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Música clásica. Una humeante taza de café recién colado. El mullido sofá junto a una ventana que deja entrar la suave luz del cielo nublado. Una manta caliente. Libro en mano. 

Esa es mi versión utópica de una tarde de lectura. La vida real, sin embargo, me obliga a encerrarme en la oficina unos quince minutos a la hora que se pueda, reproduciendo ruido blanco para ahogar el sonido del mundo exterior. Sea como sea lo disfruto, porque amo la lectura, no mi versión utópica de cómo ser lectora.

Es muy probable que suene al estereotipo del lector ermitaño. Alguien ensimismado, aislado en sus propios pensamientos. Alguien indiferente a todo aquello que sucede fuera de las páginas. Uno que disfruta más de los libros que de las personas. Debo confesar que sería fácil para mí convertirme en esa clase de persona. Me gusta pensar. Disfruto sumergirme en una buena historia. Y tengo que admitir que los libros de 500 páginas me ponen menos nerviosa que tratar de iniciar una conversación con alguna hermana al final del servicio de la iglesia.

Sí, convertirme en el estereotipo del lector ermitaño sería muy fácil para mí. Es por eso que debo luchar cada día para no leer por amor a los libros, sino por amor al prójimo.

Los dos grandes mandamientos

Para los cristianos, la lectura —como cualquier otra actividad cotidiana— debe ser para gloria de Dios (1 Co 10:31). ¿Cómo glorificamos a Dios? Obedecer sus mandamientos es un excelente lugar para empezar:

“El más importante [de los mandamientos] es: ‘Escucha, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerza’. El segundo es este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay otro mandamiento mayor que estos” (Marcos 12:29-31).

Amar a Dios y amar a otros. Nuestra vida entera debe estar orientada para vivir de esta manera. Incluso en las cosas cotidianas, como la lectura. Pero ¿cómo cumplimos los dos grandes mandamientos mientras leemos? Quizá el primero es un poco más obvio: podemos amar a Dios a través de nuestra lectura reconociendo que Él está en medio nuestro mientras leemos y crecemos en el conocimiento de la verdad. Pero, ¿y el segundo mandamiento? ¿Hay manera de leer amando a nuestro prójimo?

Nuestra vida entera debe estar orientada para vivir amando a Dios y al prójimo. Incluso en las cosas cotidianas, como la lectura

A pesar del popular estereotipo del lector ermitaño, la respuesta es sí. Estas son solo tres de las maneras en que puedes leer por amor al prójimo:

1) Leemos por amor al prójimo cuando nos equipamos para hacer bien nuestro trabajo.

Dios diseñó el mundo de manera que nuestros esfuerzos son necesarios para hacerlo florecer. Dios le dio a Adán y Eva el jardín no solo para que lo disfrutaran, sino también para que lo cultivaran. A través de sus esfuerzos ellos ejercerían autoridad sobre la creación y serían un reflejo del Creador (Gn 1:27-28). Aún hoy, Dios utiliza nuestras labores para traer luz a este mundo oscuro, para traer sanidad al que está herido y para traer orden en el caos de un mundo quebrantado por el pecado.

Ese es el verdadero propósito del trabajo. Ya sea en casa criando pequeñitos, en una oficina de 9 a 5, entregando tareas en un salón de clases o sirviendo como voluntario en la comunidad. Cada esfuerzo es una oportunidad para mostrarle al mundo quién es Dios y lo que Él ha hecho (y sigue haciendo) por nosotros.

Pero no solo queremos trabajar. Queremos trabajar bien. Queremos llevar a cabo nuestras labores de la mejor manera que podemos, aprovechando al máximo nuestra energía, atención y habilidades. La lectura es una de las mejores maneras de conseguir ese objetivo.

Los libros contienen la sabiduría de hombres y mujeres que han trabajado antes que nosotros y han aprendido mucho en el camino. Ya sea que leamos sobre cómo ser padres más pacientes, cómo escribir un mejor reporte financiero, cómo organizar de manera óptima las tareas de la universidad o cómo suplir las necesidades del pobre, estamos siendo equipados para cumplir de manera más efectiva con nuestras labores y así servir (y amar) mejor a nuestro prójimo.

2) Leemos por amor al prójimo cuando leemos para aprender más sobre las personas y ser empáticos.

En mi adolescencia cometí el error de minimizar la importancia de las historias. “Con tanto que aprender acerca del mundo”, pensaba, “¿por qué perder tiempo leyendo ficción?”. Se me escapaba por completo que, como nos comparte la profesora Karen Swallow Prior, la literatura “desarrolla hábitos de la mente que armonizan nuestra manera de pensar a patrones como causa y efecto, decisiones y consecuencias, y el carácter como tal. Leer ficción es estudiar el carácter. ¿Qué mejor manera de probar el carácter que en el mundo de ficción de un libro?”.

Además, la buena literatura nos permite sumergirnos en el corazón del ser humano. ¿Cuáles son sus deseos? ¿Cuáles son sus miedos? ¿Cómo se enfrentan a las grandes preguntas de la vida? Las obras de ficción y las memorias nos permiten visitar la mente de otra persona y ver el mundo desde su perspectiva.

No leas solamente para llenarte. Lee para llenarte y luego ser vaciado

Como dice el proverbio popular: “si quieres entender a alguien realmente, camina un kilómetro en sus zapatos”. Conocer profundamente a los buenos personajes de la literatura te permitirá mirar a tu prójimo con más empatía y compasión, porque habrás visto destellos de él o ella en las páginas de tu obra literaria favorita.

3) Leemos por amor al prójimo cuando leemos para aprender más acerca de Dios y compartir ese conocimiento con las personas.

La misión de todo cristiano se resume en las palabras de Jesús: “Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones” (Mt  28:19). Si estamos en esta tierra todavía, es para hablarle al mundo de Jesús y su evangelio.

Pero a veces se nos olvida que el mandato de nuestro Señor continúa: “enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado” (v. 20). Gran parte de nuestra labor como discípulos de Jesús es enseñar a otros discípulos. Esto no es solo un mandato para pastores o líderes; todos tenemos a alguien a nuestro alrededor a quien podemos enseñar a guardar los mandamientos de nuestro Dios.

Una de las cosas que nos detiene de cumplir con esta misión de enseñar es sentir que no estamos preparados. Ciertamente, muchos de nosotros no estamos preparados. La buena noticia es que hoy  más que nunca tenemos recursos accesibles (y en nuestro idioma) que pueden ayudar a equiparnos para cumplir la obra que el Señor nos ha encomendado.

Aprovecha los maestros que Dios ha regalado a la iglesia. Lee a los hombres y mujeres que han caminado con el Señor antes que tú y pueden guiarte con sabiduría en la verdad. Pero no leas solamente para llenarte. Lee para llenarte y luego ser vaciado.

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