Dios da dones. Algunos predican con una claridad que sorprende. Otros pastorean con una sabiduría que realmente edifica. Hay misioneros que ven frutos que solo pueden explicarse por la gracia de Dios. Y, sin embargo, cuando alguien se acerca después de un sermón o un tiempo de ministerio y dice con sinceridad: «El Señor me habló a través de ti», la respuesta de muchos líderes es casi automática: «No, no… si recibiste algo, da gracias a Dios. No tuvo nada que ver conmigo». O incluso: «Gracias, pero realmente no fue tan bueno».
Suena humilde. Pero muchas veces no lo es.
Algunos líderes luchan genuinamente con cómo recibir palabras de afirmación y caen en el orgullo. Otros se van al extremo opuesto y desarrollan este patrón de minimización constante. Este segundo grupo suele pensar que está siendo humilde y por eso rara vez examina lo que realmente está haciendo. El peligro es que esta actitud se vuelva normal y forme la cultura de la iglesia, de modo que termine afectando no solo al líder, sino también a los siervos más jóvenes que aprenden de su ejemplo y, finalmente, a toda la congregación.
Verdadera y falsa humildad
La verdadera humildad no niega la realidad. Reconoce dos cosas al mismo tiempo: que todo bien viene de Dios y que Él ha decidido usar instrumentos humanos. Pablo lo dijo con claridad: «Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y Su gracia para conmigo no resultó vana» (1 Co 15:10). No minimizó su trabajo, pero tampoco se quedó con la gloria. Atribuyó todo a la gracia del Señor, sin negar que él se había esforzado.
El remedio al orgullo no es la negación, sino la gratitud y la dependencia continua del Señor
La falsa humildad hace algo distinto. Rechaza el reconocimiento de que Dios realmente usó al siervo. Suena espiritual, pero en el fondo niega los dones del Espíritu. Cuando un líder insiste en que «no tuvo nada que ver» con lo que Dios hizo, puede estar diciendo, en la práctica, que el Señor no lo usó. Eso no es humildad. Es una forma sutil de orgullo que se niega a aceptar el lugar que Dios le dio. La Biblia llama al creyente a pensar con cordura: «No piense de sí mismo más de lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno» (Ro 12:3).
Pensar con buen juicio incluye reconocer tanto nuestra debilidad como los dones que realmente recibimos. Negar el don no es humildad, es distorsión.
¿Por qué esta actitud es peligrosa?
Hay varias razones por las que esta conducta puede ser peligrosa. Primero, porque deshonra al que da los dones. Recordemos que «toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces» (Stg 1:17). Cuando rechazamos una y otra vez la afirmación de nuestros hermanos, también estamos rechazando el testimonio de cómo el Espíritu obró a través de nosotros. Eso no glorifica a Dios y hasta quita la oportunidad de darle la gloria.
Segundo, porque daña al cuerpo. El Espíritu Santo reparte dones como quiere y el cuerpo necesita de cada uno de sus miembros (1 Co 12). Cuando un líder minimiza o niega lo que Dios hizo a través de él, confunde a la iglesia. Sin proponérselo, enseña que reconocer la obra del Espíritu en alguien es casi peligroso. Se pierde la oportunidad de edificar y de modelar la gratitud. Con el tiempo, la iglesia se vuelve tímida para afirmar y los siervos se vuelven tímidos para ejercer lo que Dios les dio.
Tercero, puede terminar siendo una forma de enterrar el talento, como el siervo de la parábola, que escondió lo que había recibido y al final recibió una represión (Mt 25:24-28). El apóstol Pedro nos anima: «Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndose los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 P 4:10). La mayordomía fiel incluye reconocer el don de Dios y ejercerlo. Negarlo no produce fidelidad, sino parálisis.
Muchas veces esta actitud de falsa humildad esconde miedo. Miedo al orgullo. Miedo a que nos vean. Miedo a no parecer suficientemente espirituales. Pero el remedio al orgullo no es la negación, sino la gratitud y la dependencia continua del Señor. El miedo disfrazado de humildad sigue siendo miedo, y no produce el fruto que Dios busca en Sus siervos.
Cómo responder con verdadera humildad
La manera de responder correctamente no tiene que ser complicada. Cuando alguien afirma el ministerio, se puede decir algo así: «Gracias. Me alegra que el Señor te haya hablado. Todo lo que puedo ofrecer viene de Él. ¡Qué Él siga obrando!». O al menos decir sencillamente: «Gracias, de verdad. Me anima saber que el Señor usó ese momento».
La verdadera humildad nos permite servir sin tanto miedo, dar gracias sin tanta ansiedad y señalar a Cristo como la fuente de todo bien
Respuestas como esas reciben la afirmación, reconocen de dónde viene el don y apuntan de nuevo a Dios. No alimentan el ego. Tampoco niegan los dones de una manera forzada. Simplemente ponen las cosas en su lugar.
En la práctica significa aceptar la afirmación sin tanto dramatismo. Debemos aprender a dar gloria y gracias a Dios en todo lo que hacemos. Claro que queremos evitar la autoexaltación, pero también esa costumbre de anularnos a nosotros mismos. También debemos enseñar a la iglesia a reconocer los dones del Espíritu sin caer en el culto a la personalidad. Los líderes más jóvenes necesitan ver este ejemplo. Si solo ven minimización constante, aprenderán a hacer lo mismo. Si ven gratitud sencilla y dependencia de Dios, entonces aprenderán algo mucho mejor.
Los pastores, misioneros y líderes necesitamos aprender a recibir la afirmación de manera madura. No para sentirnos importantes, sino para confirmar que Dios está trabajando y para animar a otros a ver Su gracia.
Una invitación a la libertad
La falsa humildad esclaviza. Nos obliga a vivir a la defensiva, minimizando constantemente lo que Dios hace. En cambio, la verdadera humildad libera. Nos permite servir sin tanto miedo, dar gracias sin tanta ansiedad y señalar a Cristo como la fuente de todo bien. Él venció la muerte y nos liberó del pecado, y también nos ha dado dones para edificar a Su iglesia (Ef 4:9-12). Todo lo que hacemos es para exaltarlo.
Así que, hermano, Dios te ha dado dones. No los niegues, no los minimices. Recíbelos con gratitud, ejercítalos con fidelidad y apunta siempre al Señor que los dio. Esa es la humildad que realmente glorifica a Dios y edifica a Su pueblo.




