El comienzo de la transformación en el creyente

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro Decisiones que transforman: Un estudio bíblico sobre nuevos comienzos (B&H Español, 2019), por Wendy Bello.

Hace un tiempo publiqué una imagen en las redes sociales con este mensaje: “Todo triunfo comienza por un cambio de actitud”. La imagen reflejaba una mariposa, y con toda intención. ¿Alguna vez has considerado el proceso que atraviesa este precioso insecto? Tiene cuatro etapas y, aunque no tenemos tiempo aquí para analizarlo completamente, de seguro has escuchado el término que describe el proceso que sufre la oruga para llegar a ser una linda mariposa: metamorfosis.

Es una palabra que viene del griego y significa “cambio, transformación”. Precisamente la misma palabra, pero en forma verbal, que aparece en Romanos 12:2: “Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto”.

Renovados por medio del Espíritu Santo

Esta metamorfosis, al igual que en el caso de la mariposa, llevará un proceso que será diferente para cada persona. Y, como resultado, veremos un cambio en nuestra actitud. Como a la oruga, a nosotros también nos tocará “mudar la piel”:

“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”, Efesios 4:22-24 RV60.

Aquí hay tres verbos en forma imperativa, es decir, un mandato. El primero es “despojaos”: desháganse, eliminen. ¿Qué es lo que Pablo nos manda a eliminar? La antigua manera de vivir, la naturaleza anterior… ¡porque no tiene cabida en la nueva vida que Cristo nos ha dado! Sabemos que, si en un saco de papas dejamos una papa podrida, el resto también se echará a perder. ¡Es necesario sacar la papa que está mala! Y nosotros tenemos que arrancar todo lo malo de nuestra vida anterior, pero ¿cómo? ¿Cómo nos deshacemos de algo que forma parte de nuestra esencia, esa naturaleza con la que vinimos a este mundo? ¿Será acaso posible?

El Espíritu Santo no es una “fuerza”, sino que es una persona que ahora vive de modo sobrenatural en cada creyente.

La Nueva Traducción Viviente nos aclara un poco más la intención del versículo: “En cambio, dejen que el Espíritu les renueve los pensamientos y las actitudes” (4:23, NTV).

Para que nuestra mente se renueve, y por ende nuestros pensamientos y actitudes que luego producirán decisiones, necesitamos dejar que el Espíritu de Dios se haga cargo. No podemos hacerlo por nuestra cuenta. ¡Eso es imposible! El ser humano no puede salvarse ni cambiarse a sí mismo. Podemos engañarnos por un tiempo, podemos pretender, fingir, adoptar nuevas filosofías, pero el ADN corrupto en algún momento asomará la cabeza. Para que ocurra un cambio en la mente y en el corazón, se necesita intervención divina.

El Espíritu Santo no es una “fuerza”, sino que es una persona que ahora vive de modo sobrenatural en cada creyente, con una función muy clara. Y parte de esa función es renovar nuestros pensamientos y actitudes.

Pensando conforme a la Palabra

Ahora bien, si una actitud es el resultado de un pensamiento repetido, tenemos que reemplazar los pensamientos que han dominado nuestra mente durante años por otros que puedan producir nuevas actitudes y decisiones.

A veces creemos que, al decirle a Jesús para que sea el Señor de nuestra vida, todo cambiará mágicamente, sin que nosotros tengamos que hacer nada. Lamento decirte que, aunque yo también quisiera que así fuera, no lo es. A pesar de que el Espíritu Santo viene a vivir dentro de nosotros, es un trabajo en equipo.

Veamos lo que dice 2 Corintios 10:5 en la Nueva Versión Internacional: “Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que se someta a Cristo”.

¿Te das cuenta? Es un verbo en primera persona, nosotros llevamos cautivo todo pensamiento a Cristo. Pero ¿qué quiere decir “llevar un pensamiento cautivo”? ¿Cómo se hace? Es tomar nuestra mente de la mano y decirle por dónde ir. Tengo que entrenar mi mente a pensar en conformidad con la Palabra de Dios.

Tenemos que entrenar nuestras mentes a pensar en conformidad con la Palabra de Dios.

¿Se corresponden con ella mis pensamientos o se contraponen? Por ejemplo, si mi tendencia natural es preocuparme, ¿qué dice la Biblia de la preocupación? Si mi tendencia natural es criticar a otros, ¿qué me enseña Dios con respecto a juzgar? Si mi lucha es el temor constante, ¿qué dice la Palabra con relación a una actitud de temor? Esa es la única manera de llevar los pensamientos cautivos a Cristo, pero es un acto de la voluntad. Tengo que decirle a mi cerebro: “Estás yendo por un rumbo equivocado. No estás alineado con lo que Dios dice y, por lo tanto, tengo que enderezarte para que recuperes el rumbo correcto”.

Esto es así, literalmente. Nuestra mente (nuestras neuronas) se acostumbra a ciertos caminos y, cada vez que pensamos en algo, que ya hemos pensado antes, toma ese mismo camino. Ahora que estamos en Cristo y queremos actuar de manera diferente porque queremos vivir en la plenitud de vida que Él nos ofrece, tenemos que crear caminos diferentes en nuestro cerebro.

Mentes transformadas

En la Biblia se nos invita a concentrarnos en cosas diferentes, a renovar la mente con cosas que dan vida y que, por supuesto, agradan a Dios. Nuestra mente necesita riendas; de lo contrario, querrá andar sola y llevarnos por caminos muchas veces confusos, distorsionados, contrarios a todo lo que Dios quiere para nosotros y nos enseña en su Palabra. Pero eso no lo puede hacer nadie más. Nos toca a ti y a mí. Es parte de la libre voluntad que Dios nos dio decidir en qué vamos a pensar.

Si decido dejar que Dios renueve mi mente, podré revestirme con la nueva naturaleza, que es el tercer verbo en el pasaje de Efesios que mencionamos antes, y estaré lista para que en mi vida ocurra la transformación.

La Biblia nos enseña que, ahora que somos hijos de Dios, ¡tenemos la mente de Cristo (1 Co. 2:16)! Así que no es una misión imposible lo que estamos considerando. ¡Sí podemos tener mentes transformadas, sí podemos pensar de otra manera, nuestras actitudes sí pueden cambiar y, por tanto, decidir de manera diferente!


Imagen: Lightstock.
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