¡Únete a nosotros en la misión de servir a la Iglesia hispana! Haz una donación hoy.

×

Los provocadores agitan la ciudad,
Pero los sabios se alejan de la ira (Pr 29:8).

Cuando se dibuja una caricatura de una persona muy enojada se le representa con los ojos cerrados, la cara roja, los hombros altos, los brazos tensos y los puños bien apretados. Lo que siempre me sorprende es que le añaden como dos explosiones nucleares saliendo de las orejas. Eso me hace pensar en algunas verdades que son interesantes para reflexionar en cuanto al mal genio y cómo enfrentarlo con sabiduría.

En primer lugar, el mal genio es más una implosión que una explosión. El daño se produce desde dentro hacia afuera cuando se enciende el enojo y la primera víctima es la persona misma. Solemos pensar que una persona malgeniada solo arrasa con todo a su paso pero, en realidad todo empieza al causar una devastación profunda en su propia alma. El maestro de sabiduría clarifica esta realidad cuando dice: «El necio da rienda suelta a su ira, pero el sabio la reprime» (v. 11). La figura de la «rienda» tiene que ver con las dos correas unidas al bocado que lleva el caballo en el hocico para poder controlarlo. El jinete deja de controlar al caballo cuando se «suelta la rienda» y el caballo, entonces, se «desboca» y corre sin mayor dirección ni control.

Aunque hay muchas expresiones violentas que se manifiestan con una persona de mal genio, la mayoría pierde el control o da rienda suelta a su enojo cuando pierden el freno y empiezan a emerger palabras de lo más profundo de su ser; una andanada de frases desbocadas que solo expresan furia encendida. Las veces que me ha pasado o lo he visto en otras personas, siempre me he preguntado cuánto dolor, amargura y quebranto debe haber en el interior para que una pequeña chispa produzca tal explosión que sale en llamaradas por la boca. Muchas veces no es producto de las circunstancias sino de situaciones internas porque basta, por ejemplo, que uno le diga a alguien que uno estaba primero en la fila del supermercado para que esa persona se descontrole y el hongo amarillo y nuboso de una explosión de ira salga por su boca.

La respuesta del sabio no va por dar «rienda suelta» a su mal genio, sino, por el contrario, «el sabio la reprime». La palabra «reprimir» no está de moda. Hoy se nos aconseja que no contengamos, frenemos, aplaquemos o moderemos algún área de nuestro comportamiento. Pareciera que debemos ser libres como caballos salvajes que no conocen de riendas y frenos. Sin embargo, la conclusión del maestro es desoladora: «¿Ves a un hombre precipitado en sus palabras? Más esperanza hay para el necio que para él?» (v. 20). Un caballo indómito es bueno para pintarlo o fotografiarlo de lejos, pero nunca para tenerlo cerca.

La verdad es que un mal genio desbocado nos dejará muy solos, enfermos por dentro y con mucho daño a los que están cerca de nosotros. Debido a que la explosión de la ira surge de nuestro interior, poco lograremos solucionar o cambiar al culpar a otros o a las circunstancias para justificar nuestros arrebatos. Más allá de los factores externos, es importante ser sabio y aprender a «reprimir» la ira. Sirve de mucho ver como otras versiones han traducido esa palabra: sosegar (JBS); controlar (NBV); dominar (NVI). Todas estas palabras indican la responsabilidad personal y también el hecho innegable de que no es algo ajeno a nuestro control alcanzado a través de la madurez de nuestro carácter.

En segundo lugar, el texto del encabezado nos muestra otro aspecto en la lucha con nuestro mal genio: «Los provocadores agitan la ciudad, pero los sabios se alejan de la ira» (v. 8). Es cierto que vivimos en una sociedad airada, en donde las explosiones de enojo forman parte de lo cotidiano y hasta, en cierto modo, se justifican y ensalzan como el único medio para salir adelante en la vida. Avanzar a gritos, empujando con los codos, es casi una norma en la sociedad contemporánea. Pero el tipo de personas que actúan así no es nuevo. El maestro de sabiduría habla de «provocadores» que agitan la ciudad, incitando y promoviendo un estremecimiento social, o lo que otra versión traduce como «[poner] la ciudad en llamas» (RV60). Es cierto, nuestras ciudades están realmente en llamas con gente airada que pareciera tener combustible en el alma y un lanzallamas que quema todo lo que está alrededor, incluyendo a ellos mismos.

¿Tenemos que resignarnos a vivir neciamente de esa manera? El maestro de sabiduría dice que la sabiduría radica en «alejarse de la ira». La palabra hebrea para «alejarse» también denota dar la espalda, devolverse y no caer en la incitación. En este caso, la sabiduría también se demuestra al no dejarse llevar por lo que pueda estar pasando o lo que los provocadores quieran producir en nosotros. Esta es una sabiduría producto de la madurez del carácter y que nos permite darnos vuelta y alejarnos de la ira.

No quisiera dejar de mencionar un proverbio que vimos en una oportunidad anterior: «No te asocies con el hombre iracundo, ni andes con el hombre violento, no sea que aprendas sus maneras y tiendas lazos para ti mismo» (22:25). Si nos dejamos llevar por el statu quo, pensaremos que no hay escapatoria y que debemos unirnos al cuerpo de provocadores incendiarios para poder sobrevivir. Sin embargo, el consejo no deja duda de que debemos alejarnos, desasociarnos y darle la espalda a los violentos, no solo por el mal que causan, sino también porque podemos aprender sus maneras y quedar atrapados en sus formas. Nunca será sabio ser uno de ellos.

Las buenas maneras de sabiduría sí las podemos aprender de Jesucristo (Mt 11:28-30). Él conoce el tipo de sociedad en que vivimos y las consecuencias dolorosas que nos produce y por eso vino para librarnos de esa realidad de dolor y pesar. El apóstol Pablo lo entendió perfectamente y entregó este consejo cuando estaba prisionero, invitando a los cristianos a mantener vivo el ejemplo de Jesucristo en sus vidas:

No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en ustedes, esta actitud que hubo también en Cristo Jesús… (Fil 2:3-5a).

Recibe cada día los artículos, podcasts, y vídeos más recientes.
CARGAR MÁS
Cargando