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“Dios, no existes”. Eso es lo que Argentina ha dicho oficialmente con su nuevo código civil.

El diario La Nación, uno de los diarios más leídos de la nación Argentina, ha publicado esta mañana algunos de los aspectos más relevantes del nuevo Código Civil Argentino, donde se destaca la redefinición –por parte del poder legislativo– del matrimonio, la familia, la paternidad, la vida, y la muerte dentro del territorio nacional.

El artículo introduce la reforma de esta manera: “A partir de pasado mañana cambiarán las reglas de juego en la vida cotidiana. Ya nada será igual ante la ley: nacer, casarse, tener hijos e incluso morir. Ese día entrará en vigor el nuevo Código Civil de la Nación”. El proceso de revisión a la ley civil anterior fue originado por la necesidad de adornarla “al modo de vida de la sociedad actual”. Sigue diciendo: “El Código anterior, que rigió por 144 años, reflejaba otro tipo de sociedad, que respondía a un único modelo de familia y a una forma más vertical de relaciones”.

No es nada nuevo que el hombre tuerza y desestime los preceptos de Dios para el beneficio de su pecado. Lo ha hecho desde el inicio del tiempo y lo sigue haciendo hoy, hasta que Cristo regrese. Como Romanos 13 expresa, con sus limitaciones humanas, las leyes sirven para castigar lo mal hecho, y alabar lo correcto. A lo largo de la historia de Occidente, nuestras leyes y códigos civiles han sido influenciadas desde su fundamento por cosmovisiones católicas europeas, con vestigios de la verdadera fe bíblica. La constitución nacional de Argentina cita en su artículo segundo: “El  Gobierno federal sostiene el culto católico, apostólico, romano”. Sabemos todas las diferencias que tenemos con los católicos romanos, pero a la vez sabemos que en aspectos cómo la familia y el matrimonio, nuestras constituciones han sostenido un matrimonio entre hombre y mujer, han condenado la infidelidad, y han valorado la disciplina en el seno familiar.

Pero hoy ya no es así.

Sobre el matrimonio

El nuevo código civil remueve el concepto de hombre y mujer para unirse en matrimonio. Ahora son “contrayentes”, incorporando el matrimonio “igualitario” (de personas del mismo sexo) con todo su alcance.

La fidelidad en el matrimonio ya no es un deber y la infidelidad no existe más cómo una causa de divorcio. Tampoco es necesario que el matrimonio conviva en la misma casa, y ha desaparecido “el mutuo respeto” como un deber. Tan solo es necesario asistencia y alimento.

Tampoco es necesario casarse. Ahora la nueva ley permite que personas puedan hacer un acuerdo que no es tan serio como el matrimonio, pero que les permite tener obligaciones y derechos parecidos, sin asumir compromisos mayores con el “contrayente”.

Sobre el divorcio

El divorcio se puede hacer de manera “express”. Ni es necesario el acuerdo entre las partes: simplemente con que uno quiera disolver el matrimonio puede hacerlo con el apoyo de la ley.

Antes de casarse ya se puede decidir cómo será todo luego del divorcio. El matrimonio deja de ser considerado un pacto de por vida que la muerte separará, sino que es un trámite o un acuerdo entre partes por un tiempo determinado. La nueva ley rige que se puede decidir antes del casamiento qué sucederá con los bienes, los hijos, las mascotas, y todo lo que posean.

Sobre la paternidad

Como dice el artículo de La Nación, “desaparece el concepto de “tenencia” de los hijos y se reemplaza por el de “cuidado”. Ya no se habla de “patria potestad”, sino de responsabilidad parental. Tampoco de padre o madre sino de vínculo filial. No hay más un régimen de visita, sino un sistema de comunicación. Aparece el criterio de “voluntad procreacional”, según el cual, la paternidad no se define por un vínculo biológico sino por la voluntad de tener un hijo”. ¡Cuán diferente al Consejo Divino! El nuevo código también se refiere a la disciplina y al castigo físico, inmiscuyéndose en el mismo seno de la paternidad y prohibiendo todo tipo de castigo físico por parte de los padres.

Dios no cambia

Leemos en Génesis 11 sobre la historia de Babel, y cómo los hombres buscaron hacerse un nombre para sí mismos apartados de Dios. Él tuvo misericordia, enviando un juicio y confundiendo las lenguas. La misericordia por el hombre se manifestó en un juicio inminente, en una intervención divina en los sucesos pecaminosos. Uno de los peores juicios de Dios contra la reiterada rebelión del hombre es entregarlos a su pecado, dejarlos continuar en su necedad, en su pendiente que los conduce al infierno y castigo eterno bajo la ira del Dios justo y santo.

La vida del hombre fue creada para ser regulada por su Creador. Dios creó al hombre para su gloria (Is. 43:7), pero el hombre cambió la gloria del Creador por la idolatría a lo creado (Ro. 1:23), y procura con injusticia detener la verdad de Dios (Ro. 1:18). Cuando esto sucede en una nación, el juicio más grande que Dios puede hacer allí es no intervenir en lo absoluto. El apóstol Pablo en la carta a los Romanos 1:22-34 lo dice así: “Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén”. Y sigue diciendo más adelante: “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen”.

Cómo Iglesia de Cristo, estos acontecimientos nos conducen a la oportunidad de que en medio de tantas tinieblas podamos brillar la luz del evangelio de la gracia de Dios, podamos ser lo que somos llamados a ser: columna y baluarte de la verdad. Estos tiempos requieren de una sal verdaderamente salada y una luz que en verdad refleje la luz del Señor, lo que implica arrepentimiento cuando no nos hemos comportado a las alturas de nuestro llamado. Las inquietudes del hombre en la revolución de nuestros días tienen respuestas en la Palabra, como otros han demostrado. Como Iglesia, entonces, prediquemos el evangelio eterno en medio de todas estas naciones y hasta el fin de los días, llevando a un mundo y a una sociedad pérdida la buena noticia que Cristo vino a salvar lo que se había perdido.

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