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Vivo en la República Dominicana y me encantan sus playas. No todas son iguales, algunas son tranquilas y serenas; otras tienen un fuerte oleaje que mis hijos y yo disfrutamos. Hemos aprendido de estas últimas que, mientras más cerca estamos de la orilla, con más fuerza nos golpean las olas. Mientras que si logramos adentrarnos un poco más, el mismo mar que parecía feroz se vuelve sorprendentemente tranquilo. Esta imagen me recuerda al Salmo 13.

Cuando David comienza este salmo, su corazón está siendo golpeado por olas de dolor, incertidumbre y confusión, viviendo una realidad que no había planeado. Se siente olvidado por Dios. Cree que el Señor ha escondido Su rostro de él y lo encontramos clamando con desesperación que Dios lo escuche, lo mire y no permita que sus enemigos triunfen sobre él.

Sin embargo, al llegar al final de este breve salmo pareciera que algo ha cambiado. Las circunstancias siguen igual, pero lo que ha cambiado es el lugar donde David ha decidido permanecer: «Pero yo en Tu misericordia he confiado» (Sal 13:5, énfasis añadido).

Cuando la vida no es lo que soñamos

Hay algo hermoso en la manera en que este versículo está escrito. Da la impresión de que hubo un momento específico en el que David tomó una decisión consciente. Es como si David le estuviera diciendo al Señor: «Sigo experimentando dolor, sigo sintiendo que me has olvidado, pero yo decido confiar en Ti».

Nosotros también podemos tomar esa decisión cuando la historia que estamos viviendo no se parece a la que imaginábamos.

Recuerda que, aunque nuestra historia no sea como la soñamos, siempre será como nuestro buen Dios la diseñó para Su gloria y nuestro bien

Quizás soñabas con un matrimonio diferente o con hijos que aún no llegan. Tal vez imaginabas servir al Señor de otra manera, tener una salud que hoy se ha quebrantado o una familia distinta a la que tienes. Quizás pensabas que para este punto de tu vida ciertas oraciones ya habrían sido contestadas.

La verdad es que, cuando nuestros sueños no se cumplen, se nos hace difícil confiar. Si somos honestos, muchas veces no dudamos que Dios puede hacer algo, sino que no estamos seguros de que hará lo que nosotros creemos que sería mejor. En nuestro corazón pecaminoso, solemos pensar que nuestros planes son mejores que los de Dios.

Confiar es descansar en quién es Dios

Proverbios nos dice: «Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, / Y no te apoyes en tu propio entendimiento» (Pr 3:5). Nuestro entendimiento es limitado. Solo alcanza a ver una pequeña parte de la historia. En cambio, Dios ve el principio y el final al mismo tiempo.

Confiar, entonces, no significa comprender todo lo que Dios está haciendo. Significa descansar en Aquel que sí lo comprende todo y siempre obra con sabiduría, amor y bondad. Y justamente eso es lo que vemos a David hacer en el Salmo 13.

Vivimos en una cultura que constantemente nos dice que sigamos nuestro corazón, que confiemos en lo que sentimos y que definamos la realidad de acuerdo con nuestras emociones. Pero la Escritura nos muestra otro camino porque nuestros sentimientos, circunstancias y planes cambian, pero Dios no. Él sigue siendo el mismo ayer, hoy y por los siglos. Su carácter no fluctúa con nuestras emociones, ni Su bondad depende de que entendamos Sus caminos.

En medio de nuestros sueños no cumplidos podemos encontrarnos luchando por creer que Dios sigue siendo bueno cuando no tenemos lo que deseamos. Sin embargo, la Biblia nunca nos llama a confiar porque todo saldrá exactamente como esperamos, sino porque conocemos a Aquel en quien hemos puesto nuestra esperanza. En el Salmo 13, David no dijo simplemente: «Pero yo he confiado». Él dijo: «Pero yo en Tu misericordia he confiado» (énfasis añadido).

Su confianza descansaba en el carácter de Dios. En el Dios cuyo amor permanece cuando nuestras circunstancias cambian. En el Dios cuya misericordia no se agota cuando todos nuestros recursos sí lo hacen. En el Dios que sigue siendo fiel y perseverando por nosotros, cuando nuestra fe es débil.

La cruz es la razón para confiar

La esperanza para nuestro corazón es que la mayor evidencia de la misericordia del Señor en nuestras vidas no la encontramos en que Dios siempre conceda nuestros anhelos, sino en la cruz de Cristo.

Si hubiéramos estado presentes el día de la crucifixión, probablemente jamás habríamos pensado que aquel era el mejor plan. Todo parecía una derrota. El Hijo de Dios estaba siendo rechazado, humillado y asesinado.

La cruz nos recuerda que Dios puede estar obrando el mayor de los bienes, incluso cuando nosotros solo alcanzamos a ver el sufrimiento

Pero justamente allí Dios estaba llevando a cabo el acto de amor más grande de toda la historia, y lo que parecía el peor de los finales terminó siendo el comienzo de nuestra única esperanza. La cruz nos recuerda que Dios está obrando el mayor de los bienes, incluso cuando nosotros solo alcanzamos a ver el sufrimiento.

Por eso confiar no significa que el dolor desaparecerá, que finalmente recibiremos aquello que tanto anhelamos o que entenderemos todas las respuestas en esta vida. Confiar implica rendir nuestro corazón al Dios que es soberano, sabio y bueno, descansando en que nuestras vidas no están a la deriva, sino en las manos del Padre de misericordias.

Tal vez hoy tu historia no se parece a la que imaginabas. Pero el mismo Dios que sostuvo a David en el Salmo 13 sigue sosteniendo hoy a cada uno de Sus hijos. Y aunque las olas del dolor sigan golpeando con fuerza tu corazón, puedes descansar en las profundidades de quién es Él y decidir confiar aunque tu vida no sea lo que planeaste.

A pesar de que nuestra historia no sea como la soñamos, siempre será como nuestro buen Dios la diseñó para Su gloria y nuestro bien.

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