En los Estados Unidos se estrenó hace poco la última temporada de una serie que presenta un triángulo amoroso, en el que dos hermanos se esfuerzan por conquistar a una amiga de la infancia. Los protagonistas se pierden en una maraña de sentimientos, al punto de que uno de ellos, aferrado a la chica, se rehúsa a rehacer su vida y le confiesa su amor incesante en la víspera de su boda, en la que ella estaba a punto de casarse con su hermano.
Entre las actitudes que presenta esta obra ficticia están la deslealtad, la envidia, los celos, los pleitos y la codicia, todas ellas descritas en la Biblia como deseos de la carne. Pero en narrativas como estas se justifican y hasta se celebran en nombre del amor.
Esta serie alcanzó una audiencia de setenta millones de espectadores, la mayoría mujeres de entre 18 y 34 años, volviéndose una sensación en las redes sociales, pues muchas de sus fans se dieron a la tarea de tomar partido y debatir entre un pretendiente u otro.
Pero ¿realmente esto es el amor? ¿O más bien evidencia corazones idólatras que dependen de otra persona para sentirse satisfechos y que son capaces de hacer lo necesario para obtener lo deseado?
El amor idolátrico de las pantallas
Muchos programas televisivos o películas centradas en una trama romántica se popularizan porque apelan a la necesidad humana de sentirnos amados, de desear que alguien nos considere tan valiosos como para atreverse a hacer lo inconcebible con tal de demostrar su amor. Con eso en mente, promueven que amar significa estar dispuestos a romper toda norma y que ser amados implica que alguien no puede vivir sin nosotros.
Pero a la luz de la Biblia ambas ideas son falsas: «el amor… no busca lo suyo… El amor no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad» (1 Co 13:4-6).
Necesitamos confrontar nuestras emociones con la verdad de Dios. Solo Él, en Su Palabra, tiene la autoridad para definir qué es y qué no es el amor
El amor promovido por la televisión muchas veces es codependiente y egocéntrico. Además, como cualquier ídolo, demanda todo de nosotros y a cambio nos promete lo que solo Dios puede dar.
¿Has oído hablar del concepto de «salvador funcional»? Es cualquier cosa o persona que se convierte en una fuente de identidad, seguridad, significado, esperanza e incluso salvación para otro. Cuando alguien llega a desempeñar ese rol en una relación, se ha creado de él o de ella un ídolo.
La tendencia del corazón es adorar y, dado que por nuestro pecado no buscamos de manera natural a Dios (Ro 3:11), siempre tendremos la tendencia de adorar algo o a alguien más en Su lugar. Por eso Juan Calvino dijo que «el corazón humano es una fábrica perpetua de ídolos».
Sin embargo, no podemos simplemente darle al corazón lo que quiere. Considera seriamente las palabras del profeta Jeremías:
Más engañoso que todo es el corazón,
Y sin remedio;
¿Quién lo comprenderá?
Yo, el SEÑOR, escudriño el corazón,
Pruebo los pensamientos (Jr 17:9-10).
Nuestras emociones no son confiables. Así que necesitamos confrontarlas con la verdad de Dios. Solo Él, en Su Palabra, tiene la autoridad para definir qué es y qué no es el amor.
Desafortunadamente, muchas de las narrativas producidas para las pantallas promueven un amor codependiente y obsesivo. Como creyentes, debemos percatarnos de tales sutilezas y cuidarnos de añorar una relación amorosa así. En ese esquema el objeto de nuestra adoración queda invertido: amamos a una criatura antes que al Creador y esperamos de ella lo que solo Dios puede dar (cp. Ro 1:25).
El único amor que puede salvar
¿Cómo, entonces, nos guardamos de este amor idólatra? Lo hacemos al asimilar la verdad de que solo hay un amor que salva, el de Dios. Solo Él hizo lo impensable sin transgredir Su justicia: que un Justo escogiera morir por los pecadores para redimirlos. No hay otro amor que, por más intenso que se crea, se compare —ni se comparará jamás— con el amor santo, perfecto y sacrificial de Dios en Cristo.
Pablo lo expresa así: «Porque difícilmente habrá alguien que muera por un justo, aunque tal vez alguno se atreva a morir por el bueno. Pero Dios demuestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro 5:7-8). El apóstol deja claro que, a pesar de ser enemigos de Dios, Él es quien nos buscó y eligió amarnos (vv. 10-11).
Es Dios mismo, quien por la obra sobrenatural de Su Espíritu, nos habilita para amar conforme a Su Palabra
Cuando Su amor no era correspondido y deliberadamente lo rechazábamos, haciendo lo contrario de lo que nuestras conciencias nos dictaban, Él nos demostró Su amor al morir por nosotros. ¿Quién nos ama así? No hay nadie en este mundo capaz de dejar su gloria para humillarse hasta la muerte y declarar su amor inagotable, perfecto y santo por quien no lo merecía. Ese amor lleno de gracia sí es inconcebible.
Eso no significa que está mal desear encontrar a un compañero o compañera de vida que se comprometa a amarnos hasta que la muerte nos separe. De hecho, fuimos diseñados por Dios con la capacidad de amar y de ser amados, y el matrimonio lo comprueba, pues este es idea de Dios. Por eso es Dios mismo, quien por la obra sobrenatural de Su Espíritu, nos habilita para amar conforme a Su Palabra. Más aún, es Él quien nos enseña a amar modelándonos y describiéndonos cómo es el verdadero amor (cp. 1 Co 13:4-6).
Si bien solo Dios tiene la facultad innata, ilimitada e irrevocable de amar perfectamente, porque Él es amor, agradezco a Dios por la vida de mi conyuge, quien —por la capacitación del Espíritu— con amor genuino aunque imperfecto me apunta a la verdad de que el único que me puede amar sin falla alguna es Cristo. Al mismo tiempo yo, con mi amor no tan incondicional hacia mi conyuge, puedo seguir honrando al Dios que me ama plenamente y me capacita para amar bien en el matrimonio, a pesar de mis múltiples deficiencias. Ya que es Cristo quien me equipa para amarlo como Él me amó.
Guarda tu corazón
El mundo y las artimañas del enemigo buscarán constantemente desviar nuestra lealtad del Creador hacia las criaturas. Por eso Pablo nos anima: «Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto» (Ro 12:2).
No adaptarnos al mundo no significa meternos en una burbuja y aislarnos de la cultura popular, ni estoy proponiendo que los creyentes dejen de ver toda clase de película romántica (aunque puedes considerarlo). Pero te animo a que evalúes críticamente lo que consumes confrontándolo con la verdad del evangelio.
Pensemos en cómo los mensajes que escuchamos en esas historias pueden afectar nuestras expectativas sobre el noviazgo y el matrimonio. Nuestro corazón es sumamente valioso para Dios y el enemigo lo sabe. Atesoremos, entonces, el consejo de Dios y guardémoslo con diligencia (Pr 4:23).




