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Compré un pantalón de una talla más grande un domingo por la tarde. Intuía que me quedaría. Pero algo de ese momento quedó en mi mente más de lo que debería: Mi cuerpo había cambiado.

Lo sabía desde que el sueño nocturno se fragmentó con los ciclos de tener en casa a un recién nacido. Mi entrenamiento físico pasó de una rutina diaria a un intento semanal y comer bien se convirtió en comer lo que había, cuando podía. La talla nueva no apareció de la nada. Vino después de meses de experimentar los desafíos de esta etapa de la vida real.

Aun así, aquel aumento en la talla de pantalón me hizo reflexionar. No pensé solamente: «Debo recuperar mis buenos hábitos». Pensé algo más incómodo: «¿Qué dice esto de mí?». Mi cuerpo parecía hablar sobre mi disciplina, mi carácter y mi valor. Esa sensación no es inocente. Viene de algún lugar, y el evangelio tiene algo preciso que decir al respecto. Me refiero a cómo el evangelio nos libera de usar el cuerpo como juez de nuestro valor, sin liberarnos de la responsabilidad de cuidarlo como un regalo.

Tu cuerpo no es el juez de tu valor

En nuestra cultura, una barriga que crece rara vez se interpreta como un dato neutral. Se lee como evidencia de falta de control, pérdida de disciplina, descuido personal o todos a la vez. Por eso mi incomodidad frente al espejo no era solo estética. Sentía que mi cuerpo testificaba contra mi carácter.

La escritora Nancy Pearcey ayuda a explicar esta tensión: «La cultura trata el cuerpo como materia biológica sin propósito inherente y, al mismo tiempo, le exige expresar perfectamente quiénes somos». Por eso no es de extrañar que el cuerpo quede reducido a materia prima que el «yo verdadero» debe moldear, optimizar y presentar ante los demás.

La Escritura no nos permite despreciar el cuerpo (p. ej., 1 Co 6:13, 19-20). El teólogo Gregg Allison ha insistido en que «los seres humanos no somos almas que simplemente “tienen” cuerpo, sino criaturas encarnadas». Una visión baja del cuerpo distorsiona la creación, la encarnación, la salvación y la esperanza de la resurrección.

El evangelio nos libera de usar el cuerpo como juez de nuestro valor, sin liberarnos de la responsabilidad de cuidarlo como un regalo

Pero la Escritura tampoco permite que el cuerpo cargue con una autoridad que no le pertenece. Mi talla de pantalón no puede decirme quién soy delante de Dios. El espejo puede mostrar un cambio real, pero no puede pronunciar un veredicto eterno. El cuerpo importa demasiado para despreciarlo, pero no podemos convertirlo en juez de nuestro valor.

Aquí aparece una confusión espiritual más profunda. Muchos no solo queremos estar sanos; también queremos ser aprobados. En su ensayo El peso de la gloria, C. S. Lewis señala que el ser humano anhela escuchar aprobación, saber que ha agradado. Ese deseo fue creado para descansar en Dios, pero se deforma cuando buscamos en la mirada humana lo que solo Él puede dar.

La vergüenza que sentí frente al pantalón tenía ese matiz. Mi pensamiento no era simplemente «debo entrenar más o comer menos», era: «¿qué dice esto de mí?». El evangelio empieza a ordenar esa conversación. No minimiza el cuerpo y no lo idolatra. Lo ubica.

La biología explica mecanismos, no dicta sentencias

Lo que viví en esos primeros meses de la llegada de mi hija va más allá de una cuestión de voluntad. Era también una cuestión de biología, la cual no es una excusa barata. Más bien es una descripción honesta de las condiciones reales en las que ocurre la vida.

La falta de sueño no solo nos hace sentir cansados. La investigadora del sueño y el metabolismo Karine Spiegel junto a sus colegas documentó que «la restricción del sueño altera señales hormonales relacionadas con el hambre y la saciedad: disminuye la leptina, aumenta la grelina y eleva el apetito». En palabras sencillas: un cuerpo privado de descanso tiende a pedir más energía, más comida. Eso no elimina la responsabilidad. Pero sí cambia el tono con el que interpretamos la lucha.

En una temporada de paternidad reciente, esta realidad deja de ser estadística y se vuelve  concreta. Las horas perdidas de sueño existen en el cuarto de un bebé que despierta, en una cocina a medianoche o en una mañana de trabajo después de una noche interrumpida. El cuerpo cansado no está inventando una historia. Está respondiendo a una vida real.

La ciencia puede describir esos mecanismos con utilidad. Por ejemplo, puede mostrar cómo se relacionan el sueño, las hormonas, la actividad física y los hábitos alimentarios. Sin embargo, no puede hacer todo. Puede explicar procesos, pero no puede asignar valor; puede decir por qué el apetito cambia, pero no puede decir por ello cuánto vale una persona. La ciencia describe mecanismos. No dicta sentencias.

Para interpretar el cuerpo necesitamos un vocabulario más amplio que el de la biología. Necesitamos hablar de creación, límites, responsabilidad, amor, pecado, gracia y esperanza. Sin ese vocabulario, el cuerpo se vuelve un expediente incompleto con muchos datos y poca sabiduría.

Los límites no son fallas morales

El problema más profundo no era mi barriga abultada. Era que no sabía qué hacer con mis  límites. El filósofo católico surcoreano Byung-Chul Han describe una sociedad del rendimiento donde la persona moderna se explota a sí misma creyendo que solo está ejerciendo libertad. Ya no necesitamos que alguien nos diga «debes». Basta con escuchar todo el tiempo «puedes». Puedes mejorar, optimizarte, producir más, dormir mejor, comer perfecto, estar presente en casa y responder más rápido.

En esa lógica, un cuerpo que no rinde se convierte en acusación. Si no tienes la energía de antes, fallaste. Si tu ropa cambió, fallaste. Si no puedes sostener la misma rutina después de un bebé, fallaste. La sociedad del rendimiento convierte la finitud en culpa.

Pero la finitud no es pecado. El teólogo Kelly Kapic lo expresa con claridad: «Nuestros límites no son resultado de la caída, sino parte de nuestra condición creada». Es decir, antes de que existiera el pecado, Adán necesitaba comida, sueño, compañía, trabajo, comunión y descanso. El pecado no nos volvió finitos. Nos volvió orgullosos frente a nuestra finitud.

Que una temporada sea difícil no significa  que todo descuido quede justificado. La misma gracia que nos libra de la vergüenza nos llama a obedecer con la verdad

Por eso confundimos los límites con los defectos morales. Le pedimos a una temporada de  paternidad reciente que produzca los mismos resultados que una temporada sin esas  variables. Luego, cuando el cuerpo no responde igual, interpretamos la diferencia como  debilidad de carácter.

Necesitamos realismo cristiano, no un realismo cínico que se resigna al descuido, sino uno  que reconoce el contexto real donde ocurre la obediencia. Tus límites no son el obstáculo  para tu mejor esfuerzo, son el terreno donde ese esfuerzo debe aprender a ser fiel. No estoy llamando virtud a mis malos hábitos, sino que estoy aprendiendo a obedecer dentro de mis límites reales.

La gracia no convierte la negligencia en virtud. Que una temporada sea difícil no significa  que todo descuido quede justificado. La misma gracia que nos libra de la vergüenza nos llama a obedecer con la verdad.

Cristo dignifica los cuerpos cansados

En Juan 4, Jesús llega al pozo de Sicar cansado del camino. Juan no lo suaviza con metáforas: «Jesús, cansado del viaje, se sentó junto al pozo» (Jn 4:6). Sus discípulos van al pueblo a comprar comida porque Él la necesita. El Hijo de Dios tuvo hambre, tuvo sed y necesitó sentarse.

El Hijo eterno no fingió humanidad. Asumió nuestra condición real, con músculos que se  cansaban, labios que tenían sed y un estómago que conocía el hambre.

Atanasio insistió en que el Verbo asumió un cuerpo verdadero para redimirnos desde  dentro. La encarnación no rebajó la dignidad del Hijo. En cambio, reveló la dignidad —dada por Dios— de aquello que vino a restaurar. Si Cristo llevó un cuerpo real sin que eso fuera indigno, entonces la vulnerabilidad física no es señal de abandono espiritual.

El libro de Hebreos lleva esta verdad al terreno pastoral. Cristo puede compadecerse de nuestras debilidades porque fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado (He 4:14-16). Su compasión no rebaja el estándar, Su santidad no elimina la ternura. Él no desprecia la debilidad del que lucha, pero tampoco llama virtud a la negligencia.

Por eso podemos acercarnos con confianza al trono de la gracia. No porque nuestros cuerpos sean irrelevantes ni porque nuestras decisiones no importen. Nos acercamos porque Cristo conoce nuestra condición desde dentro y ofrece ayuda oportuna para obedecer en medio de ella.

Un cuerpo cansado no es necesariamente evidencia de abandono espiritual. Es el mismo tipo de cuerpo que el Hijo de Dios habitó para redimirnos.

La mayordomía sin idolatría

Todavía quiero recuperar salud, energía y fuerza. Eso no ha cambiado. Lo que ha cambiado es el para qué las quiero.

Quiero cuidar mi cuerpo para servir mejor, no para ser admirado. Quiero tener energía para amar a mi esposa, trabajar con claridad, cargar a mi hijo sin quedar sin aliento y vivir con mayor disposición para lo que Dios ponga delante de mí. Quiero entrenar no porque mi valor dependa de mi cintura, sino porque mi cuerpo es un don con el que obedezco la voluntad de Dios.

El entrenamiento corporal puede ser un buen siervo, pero también puede volverse un amo terrible

La autora Lainey Greer ha señalado que el cuidado corporal pertenece a la responsabilidad cristiana de preservar la vida. Esa idea evita dos errores: despreciar el cuerpo como si la espiritualidad verdadera consistiera en ignorarlo, o volverlo el absoluto como si la salud física fuera la medida final de la fidelidad.

El entrenamiento corporal puede ser un buen siervo, pero también puede volverse un amo terrible. Sirve cuando fortalece la voluntad, sostiene la salud y nos dispone para amar. Se distorsiona cuando promete identidad, superioridad o control total.

El objetivo no es la perfección estética, sino el progreso fiel 

Cuando compré aquel pantalón, sentí que mi cuerpo estaba diciendo algo sobre mi valor.  Ahora entiendo que estaba diciendo algo sobre mi vida: que amo a un bebé que despierta de noche, que trabajo, que duermo menos, que estoy en una temporada con límites reales y que esos límites son el contexto donde está ocurriendo mi obediencia, no la medida de mi dignidad.

Eso no me deja inmóvil. Me libera para cuidar el cuerpo sin odiarlo, recuperar hábitos sin  buscar salvación en ellos, aceptar una temporada difícil sin llamar madurez a la pasividad y mirar mi cuerpo como un don, no como un juez.

Un pantalón de talla más grande no dice nada sobre tu valor. Sí dice algo sobre tu vida. Y el evangelio es lo que hace posible esa distinción.

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