«Tenlos seguiditos, así te desocupas».
«¿Ya cerraste la fábrica? ¡Nunca vas a dormir!».
«¡¿Otro?! ¡Una mascota cuesta menos!».
Frases como estas revelan lo que muchos piensan de los hijos: criarlos es una carga pesada.
Los cristianos jamás lo diríamos de esa manera, pero a veces lo decimos de muchas otras:
- «Cuanto más rápido superes esa etapa, mejor».
- «Ten dos (porque “uno se sentirá solo” y qué mejor que sean “la parejita”), y luego sigue con tu vida».
- «Tal vez podrías tener tres, porque todavía caben en el auto y —bueno— los “accidentes” pasan».
¿Cuatro? La gente empieza a verte de reojo. De cinco para arriba, no tienen idea de qué estás pensando. Pero quizá estás pensando que, como dice la Biblia, los hijos son una bendición:
Un don del SEÑOR son los hijos,
Y recompensa es el fruto del vientre (Sal 127:3, énfasis añadido).
Pero ¿acaso es pecado no querer tener hijos?
Durante nuestro compromiso, mi ahora esposo y yo tuvimos muchísimas conversaciones sobre el futuro: dónde queríamos vivir, a qué queríamos dedicarnos y —por supuesto— cuántos hijos queríamos tener.
«Ocho», dijo él.
Me reí en su cara. Estaba segura de que era una broma. Pasó más de una década antes de enterarme de que él hablaba en serio.
Fue en nuestro viaje de aniversario, exactamente el día en el que cumplimos diez años de casados. La prueba de embarazo mostró dos líneas brillantes y nuestro mundo —por tercera vez— se puso de cabeza. Le pregunté nerviosa si estaba feliz y mi esposo me recordó aquella conversación en la casa de mi abuela. Había hablado en serio y estaba feliz de recibir a más hijos en nuestro hogar.
Con todo, ese momento no fue un «plan». Fue el fruto de soltar los miedos y las quejas de este mundo. Fue el resultado de orar «Señor, quiero ver la vida como tú la ves». Por un tiempo me había resistido a los nuevos deseos de tener otro hijo que surgían en mi corazón. No tenían sentido. La vida era bastante cómoda con dos. No había nada de malo en tener solo dos. No hubiera habido nada de malo si solo tuviera uno, ¿no? ¿Y qué hay de ninguno?
Son muchos los matrimonios jóvenes que se preguntan si es pecado no querer tener hijos. En la cultura general es cada vez más común. Ya sea por la economía, las crisis políticas o por el simple hecho de sentir que uno «apenas puede cuidarse a sí mismo», no es raro saber de parejas que han decidido no procrear.
Dios define lo que significa ser bendecido. No tiene que ver con sentirnos bien en todo momento, sino con mirar las cosas realmente valiosas
La Biblia no habla directamente acerca de esto. Me parece que no lo hace por la misma razón que no dice que no desear tener relaciones sexuales con tu cónyuge es pecado. Esto es algo inconcebible (adecuada es la palabra). Entendemos que el sexo es algo maravilloso… ¿por qué alguien no querría disfrutar de él dentro del matrimonio? La Biblia está de acuerdo (¡solo tienes que leer Cantares!). Por supuesto, habrá días en que estés cansado o te duela la cabeza (de verdad) y no te apetezca. También están los casos de aquellos que por ciertas condiciones médicas no puedan consumar de manera apropiada el acto sexual. Nada de eso, sin embargo, niega la realidad de que el sexo es bueno y deseable; si una pareja dice: «Nos casaremos, pero no tendremos sexo» habrá que pausar la boda y dedicarnos más intensamente a la consejería prematrimonial.
De la misma manera que el casarse y no tener sexo es inconcebible, hasta hace solo unas décadas casarse y no tener hijos también lo era. La consecuencia natural del sexo es la procreación. Uno se casa, se entrega físicamente a su pareja y, eventualmente, de esa unión surgen los hijos. Así funcionaba la vida durante la mayor parte de la historia.
Hasta hace un par de generaciones.
La tecnología reproductiva ha separado lo que Dios había unido. Ahora es «normal» considerar el sexo como algo aparte de los hijos. Así es como tenemos embarazos «sorpresa» aunque todos entendemos biología básica. Y así es como nos hemos convertido en una cultura en la que los hijos son algo opcional, aunque el sexo siga siendo central.
Realmente bendecidos
Por supuesto, nada de esto quiere decir que todo el mundo estaba perfectamente contento con tener hijos hasta que llegó la píldora anticonceptiva. Los niños han sido menospreciados a lo largo de toda la historia.
Jesús mismo tuvo que decir: «Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a Mí» (Mt 19:14). Spurgeon predicó en el siglo XIX:
[Dios] da los niños no como castigo o carga, sino como favor. Son una señal de bien si los hombres saben recibirlos y educarlos. Son «bendiciones dudosas» solo porque nosotros somos personas dudosas. Donde la sociedad está correctamente ordenada, los hijos son considerados no como un estorbo, sino como una herencia; y son recibidos no con pesar, sino como una recompensa.
Si somos honestos, sin embargo, esta no suele ser nuestra manera de ver las cosas. Decimos que los hijos son una bendición… mientras se mantengan dentro de nuestra idea de lo que significa ser bendecidos. Mientras no interrumpan demasiado mis sueños (o mi sueño, literal), mi economía, mi figura, mi tiempo libre. Mientras me sienta capaz de manejar los retos de la crianza. Mientras los niños se porten bien y no me causen demasiados problemas.
Pero luego vamos a la Escritura:
Bienaventurados los pobres en espíritu…
Bienaventurados los que lloran…
Bienaventurados los humildes…
Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos…
Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan (Mt 5:3-11, énfasis añadido).
Nuestro Dios pone de cabeza lo que significa ser bienaventurado, feliz, bendecido. No tiene que ver con sentirnos bien en todo momento, sino con —en medio de cualquier circunstancia— tener nuestra mirada en las cosas que realmente son valiosas: el reino de los cielos, la consolación divina, una mesa llena de almas que conocen al Señor y lo honran.
La crianza me permite ver la fortaleza de Dios en mi debilidad
Esos son los regalos de gracia que nos hacen perseverar en medio de la dificultad. El Señor nos ha mostrado en Su Palabra qué es lo que debemos atesorar. ¿Lo escuchamos a Él o escuchamos las voces de una sociedad cuyo más alto tesoro es el placer instantáneo y la comodidad personal?
El valor incalculable de un alma hecha a imagen de Dios, el regalo de poder mostrarle el amor de Cristo para un día adorar juntos al Señor… eso era lo que mi entonces prometido tenía en mente cuando me dijo que quería ocho hijos. Yo solo podía pensar en pañales, juguetes regados por todos lados, cuentas de banco minúsculas y menos tiempo para leer.
Hoy lo puedo ver un poco más claro. Mi perspectiva es menos terrenal y más eterna. La crianza sigue siendo difícil, pero eso ya no es algo malo. No es algo de lo que tengo que escapar, una etapa que no puedo esperar por terminar. Es algo que me permite derramar mi vida cada día. Es algo que me permite ver la fortaleza de Dios en mi debilidad. Es algo que me concede el regalo de guiar, por ahora, tres almas únicas para que contemplen la belleza de Cristo. ¿Será que Dios concederá más bendición? Antes me hubiera aterrado pensarlo, pero ahora —por gracia— no puedo evitar sonreír al pensar que la respuesta podría ser que sí.


