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Nota del editor: 

Este artículo es una adaptación del sermón «El último mensaje de Cristo a las iglesias», predicado por el pastor Miguel Núñez. El tema central de este sermón será el eje de la conferencia «El que tenga oídos para oír, que oiga» que se llevará a cabo en Ciudad de Panamá del 29 al 31 de octubre de 2026. Más información en porsucausa.org.

Cuando leíste el título de este artículo, quizás te preguntaste qué pretendía con un enunciado como este. No es una nueva revelación ni una nueva aparición. Todo lo que Dios quiso revelar por Su Espíritu ya está revelado. Lo que tiene que ver con nuestra salvación, nuestra santificación y ulterior glorificación está en Su Palabra. Este artículo toma como base Apocalipsis 2 y 3, porque el contenido de esos dos capítulos constituye la columna vertebral del último mensaje del Espíritu a las iglesias. Después del libro de Apocalipsis no hay más mensaje para el pueblo de Dios de parte del Espíritu; es el sello final de la revelación de Dios, el libro número 66.

Aunque estas siete cartas fueron dirigidas a iglesias localizadas en lo que hoy es Turquía, la mayoría de los teólogos ortodoxos está convencida de que su aplicación era para el resto de las iglesias de aquel tiempo y para todas las iglesias hasta que Cristo volviera. Si eso es verdad, dada la condición de las iglesias en Occidente, lo que Cristo comunicó a aquellas iglesias que estaban en decadencia espiritual y bajo persecución es algo a lo que tú y yo necesitamos prestar atención.

Una advertencia con sentido de urgencia

Estas cartas tienen una estructura casi idéntica, aunque su contenido es distinto para cada iglesia. Cristo primero reconoce el buen trabajo que algunas habían hecho en el pasado —y subrayo la palabra pasado—. Luego hay una advertencia sobre el estado en que se encontraban al recibir la carta. Es un mensaje de peso, de confrontación, de advertencia, pero al mismo tiempo es un mensaje de esperanza. Lamentablemente, muchos hijos de Dios y maestros de la Palabra no lo han visto de esa manera.

Hay una frase común a todas ellas: «El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias». Aparece siete veces, en las siete cartas. En las cinco iglesias reprendidas aparece después de la reprensión; en las dos que no fueron reprendidas aparece después de que Cristo les advierte que se acercaban tiempos difíciles. Es la manera como el Espíritu llama la atención sobre este mensaje central.

Es la permanencia en la verdad, en el camino de la verdad hasta entrar en gloria, la única evidencia clara e indiscutible de que somos verdaderamente hijos de Dios

El mensaje es una advertencia: que en ausencia de arrepentimiento, Cristo vendría y removería Su presencia manifiesta, Su endoso, Su autoridad, y la iglesia sería cerrada. Y así fueron cerradas; no hay indicio de ninguna de ellas. Este es un mensaje de sobriedad porque hay una posibilidad de que lo mismo que les aconteció a ellas nos ocurra a nuestras iglesias, incluyendo la nuestra.

Es la permanencia en la verdad, en el camino de la verdad hasta entrar en gloria, la única evidencia clara e indiscutible de que somos verdaderamente hijos de Dios.

Cinco iglesias llamadas al arrepentimiento

Tan mal estaban estas iglesias que cinco de las siete fueron llamadas al arrepentimiento. Las que estaban espiritualmente bien, aunque bajo persecución, eran una minoría. Y con dolor podríamos decir que eso no es muy diferente a nuestros días.

No basta con ser fiel de manera individual; la iglesia debe velar por la santidad de los que pertenecen a ella

Éfeso había perdido su primer amor, a pesar de su pureza doctrinal. Tenía un conocimiento doctrinal extraordinario, había desenmascarado a los falsos apóstoles y había sufrido por causa del nombre de Cristo, pero perdió el amor por el Dios a quien pensaba que servía. Quizás se entretuvo celebrando lo que hacía y perdió de vista para quién lo hacía. El fervor por la defensa doctrinal mató el amor por el Dios que la doctrina proclama. Es posible defender el evangelio de una manera irreverente, contraria a lo que Pedro nos dijo: que estemos preparados para responder de la esperanza que hay en nosotros, pero con mansedumbre y reverencia (1 P 3:15). A veces, queriendo tener razón, perdemos la razón. A la iglesia de Éfeso no le faltó currículum de líderes; le faltó amor por Dios. Por eso Cristo le dice: «Recuerda por tanto de dónde has caído, y arrepiéntete» (Ap 2:5).

Pérgamo había guardado fielmente el nombre del Señor aun en la persecución, pero la idolatría y la inmoralidad de la ciudad la invadieron porque dejó de disciplinar a sus miembros. No basta con ser fiel de manera individual; la iglesia debe velar por la santidad de los que pertenecen a ella. Tiatira fue reconocida por sus obras, su amor, su fe, su servicio y su perseverancia, y sin embargo toleró a Jezabel. Su problema fue la tolerancia, esa que hoy ha sido redefinida para exigir que validemos estilos de vida y valores que contradicen todo lo que el Señor nos ha enseñado.

La peor pobreza de un individuo no es material, es espiritual. Y la mayor riqueza de una persona, de una iglesia, tampoco es material; es espiritual

Sardis no solo se había caído: se murió. Una iglesia muere cuando deja de predicar la Palabra de Dios para predicar opiniones de hombres, y cuando comienza a hacer las paces con el mundo y deja de confrontar el pecado. No fue perseguida, porque no se persigue a un muerto. Laodicea fue clasificada como tibia, orgullosa y autosuficiente. Se creía rica, y Cristo la llamó miserable, digna de lástima, pobre, ciega y desnuda. La persona tibia se identifica como cristiana pero vive como si fuera hija de Satanás; oye el mensaje y nunca lo aplica, ve el pecado del otro con facilidad pero no ve el suyo. Aun así, Cristo le dio esperanza: «Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Sé, pues, celoso y arrepiéntete» (Ap 3:19).

La peor pobreza de un individuo no es material, es espiritual. Y la mayor riqueza de una persona, de una iglesia, tampoco es material; es espiritual.

Dos iglesias fieles y la certeza de la persecución

Solo dos iglesias no fueron reprendidas: Esmirna y Filadelfia. Esmirna era pobre materialmente, pero espiritualmente rica. Una iglesia es rica espiritualmente cuando tiene amor por Dios, cuando mantiene su santidad en medio de la persecución, cuando tiene apego a las Escrituras y no las relativiza, cuando depende del Señor y no de sus recursos. A esos hermanos pobres, Dios les advirtió que por su fidelidad serían perseguidos, y algunos hasta encarcelados. Debemos concluir que la fidelidad no me exime de la persecución; más bien me la garantiza.

A Filadelfia, el Señor le reconoció su fidelidad y le prometió abrir una puerta de oportunidad para ministrar, y preservarla a través del sufrimiento. Cristo nunca nos prometió ser preservados sacándonos de la prueba, sino estar con nosotros hasta el fin del mundo. Si estás en el fuego, habrá Uno más contigo en el fuego. Esa profecía de Pablo tiene dos mil años de fiel cumplimiento: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Ti 3:12).

La iglesia no puede entretenerse condenando el pecado del mundo cuando tolera o descuida el pecado de los que estamos adentro

La iglesia no puede entretenerse condenando el pecado del mundo cuando tolera o descuida el pecado de los que estamos adentro. El juicio comienza por la casa de Dios. Los tiempos revelan una hemorragia moral y una debilidad muscular por falta de pasión por Cristo. Como pastores y líderes, tengo que predicarme la Palabra de Dios a mí primero. El corazón tiene una inclinación natural a alejarse de Dios, y por eso la Iglesia de Cristo tiene que ser reformada continuamente.

Ven, Señor Jesús

El mensaje final del Espíritu a las iglesias no fue una advertencia sin salida: fue un llamado al arrepentimiento con una promesa al final. Lo que Cristo quiere es que, cuando Él regrese, encuentre una iglesia que vive una vida digna de Su llamado —no la iglesia que perdió su primer amor, ni la que se murió, ni la que se creyó rica siendo miserable— sino una iglesia despierta y vigilante. El Espíritu nos enseñó a prepararnos: estar alerta, porque no sabemos el tiempo señalado, y ser personas de santa conducta y piedad.

Cabe preguntarnos si anhelamos que Cristo regrese o si estamos tan enamorados de este mundo que no queremos salir de él. Al cerrar la revelación, el Espíritu expresa el anhelo que nosotros debiéramos tener: «El Espíritu y la esposa dicen: Ven» (Ap 22:17). Él viene de camino, y cuando nos encontremos con Él, entonces, no antes, nuestros anhelos serán saciados, nuestras lágrimas serán secadas, nuestra tristeza se tornará en gozo y todo nuestro vacío será llenado.

Si podemos saludar las promesas desde lejos, como los héroes de la fe, también nosotros podemos decir junto con el Espíritu: «Ven, Señor Jesús». Pero mientras Él viene, el llamado que estas siete cartas nos dejan es el mismo con el que empezaron: el que tiene oído, que oiga.

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