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Todos vivimos asombrados. Es inevitable. Puede ser que nos cautive una persona, el éxito laboral o ministerial, o un buen filete de carne. ¿La razón? Tú y yo fuimos creados para ser asombrados. ¡Esto es algo bueno! El problema es que muchas veces queremos encontrar satisfacción eterna (o asombro eterno) en las cosas finitas.

No me malinterpretes: el mundo está lleno de cosas asombrosas y estas cosas no son malas en sí mismas. Es bueno que nos maraville la hermosura de una sinfonía interpretada a la perfección por una gran orquesta. Es bueno que apreciemos la belleza del cielo estrellado en una noche despejada. Es bueno que nos deleitemos en el embriagador aroma de las páginas de un libro nuevo. Es bueno amar y ser amados. Es bueno trabajar duro y disfrutar de los frutos de nuestro esfuerzo.

Con todo, ni la música, ni la literatura, ni el cielo, ni las personas, ni el trabajo pueden satisfacernos plenamente. Siempre vamos a querer “algo más”. Seremos asombrados durante un segundo, para después frustrarnos y seguir buscando. Nos convenceremos de que mañana, si tan solo ganamos un poco más de dinero, compramos aquella cosa que tanto deseamos, encontramos la pareja indicada, o conseguimos la obediencia de nuestros hijos, entonces estaremos satisfechos.

Necesitamos dejar de creer esta mentira. De eso trata el libro Asombro, escrito por Paul Tripp.

“Dios tiene la intención de que su creación nos asombre, pero ese asombro no puede ni debe ser un fin en sí mismo” (p. 11).

Las cosas creadas son asombrosas, pero simplemente son señalamientos terrenales que nos apuntan al Único capaz de satisfacer nuestro anhelo de asombro eterno. Las cosas, las personas, y el trabajo pueden mostrarnos destellos de quién es el Dios que nos sostiene. El cielo puede llevarnos a adorar a Dios por su grandeza. Una rica comida puede llevarnos a adorar a Dios por su provisión. El cariño de un ser amado puede llevarnos a adorar a Dios por su amor inagotable. A cada instante y en cada rincón, la creación proclama la gloria del Creador.

“Debido a nuestra amnesia, Dios ha creado al mundo físico para ayudarnos a recordar diariamente que no estamos solos, que no somos el centro de las cosas, que la vida no se trata principalmente de nosotros y que existe una historia más grande que nuestras pequeñas historias individuales” (p. 72).

Con todo, las cosas, las personas, y el trabajo no pueden sostenernos. Si esperamos de ellas lo que solo podemos obtener de Dios, terminaremos frustrados.

“No hay nada en la creación que haya sido diseñado para darte lo que solo el Creador puede darte. […] El asombro horizontal tiene un solo propósito: estimular el asombro vertical” (pp. 21-22).

Cuando colocamos nuestro asombro definitivo en las cosas creadas, se nota. Ya no vivimos agradecidos por nuestro hogar, sino afanados por la siguiente renovación. Ya no vivimos alegres porque podemos servir a otros en la oficina, sino preocupados por quién obtendrá el próximo ascenso. Ya no estamos contentos con tener un grupo pequeño en casa, sino que codiciamos algún título ministerial. La lista podría continuar para siempre. Lejos de estar agradecidos por lo que tenemos, vivimos frustrados por lo que nos falta.

En este mundo caído siempre habrá problemas y dificultades. Es fácil culpar a nuestras circunstancias por la falta de contentamiento que hay en nuestros corazones. Pero la realidad es que nos equivocamos al pensar que “si todo estuviera bien” en nuestras vidas, la frustración desaparecería. Nuestro estado natural es un estado de insatisfacción. ¿Alguna vez has obtenido algo que realmente deseabas? ¿Qué pasó después? Seguramente pasaste unos días emocionado para después empezar a mirar a los lados y buscar algo más. Esto no pasa solo con las cosas. El soltero piensa que casarse será la alegría definitiva. El empresario piensa que si tan solo ganara cierta cantidad de dinero, descansaría. La madre se convence de que cuando su bebé duerma toda la noche, entonces podrá disfrutar de su familia.

“Nuestro problema no es el tamaño o la dificultad de las cosas que enfrentamos. No, nuestro problema es el [asombro equivocado] y los estragos que hace en nuestra vida diaria” (p. 33).

Esta falta de satisfacción es un pozo del que no podemos salir por nosotros mismos. Como escribe Paul Tripp: “Solo la gracia puede devolvernos nuestro asombro por Dios” (p. 64). Necesitamos ojos para ver al Dios que satisface. Necesitamos conocerle a través de su Palabra, para descubrir quién es Él y lo que Él ha hecho por nosotros, y darnos cuenta de que no necesitamos nada más. En la abundancia y en la escasez, Dios sigue siendo el mismo. Oremos para que Él nos dé ojos para contemplarlo, un corazón asombrado por su gloria, y vidas que caminan para su alabanza.


Imagen: Unsplash
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