«Hora de un merecido descanso».
Quizá fue un día duro en el trabajo y por fin estás en la cama, listo para dormir profundamente. Tal vez te encuentras en la sala de espera de un aeropuerto, expectante por disfrutar de esas vacaciones que has planeado durante meses. O podrías estar pasando la tarde en la casa de tu abuela, con un café con leche y un tamal dulce sobre la mesa, gozando una conversación amena con los que más amas.
Hay pocas cosas tan deliciosas como un buen descanso después de haber realizado un buen trabajo. Sospecho que tiene mucho que ver con nuestro diseño. Hemos sido creados para esforzarnos y hacer el mundo florecer, reflejando la imagen de Dios en nuestros hogares, oficinas e iglesias (Gn 1:26-28). No solo eso: también fuimos hechos para reposar, mostrándole al mundo que dependemos de Alguien mucho más grande que nosotros para sostener nuestras familias, carreras profesionales o académicas y ministerios (Gn 2:2-3; Éx 20:8-11).
Sí, fuimos hechos para trabajar bien y para descansar bien. El problema es que con demasiada frecuencia no lo hacemos.
Si trabajas a medias, descansarás a medias
Vivimos en un mundo que trabaja porque tiene que trabajar. En lugar de ver nuestras responsabilidades del día como una bendición —una oportunidad de usar todo lo que tenemos para amar a Dios y amar a nuestro prójimo— las vemos como una carga pesada; como algo que meramente debemos sobrevivir. Se nos olvida que Dios nos da el privilegio de ser parte de lo que Él está haciendo en el mundo.
Así, en lugar de trabajar «como para el Señor y no para los hombres» (Col 3:23), hacemos las cosas a medias, avanzando un poco, pero con actitud mediocre, cediendo continuamente a la distracción. Nos quejamos en lugar de perseverar con diligencia, confiando en que Dios nos fortalece para la tarea.
Actividades que nos pudieron haber tomado dos horas se extienden a tres, cuatro, cinco… Antes de darnos cuenta, el tiempo de trabajar terminó, pero la agenda permanece llena. El sol se metió pero no enviamos el reporte que era para el final del día. Los uniformes de los niños no están listos para mañana temprano. No has tomado las notas para el estudio bíblico que debes dirigir justo al salir de la oficina. No se trata de que la lista de tareas tenga más de lo que podemos completar (ese es otro problema que debe ser tratado en otra ocasión), sino de que no nos enfocamos en aquello que tenemos delante.
Hemos sido creados para esforzarnos y hacer el mundo florecer, reflejando la imagen de Dios en nuestros hogares, oficinas e iglesias
¿Y qué sucede? Irónicamente, trabajar a medias —meramente sobreviviendo hasta que sea tiempo de descansar otra vez— hace que no podamos disfrutar nuestro descanso.
Vamos a la cama, no con la satisfacción de haber hecho lo que nos toca y la confianza en que Dios se encarga de guardar nuestras familias y trabajos, sino con la angustia de saber que los pendientes que pudimos y debimos completar hoy se están acumulando con los de ayer y anteayer. Nos sentamos a la mesa, no disfrutando de una buena conversación con nuestros hijos, sino volviendo la vista al teléfono cada cinco minutos para ver si podemos enviar un correo o dos de los treinta y siete que tenemos pendientes de responder. Escuchamos a medias el sermón del domingo, pensando en la pila de platos sucios que tiene varios días acumulándose porque, en lugar de atender poco a poco los quehaceres, hemos pasado (otra vez) demasiado tiempo en las distracciones de Internet.
Es tiempo de descansar, pero no te sientes libre para descansar. ¿Por qué? Porque sabes que no mereces tu descanso.
El trabajo frenético a deshoras podría aliviar tu culpa un momento, pero solo empeora la situación: como no descansaste de manera adecuada, el trabajo del día siguiente se vuelve más y más pesado. No puedes enfocarte, estás de mal humor, el cansancio hace que tu voluntad esté tan débil que la distracción te atrapa al instante… antes de que te des cuenta estás trabajando a medias y el ciclo vuelve a empezar.
La solución para todo esto es sencilla: hemos de descansar bien cuando toca descansar, lo «merezcamos» o no.1
El descanso como mandato y como regalo
El día de reposo que Dios ordenó a Su pueblo no comenzaba una vez que la lista de tareas estuviera completada. Sea lo que sea que hubiera sucedido en la semana, cuando se metía el sol el sexto día, era hora de reposar (Éx 20:8-11). El descanso no es algo que «se gana», es un mandato de Dios. Aún más, el descanso es un regalo de Dios (Sal 127:2, RVR60).
En nuestro mundo de tecnología, una de las mayores dificultades para andar con gozo en las buenas obras que Dios preparó para nosotros (Ef 2:10) es la falta de claridad sobre cuándo es tiempo de trabajar y cuándo es tiempo de descansar. Llevamos los pendientes en el bolsillo, veinticuatro horas al día, siete días a la semana. La electricidad hace que sea posible continuar de manera indefinida con toda clase de actividades como si fuera pleno mediodía. Los límites para nuestro trabajo no surgen de manera natural: hemos de establecerlos con sabiduría y mantenerlos con fidelidad, semana a semana y día a día.
También fuimos hechos para reposar, comunicando que dependemos de Alguien para sostener nuestras familias, carreras y ministerios
¿Cuándo es tu tiempo de esforzarte? ¿Cuándo es tu tiempo de reposar? Si no podemos responder con claridad, será sumamente difícil obedecer con excelencia el mandato de glorificar a Dios con nuestro trabajo y nuestro descanso. Siempre correremos el riesgo de trabajar a medias y descansar a medias, por el simple hecho de que no sabemos cuándo es tiempo de avanzar y cuándo es tiempo de detenernos.
Así que te animo a pedirle al Señor sabiduría para determinar tus tiempos de trabajo y de reposo para la etapa de vida en la que estás ahora mismo. Luego, cuando sea hora de descansar, ve a descansar.
¿Cómo aceptamos el descanso?
Abracemos el descanso en arrepentimiento, recordando el evangelio y con la esperanza de que pronto tendremos una nueva oportunidad de glorificar a Dios con nuestros esfuerzos.
Aceptamos el descanso en arrepentimiento. Decir que podemos descansar aunque no lo merezcamos no es una apología para la negligencia. El Señor nos ha dado tareas para reflejar Su imagen, para que Su gloria resplandezca sobre la tierra… si no estamos trabajando con excelencia, nos estamos quedando cortos.
Nuestra actitud no puede simplemente ser «bueno, ni hablar, he desperdiciado mi día de trabajo, pero ni modo… ¡ya es hora de ir a reposar!». Más bien, debemos aceptar el descanso con un corazón que reconoce el pecado de pereza o inconsistencia que ha ocasionado que nuestro trabajo sea mediocre o ineficiente.
Aceptamos el descanso recordando el evangelio. Al arrepentirnos no nos quedamos tristes para siempre (2 Co 7:10); no caemos en una espiral de angustia que no nos permita disfrutar del descanso que Dios nos regala. En Jesús, podemos soltar nuestra culpa (¡porque Él se la llevó en la cruz!) y descansar sabiendo que somos amados por el Señor. Él es el verdadero reposo a quien nuestro reposo laboral apunta. Es a Él a quien adoramos cuando descansamos bien.
Aceptamos el descanso con esperanza. El buen descanso, el descanso en Jesús, nos moverá a trabajar con diligencia. Abrazar el reposo en arrepentimiento y con fe en el evangelio encenderá un fuego en nuestro interior que nos impulsará a glorificar a Dios con nuestros esfuerzos, en donde sea que Él nos haya puesto.
Después de todo, parte del propósito de descansar bien es trabajar bien. Es a través de nuestras labores —remuneradas o no, visibles o ignoradas— que el Señor está cumpliendo Sus propósitos en la tierra. Que tu tiempo de reposo te llene de expectativa de lo que Dios puede hacer en ti y a través de ti la próxima vez que toque trabajar. Luego trabaja… ¡trabaja bien!


