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Somos hijos de Dios desde el mismo instante en que nos convertimos a la fe, pues, cuando recibimos a Cristo, se nos da autoridad de ser llamados hijos de Dios (Jn 1:12).

Ahora bien, esa realidad debe exhibirse, manifestarse y encontrar expresión práctica en nuestro carácter y conducta. Debemos vernos como hijos de Dios, acercarnos a Él sin temores. Como sucede con un niño y su padre, debemos reflejar las virtudes de nuestro Padre celestial y vivir como hijos obedientes.

En otras palabras, la realidad de nuestra adopción debe materializarse, debe ser encarnada y hallar expresión práctica y visible en nuestra vida. Y todo esto es cierto también sobre nuestra nueva condición de siervos de Dios.

Llamados a servirle

Somos siervos de Cristo en virtud de la redención (1 P 1:18-19). Con Su muerte, Él pagó el precio de nuestra liberación, nos rescató y ahora le pertenecemos. Por eso estamos bajo Su autoridad y vivimos en obediencia a Su Palabra. Antes éramos esclavos del diablo (Jn 8:34), ahora somos siervos del Señor. Antes servíamos a los ídolos, ahora servimos al Dios vivo y verdadero (1 Ts 1:9). Por eso, nuestra condición de siervos también debe ser encarnada y encontrar expresión práctica en nuestra vida.

Pero ¿qué significa ser un siervo de Dios? ¿Qué está implicado en el servicio del creyente? Creo que una comprensión básica de lo que implica ser un siervo del Señor debe considerar por lo menos estas tres dimensiones: la moral, la fraternal y la misional.

La dimensión moral del servicio

El servicio al Señor tiene, en primer lugar, un elemento ético. Es decir, somos siervos en cuanto a la vida justa y piadosa que vivimos. Pablo describe este aspecto del servicio diciendo que «habiendo sido libertados del pecado, ustedes se han hecho siervos de la justicia» (Ro 6:18). El cristiano es primeramente un servidor de la justicia en el sentido de que ha sido librado de la condena y del poder del pecado y ahora vive en santidad.

Somos siervos de Cristo y esa realidad se expresa viviendo en santidad

Ya fuimos librados de la esclavitud al pecado, tenemos al Espíritu y nuestra vida no puede caracterizarse por una entrega al pecado y las pasiones. Somos siervos de la justicia. Por eso, el siervo de Dios es ante todo una persona pura, justa e íntegra en su forma de vivir. Servir a Dios tiene que ver con una vida santa y de obediencia a Sus mandatos.

Una persona que profesa la fe cristiana no puede considerarse siervo si no vive en conformidad con la justicia. Nadie puede llamarse siervo de Dios mientras vive en desobediencia a la Palabra. En este sentido, el servicio a Dios tiene un carácter moral. Por eso el mismo Pablo dice: «Pero ahora, habiendo sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tienen por su fruto la santificación, y como resultado la vida eterna» (Ro 6:22).

Somos siervos de Cristo y esa realidad se expresa viviendo en santidad. 

La dimensión fraternal del servicio

Una vida de santidad y justicia también está necesariamente marcada por el amor. La fe salvífica es una fe que obra por el amor, dice el apóstol Pablo (Gá 5:6). La evidencia de la fe verdadera es una vida transformada por el amor de Dios. Pablo explica lo que nos ha pasado diciendo que Dios nos trasladó al reino de Su amado Hijo (Col 1:13). Por eso, el servidor cristiano expresa su nueva naturaleza amando y sirviendo a sus hermanos.

Nuestra lealtad e identificación con nuestro Señor, requiere que estemos comprometidos con el servicio hacia otros creyentes, como Él lo hizo

El mismo Pablo dijo: «Porque ustedes, hermanos, a libertad fueron llamados; solo que no usen la libertad como pretexto para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros» (Gá 5:13). La transformación del Espíritu produce una vida capacitada para trabajar por el bien de la iglesia. Estamos llamados, como siervos de Cristo, a involucrarnos con el bienestar físico, emocional y espiritual de los demás creyentes (Gá 6:1, 10).

Este aspecto del servicio encuentra expresión principalmente en nuestra iglesia local. Es decir, tiene que ver con la comunidad donde adoramos domingo a domingo. Cuando Jesús terminó de lavar los pies de Sus discípulos, les dijo: «Pues si Yo, el Señor y el Maestro, les lavé los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que como Yo les he hecho, también ustedes lo hagan» (Jn 13:14-15).

Nuestra lealtad e identificación con nuestro Señor, requiere que estemos comprometidos con el servicio hacia otros creyentes, como Él lo hizo.

La dimensión misionera del servicio

Nuestra comprensión del servicio como cristianos no estaría completa si no consideramos nuestra responsabilidad hacia el mundo. Somos siervos de Dios y esa verdad también debe expresarse en nuestra relación con los incrédulos; en otras palabras, con la familia no cristiana, con los vecinos, en la escuela y en el trabajo. Vivimos ante ellos como servidores de Dios.

Por eso Pablo les dice a los esclavos: «Exhorta a los siervos a que se sujeten a sus amos en todo, que sean complacientes, no contradiciendo, no defraudando, sino mostrando toda buena fe, para que adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador en todo respecto» (Tit 2:9-10). Según esta enseñanza, podemos inferir que el buen testimonio que damos ante los empleadores adorna el mensaje del evangelio.

Nuestra conducta ante el mundo, nuestra piedad y nuestra ética de trabajo, es necesaria para que, como dijo el Señor Jesús, «brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (Mt 5:16).

Por eso servimos en el mundo y nos involucramos con la cultura en la que vivimos, con el propósito de mostrar a Cristo para que las personas conozcan y glorifiquen a Dios. En este sentido, somos servidores de los hombres para que estos escuchen y vean el evangelio de Cristo por medio de nuestra vida.

Somos servidores de Dios para que las personas se conviertan a Él.

Sirviendo para Su gloria

Nuestra condición de siervos de Dios necesariamente debe encarnar estas tres dimensiones: la dimensión moral, la fraternal y la misional. Nuestro llamado como servidores de Cristo lo expresamos al llevar una vida de santidad y obediencia, viviendo para servir a los hermanos de nuestra comunidad cristiana y siendo testimonio de Dios ante los incrédulos.

¡Que Cristo sea glorificado por nuestro servicio!

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