ro 7:24, énfasis añadido).
En estos pasajes leemos el conmovedor y honesto testimonio del apóstol Pablo. Él reconoce su angustia cuando estuvo en peligro su vida, su preocupación por la vida de sus compañeros y de las iglesias, y su frustración hasta consigo mismo.
Todas estas palabras provienen del mismísimo apóstol Pablo, y todas estas sensaciones estuvieron en su alma. ¡Qué alentador saber que este gran hombre de Dios se sentía tan vulnerable como nosotros!
Libre de buscar admiración
Sin duda, Pablo estaba libre del triunfalismo típico de muchos cristianos que ven las dificultades como una señal de pecado, falta de fe o debilidad espiritual. Sus palabras confirman que estaba por encima de la necesidad de presentarse como un súper-cristiano.
La gracia del evangelio nos faculta para ser sinceros sin temor a ser menospreciados, porque fuimos aceptados y justificados por Dios
Él podía mostrarse transparente respecto a sus temores y frustraciones. Creo que esto era así porque no estaba detrás de la respetabilidad y la admiración de los hombres (Gá 1:10). Su reputación como creyente no le preocupaba. Quien debía brillar es el Cristo que lo sostenía y guardaba incluso en medio del peligro. La gloria es del evangelio. La gloria es del Señor.
Es más, creo que Pablo hizo todo lo posible por medio de sus cartas para derribar cualquier intento de la iglesia por estimarlo como un superhombre. Su vulnerabilidad echó por el piso la ilusión —presente en la mente de muchos— de que era un cristiano perfecto sin debilidades ni luchas como todos los demás.
La gracia del evangelio nos faculta para ser sinceros sin temor a ser menospreciados, porque fuimos aceptados y justificados por Dios. La fe que abraza a Cristo nos libera para compartir nuestras luchas y frustraciones sin la preocupación de ser subestimados por los demás. El evangelio hace al hombre verdaderamente libre en todo, y Pablo es testimonio de eso.
Muestra algo de las paradojas de la vida cristiana
Pablo no solo era un hermano maduro y piadoso, sino que también confesó sus temores y tristezas. Esto parece paradójico o contradictorio en principio, porque el mismo hombre que confiaba en la soberanía de Dios, también luchaba cuando las cosas no salían bien.
El mismo que expresó su deseo de partir de este mundo porque estar con Cristo es mucho mejor, también se angustió ante la posibilidad de su muerte. Aquel que celebraba que nada nos separa del amor de Cristo, sintió la convulsión en su alma. El escritor que exhortó a la iglesia a no estar ansiosa, también luchó contra la ansiedad. Y el mismo que nos llamó al gozo en Cristo, tuvo momentos en que fue tomado por una tristeza profunda.
La esperanza cristiana es una realidad objetiva que no cambia en medio de las adversidades, precisamente porque Cristo la aseguró por nosotros
Cuánto provecho hemos tenido los creyentes durante dos mil años de historia al leer la honestidad de un hombre de fe común, quien sufría y lloraba como el resto de nosotros. Mucho ánimo y consuelo ha recibido el pueblo cristiano meditando en el aguijón de Pablo (2 Co 12:7-9), por ejemplo.
Así que esta actitud de mostrarse honesto y vulnerable, no solo es evidencia de humildad, sino que también es algo instructivo y esperanzador por algunas realidades de la vida cristiana que paso a considerar.
- La fe, la esperanza y el gozo en Cristo no están libres de estrés, angustias o tristezas.
Pablo fue un sólido creyente consciente de su esperanza y alguien que estaba satisfecho en su Señor, pero aún así se estresó, se angustió y entristeció. Sin embargo, estas cosas no hicieron menos su fe, gozo y esperanza.
En última instancia, la fe en la que perseveramos es la misma que nos sostiene y hace fuertes. El gozo también puede estar presente en medio del dolor y la congoja, porque este descansa sobre fundamentos eternos. Por eso el mismo Pablo decía «como entristecidos, mas siempre gozosos» (2 Co 6:10).
La esperanza cristiana es una realidad objetiva que no cambia en medio de las adversidades, precisamente porque Cristo la aseguró por nosotros.
- La confianza en la soberanía de Dios no está libre de frustraciones.
Una confianza en el soberano Señor del universo también puede verse visitada por un sentido de frustración.
Pablo sabía que Dios es Señor, que hace todo y gobierna sobre todas las cosas. Sin embargo, a pesar de eso, él pudo verse tomado por la decepción. Esto es prueba de que una genuina confianza en la soberanía divina también puede ser atacada por la frustración, la amargura y el miedo.
- Las luchas, problemas y desafíos no son muestra de debilidad espiritual.
Pablo confiaba en todo lo que el Señor hizo para redimirlo. Sus problemas y desafíos no constituían una prueba de su debilidad espiritual. Es importante señalar que los problemas no siempre son muestra de debilidad espiritual, porque la Escritura también nos advierte de pruebas precisamente a causa de la justicia (1 P 3:14).
Al contrario, él sabía que sus pruebas y dificultades muchas veces eran efecto de sus convicciones y deseo por servir al Señor. Sabía que vivir para el evangelio también conlleva dolor y aflicción (cp. Fil 1:29). Además, en todas estas cosas, el apóstol vio ocasiones para ser fortalecido en el Señor (2 Co 12:9-10).
Vulnerables pero sostenidos
La angustia, el fastidio y la tristeza no necesariamente están reñidas con la piedad cristiana. Nuestra alegría en Cristo, la fe en el evangelio, la confianza en la soberanía divina y nuestra esperanza también pueden ser asediadas por las dificultades, peligros, temores y fracasos.
Pero gracias sean dadas a Dios por Jesucristo, quien siempre nos lleva en triunfo a pesar de las tristezas y frustraciones. Dios siempre obra todo para bien y cumple Sus propósitos (Ro 8:28; Fil 1:6).
Gracias al Señor por Pablo, nuestro hermano vulnerable. Gloria a Cristo que nos sostiene, fortalece y consuela.



