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Nota del editor: 

Te invitamos a participar de nuestro taller en línea y en vivo Pastores que perseveran, con los pastores Miguel Núñez y Gerson Morey. Mira toda la información aquí y aprovecha el registro anticipado.

Taller: Pastores que perseveran

 

 

En la década de los noventa, fui testigo de un ícono del deporte moderno: Michael Jordan, la estrella de los Chicago Bulls. Al principio, yo apoyaba a otros jugadores, pero no tuve más remedio que reconocer su leyenda.

Lo que distinguía a Jordan era su extraordinaria competitividad y mentalidad ganadora. Siempre que percibía un desafío, se lo tomaba personal y elevaba su rendimiento para demostrar su dominio. Esa mentalidad agresiva fue clave para su éxito deportivo y desde entonces es una inspiración para muchas personas que aspiran lograr sus objetivos.

Esto me hace pensar: ¿Hay lugar en el ministerio cristiano para una «mentalidad ganadora» de este estilo?

¿Competencia agresiva ministerial?

Mi pregunta surge porque esta actitud es más común en la iglesia de lo que uno quisiera reconocer. En más de dos décadas de ministerio, he notado que entre pastores muchas veces aflora una competitividad que se puede volver agresiva. Tal vez sea por el deseo de alcanzar objetivos ministeriales o por el afán de mostrar resultados a los demás.

Sin embargo, esta actitud ha llevado a que ministerios fallen, familias se destruyan y el nombre de Dios sea burlado. Quienes eligen seguir esta mentalidad se vuelven tan afanados por lograr sus objetivos que olvidan lo que realmente están llamados a cumplir como cristianos: amar a Dios con todo el corazón, el alma y la mente, y amar al prójimo como a sí mismos (Mt 22:37-40).

Podemos aprender mucho sobre cómo enfrentar esta cuestión mirando el ejemplo del apóstol Pablo, quien tuvo que lidiar con unos «superapóstoles» que, al parecer, tenían una mentalidad agresiva y no dudaban en desacreditarlo porque lucía débil delante de ellos (2 Co 11:5-6). Es por eso que 2 Corintios puede leerse como una defensa de su labor apostólica. Y aunque Pablo tenía muchas razones para jactarse de sus logros o capacidades, solo se gloriaba en Jesucristo y apuntaba a los demás hacia Él.

Debemos ayudarnos y trabajar juntos para el reino de Dios, no para nuestros pequeños reinos

En vez de decirles a los corintios y a los superapóstoles: «Les mostraré lo que hice y lo que puedo hacer», Pablo les da una lista de sus sufrimientos por el evangelio. Esto era algo en lo que los superapóstoles no podían «competir», porque ellos se gloriaban de logros terrenales y se exaltaban a sí mismos por cosas impresionantes a ojos humanos (2 Co 11:18, 20).

Sin embargo, Pablo nunca se interesó por querer demostrar que era mejor o que podía hacer cosas espectaculares, aunque lo podría haber hecho (cp. 2 Co 12:1-4). En cambio, defendió la veracidad de su llamado y ministerio a través de todo lo que sufrió por la causa de Jesucristo. De esta manera, demostraba que estaba siguiendo los pasos de Cristo, quien sufrió en la cruz para cumplir Su misión.

Reenfocar la mentalidad

Está claro que en el ministerio cristiano no hay lugar para la competencia agresiva ni para la jactancia en uno mismo. El evangelio nos enseña un camino de entrega. Sin embargo, creo que una «mentalidad ganadora» puede manifestarse de una manera saludable, buscando la gloria de Dios y el bien de otros (cp. 1 Co 9:24).

Primero debemos dejar algo bien claro: somos salvos por la fe y no por las obras, para que nadie se gloríe (Ef 2:8-9). El evangelio nos hace humildes y no hay nada en su mensaje que pueda motivarnos a destruirnos unos a otros en el supuesto afán de trabajar para Dios. Pero también el evangelio nos enseña que somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras (v. 10). Es decir, el evangelio nos motiva a hacer el bien.

Lograr esas buenas obras que Dios preparó de antemano para nosotros no será un camino fácil. Para Pablo significó naufragios, prisión, azotes, ataques a pedradas, ayunos y muchas noches de desvelo. Tal vez no nos toque vivir esas experiencias, pero todo siervo de Cristo sabe que el ministerio incluye sufrimiento. Por lo tanto, no es un camino que podamos andar por nuestra propia cuenta, compitiendo con otros por el protagonismo, hiriendo y siendo heridos. En cambio, necesitamos trabajar en equipo.

No debemos tener la «mentalidad ganadora» agresiva de Michael Jordan, sino la humildad esforzada y perseverante de Cristo

Debemos trabajar juntos en discipular, enseñar y aplicar lo que Dios nos ha enseñado. Aquí es donde los pastores podemos aplicar una «mentalidad ganadora» para cumplir con nuestro llamado. Un deseo que también ardía en Pablo:

No es que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado. Pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Fil 3:12-14).

No debemos tener la mentalidad agresiva de Michael Jordan ni la de los superapóstoles de Corinto, sino la humildad esforzada y perseverante de Cristo. La misma mentalidad que Pablo y sus colaboradores practicaron al soportar mil penalidades por el evangelio. Debemos tener un fuerte deseo por cumplir juntos la misión de hacer discípulos en todas las naciones que Jesús nos encargó.

Entonces, ¿hay lugar para una «mentalidad ganadora» en el ministerio cristiano?

No y sí

La respuesta es no y sí. No, porque no debemos competir unos con otros hasta hacernos daño. Sí, porque debemos trabajar juntos a fin de cumplir nuestro llamado de manera fiel.

Eso quiere decir que los pastores no deben compararse por quién tiene más gente en su iglesia, mayor alcance en plataformas digitales o más convocatoria en sus conferencias. Debemos ayudarnos y trabajar juntos para el reino de Dios, no para nuestros pequeños reinos.

Para mantener este balance, recuerda siempre el evangelio. No hemos ganado nada, todo es un regalo de Dios, todo es por gracia y misericordia del Señor. Y Él nos ha dado también un llamado, un propósito, un camino para cumplir nuestra misión. Solo en Sus fuerzas podremos lograrlo. Y se trata de algo de mayor peso que la gloria que brinda el baloncesto en esta vida.

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