Este es un fragmento adaptado del libro Atesora a Cristo: Contempla la gloria de Cristo que transforma tu cotidianidad (B&H Español, 2026), por Betsy Gómez.
Nada más cotidiano que ese instante en el que despierto y abro mis ojos en las mañanas. En esos segundos se libra la primera batalla por la gloria. Ahí, antes de poner mis pies en el piso, necesito preguntarle a mi alma: «¿Para la gloria de quién existes?», y recordarle a mi corazón: «Tu gozo se encuentra en glorificar a Dios y deleitarte en Él».
La falsa gloria que buscamos
En ese momento, puede que mi cuerpo esté despierto, pero mi corazón aún necesita despertar a la verdad. Para discernir cómo la gloria falsificada se esconde en mis rutinas, necesito la Palabra de Dios. Pero si somos sinceras, tendremos que reconocer que, en lugar de comenzar el día con la luz de la Palabra, somos tentadas a despertar al brillo de una pantalla.
Es más fácil despabilar los ojos entreabiertos con el resplandor incómodo de un dispositivo. Pero al hacerlo, no medimos el costo de ir detrás de imitaciones baratas de gloria. No solo al comienzo del día, ese hábito se cuela fácilmente en nuestras rutinas diarias. Nuestros ojos se encuentran más a menudo con pantallas saturadas de mentiras, que con la fuente de toda verdad.
En lugar de mirar al Dios revelado en las Escrituras, nos damos vuelta para encontrar alguna otra cosa creada que nos asombre. Ese deseo recurrente de buscar más fuera de Dios mientras deslizamos nuestros dedos en nuestros dispositivos pone de manifiesto que estamos contemplando el resplandor tenue y temporal de algo que no sacia.
Por eso, sin importar nuestro oficio o nuestra etapa de vida, estamos en el negocio de la búsqueda de reconocimiento y somos capaces de entregar lo que sea por la gloria de los humanos. Colocamos todo, nuestra devoción, nuestro tiempo, nuestros bienes y hasta nuestra familia en el altar equivocado.
Déjame ponerte un ejemplo. Durante un tiempo estuve sirviendo a mi familia y me parecía como aguantar la respiración bajo el agua mientras preparaba los alimentos en la cocina. ¿Por qué mi servicio parecía tan pesado? ¿Acaso fue porque se trataba de un trabajo rutinario y repetitivo? No. No fue la monotonía. Fue mi orgullo. Atesoré una gloria falsa. Permíteme mostrarte cómo, y te advierto que no te enseñaré una imagen estética.
Un día de esos creí la mentira de que fui creada para algo más grandioso que las labores domésticas. Nada de lo que me rodeaba parecía valioso porque evalué mi realidad con los estándares del mundo. Secretamente, me resentí por tener que conformarme con un trabajo ordinario. Sabía que tenía que rendirme a la voluntad de Dios. Pero en mi autoengaño, pensé que mi «sacrificio» por «glorificarle», por lo menos merecía el reconocimiento de mi familia.
¿Acaso eso era mucho pedir? Un poquito de gloria. Una pequeña dosis de valor, aceptación y seguridad. Esa es una imagen horrible, pero a menos que seamos capaces de reconocer las mentiras que se esconden en nuestros corazones, no podremos arrepentirnos y desechar la imitación de gloria que nos impide atesorar a Cristo.
Lo interesante de esta búsqueda de gloria es que revela que la necesidad en sí no es pecaminosa. El problema es el mismo desde el principio de la humanidad. Buscamos en los lugares incorrectos lo que Dios nos ha dado. El mundo y mi carne me susurran: «si estuvieras haciendo algo menos ordinario, de seguro tendrías mejor recompensa». Al final del día, ¿qué es lo que realmente deseo? ¿Valor, aceptación y seguridad? ¿Acaso no es eso lo que ya recibí en el amor de Dios?
La gloria de Cristo
El aburrimiento de nuestra cotidianidad se debe a que nuestro corazón se esfuerza por obtener en la gloria del mundo lo que se obtiene gratuitamente en la gloria del Hijo. Él abrió el camino a la satisfacción plena que Él ha disfrutado por toda la eternidad y al amor desbordante de un Padre perfecto que nos adopta en Su regazo. Somos aceptadas en Él.
El deleite del Padre en Su Hijo perfecto ha sido derramado en nosotras sin que tengamos la necesidad de ganarnos Su favor ni cansarnos tratando de probar nuestro valor. Somos valiosas en Él. Estoy hablando de la enemistad transformada en adopción y la hostilidad intercambiada por deleite. En Jesús contemplamos a un Padre amoroso en lugar de encarar a un Dios airado. Esa es la gloria que tanto anhelamos. Estamos seguras en Él.
En Cristo encontramos valor, seguridad y aceptación. Cuando el Espíritu Santo nos ilumina, podemos apreciar la hermosura de la gloria de Cristo y somos capaces de ver que nuestros intentos fallidos de manufacturar gloria no son más que basura. Lo que antes brillaba ante nuestros ojos era en realidad una gloria de cartón.
Cuando apreciamos en toda su dimensión la gloria de Cristo, toda esa necesidad obstinada por el reconocimiento de los demás pierde su valor
Todo aquello en lo que buscamos encontrar valor como ese título universitario, ese estatus social que nos cuesta más de lo que podemos pagar, esa posición ministerial de la que alardeamos o ese logro que mostramos con orgullo no son más que un deseo insaciable por obtener más. Pero cuando apreciamos en toda su dimensión la gloria de Cristo, toda esa necesidad obstinada por el reconocimiento de los demás pierde su valor.
Por eso un día en la cocina «mi sacrificio» parece tan grande, porque dejé de contemplar el incomparable valor de Cristo. El apóstol Pablo vivió este mismo desafío en carne propia. Marcado por la ignorancia y el deseo de la gloria humana, dedicó su vida antes de Cristo al propósito inútil de fabricar su propia gloria (1 Ti 1:13; 1 Ts 2:6).
Sin embargo, le bastó con contemplar la gloria de Cristo para reconocer que todo aquello en lo que buscaba identidad y seguridad no era más que mugre. «Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo» (Fil 3:7-8).
Contempla a Cristo y considera Su extraordinario valor hasta que tu corazón vea con claridad que Él es digno de tu completa adoración
¿Alguna vez te has puesto a pensar que podrías estar tratando de manufacturar gloria para ti misma? Sería bueno que respondas con sinceridad estas preguntas: ¿Cómo manifiestas ese deseo de reconocimiento en tus labores diarias? ¿Dónde estás buscando aceptación? ¿A qué te aferras para probar tu valor? ¿En qué o en quién se encuentra tu ilusión de seguridad?
Contempla a Cristo y considera Su extraordinario valor hasta que tu corazón vea con claridad que Él es digno de tu completa adoración. Solo así tu cotidianidad dejará de ser una fuente de identidad y se convertirá en un altar de sacrificio, donde entregas todo, desechas tus tesoros de cartón y te deleitas en la gloria del Hijo, es decir, el gozo pleno del regazo del Padre en la comunión del Espíritu.
Centra tu vida en Su gloria
Hay una mentira que resuena constantemente en nuestros corazones cuando el pecado llama a la puerta: «ustedes serán como Dios» (Gn 3:5). La mordida de ese fruto prometido supuso equivocadamente que el apetito de gloria sería saciado si nos colocábamos en el centro, pero esa promesa nunca se cumplió y solo nos dejó insatisfechas.
Desde entonces hemos querido tercamente saciar nuestro deseo de gloria de la misma manera y seguimos buscando ignorar que el trono de Dios no está vacante. Cristo es el centro y Suya es toda la gloria. Nuestro bien se encuentra en todo lo contrario a la mentira del enemigo de Dios. En lugar de contemplarnos a nosotras mismas como candidatas ideales para dirigir el centro de operaciones del universo, debemos elevar nuestra mirada a las cosas de arriba para reconocer que Cristo está sentado en el trono.
Él es el agente de la creación y quien sustenta todo lo creado. Incluso a ti. El latido que sientes en tu pecho y el aire que lentamente inhalas continúan sin pausa por Él. Si todo fue hecho en Él, para Él y en Él todo subsiste, ¿crees que puedes soltar la ilusión de control sobre tu vida? Pronto te darás cuenta de que en realidad ese «control» que creías tener siempre estuvo desconectado e inservible porque tus esfuerzos nunca controlaron nada.
Cuando la ansiedad me invade, o el temor a lo que depara el futuro me paraliza, es el resultado de olvidar que Cristo es el sustentador, no yo. Todo se alinea cuando reconozco que Él es el centro. Si lo pierdo de vista, siento que todo se desestabiliza dentro de mí. Atesoramos a Cristo cuando reconocemos Su centralidad en el universo, en el mundo, en nuestro hogar y en lo más íntimo del corazón. Al contemplar Su supremacía, recordamos que no hay nada fuera de Su gobierno y dominio.
Somos capaces de presenciar destellos de Su gloria en el lenguaje tangible de Su creación, comunicándose a Sí mismo por todas partes. No hay ningún segundo de nuestra cotidianidad que no sea tocado por la gloria de Cristo. Él es nuestro sustentador mientras dormimos inconscientes en nuestra cama y es el centro de nuestro gozo aun cuando todo dentro o fuera de nosotras se estuviera derrumbando.
¿Cómo cambiarían tus días si creyeras que Cristo sustenta Su creación, incluyéndote a ti? ¿De qué tamaño se verían tus problemas cotidianos si apreciaras la supremacía de Cristo sobre todo? ¿Cuál sería tu actitud si te dieras cuenta de que no tienes el control de nada? ¿Con qué actitud enfrentarías tus labores ordinarias si creyeras que Cristo, no tú, es el centro de tu vida?
Cuando entrenamos nuestros ojos para contemplar la gloria, centralidad y supremacía de Cristo, interpretamos nuestra cotidianidad correctamente al vivirla como una ofrenda de adoración. Por toda la eternidad adoraremos al Señor y por eso podemos unirnos al deleite de amar a Cristo justo hoy donde nos encontramos. Ya sea frente a una pila de ropa sucia, una despensa vacía o el semáforo que siempre está en rojo, podrás decirle al Señor en oración:
Señor, estampa eternidad en mis ojos.
Tú eres mi gloria.
Eres el centro de mi vida.
Mi gozo está en Ti.
Vivo para adorarte.
Vive para Su gloria
«Vive para la gloria de Dios» es lo mismo que decir: «Deléitate en la gloria del Hijo». Un corazón conquistado por el deleite de Cristo lo atesora en los aspectos más simples de la vida diaria. Se rinde en su búsqueda inútil de la gloria humana para luchar por el gozo inquebrantable que Él ofrece.
Nada debe estar más presente en nuestras rutinas diarias que el anhelo por contemplar y gozarnos en la gloria de Cristo
No hay fórmulas secretas para el camino a la victoria. Nada debe estar más presente en nuestras rutinas diarias que el anhelo por contemplar y gozarnos en la gloria de Cristo. Lo malo es que lo olvidamos con tanta facilidad. Necesito cuestionar mi corazón con la misma pregunta que le hago a mis niños antes de acostarnos por las noches: ¿cuál es el fin principal del hombre? Necesito preguntarme a mí misma con frecuencia: ¿cuál es la meta de este día? ¿Qué es lo que me empujará a través de lo pesado de mi cotidianidad? La respuesta es: «El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre».
Donde sea que me encuentre, inclino mi alma para poner la mirada en las cosas de arriba y me recuerdo que existo con el propósito eterno de deleitarme en la gloria del Hijo, disfrutar del amor del Padre y deleitarme en el gozo del Espíritu.
Mis pies no se elevan al cielo ni sucede nada extraordinario alrededor de mí cuando lo hago, pero sí ocurre algo grandioso: mi corazón descansa al encontrar valor, aceptación y seguridad en Su gloria. Ahí es cuando mi vida entera se transforma en un altar de adoración.
Responde en oración y adoración. En vista del incomparable valor de Cristo:
Muestra a Cristo,
Muestra a Cristo,
Revela, oh Dios, Tu gloria
A través de Tu verdad
Hasta que todos confiesen «Cristo es Señor».




