×

Uno de mis textos favoritos está en el Salmo 119:71: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos” (RVR1960). No me mal entiendas, no soy alguna clase de “súper cristiana” que vive buscando aplastar su orgullo para conocer mejor la ley del Señor. Mi carne detesta la humillación. Sin embargo, mi alma conoce que la humillación es necesaria para crecer.

Experimenté este tipo de humillación mientras leía Sufrir nunca es en vano, de Elisabeth Elliot. Continuamente me veía en la necesidad de detenerme, cerrar los ojos, y elevar mi oración al Señor. El recurso no es largo ni contiene conceptos elevados o difíciles de seguir; lo que nos humilla son las palabras sencillas de una mujer que vive en carne propia lo que significa tomar la cruz y seguir a Jesús cada día.

“A través del sufrimiento más profundo, Dios me ha enseñado las lecciones más profundas. […] Él puede transformar algo terrible en algo maravilloso” (pp. 1-2).

Elisabeth Elliot fue misionera, autora, y oradora. Durante su vida, Dios le permitió familiarizarse bastante bien con el sufrimiento. Ella había estado casada por menos de tres años cuando perdió a su primer esposo, Jim, a manos de los miembros de una tribu que trataban de alcanzar en Ecuador. Elisabeth continuó su labor misionera y llegó a servir entre las personas que mataron a su esposo, junto a su pequeña hija Valerie (quien tenía solo 10 meses cuando su padre murió). En 1969, Elisabeth se casó por segunda vez. Su esposo Addison Leitch murió cuatro años después, tras un diagnóstico de cáncer.

Escuchar historias como las de Elisabeth puede llevarnos a alzar la mirada al cielo, no con esperanza sino con indignación. ¿Qué sucede? ¿Por qué pasan estas cosas? ¿Conseguiremos algún día la paz?

Elliot nos recuerda que hay aflicciones para las cuales ninguna explicación racional es suficiente. Incluso si conociéramos todos los motivos, el dolor seguiría siendo demasiado. Debemos ir más allá de las razones. Debemos mirar a la cruz.

“Aunque no he encontrado satisfacción intelectual, he encontrado paz. La respuesta que te doy no es una explicación, sino una persona: Jesucristo, mi Señor y mi Dios. […] Y así, regresamos de nuevo a la terrible verdad de que hay sufrimiento. La pregunta sigue en pie: ¿le presta Dios atención al sufrimiento? Si es así, ¿por qué no hace algo? Yo digo que Él sí hizo algo, Él está haciendo algo y Él hará algo” (pp. 12-13).

El sufrimiento no debería tomarnos por sorpresa. Después de todo, es prácticamente una garantía de nuestro Señor. Pero la promesa de la aflicción incluye una oferta de paz. Una oferta de paz en la persona de Jesús (Jn. 16:33). En los dolores del Dios encarnado es donde encontramos la certeza de que a Él le importa nuestro sufrimiento. Él venció al enemigo del pecado y la muerte, y ahora está usando cada aflicción para nuestro bien (Ro. 8:28). Como escribe Elisabeth: “El amor de Dios no es un sentimiento; es un amor deliberado e inexorable que ordenará nada menos que lo mejor para nosotros” (p. 41).

En los dolores del Dios encarnado es donde encontramos la certeza de que a Él le importa nuestro sufrimiento

Ofrece tu sufrimiento al Señor

Algunos de nosotros nos encontraremos navegando por las páginas de Sufrir nunca es en vano sintiéndonos avergonzados de lo cómoda que es nuestra vida. Ser confrontados y examinar nuestro corazón es algo bueno. Con todo, la solución no necesariamente es irnos a vivir en algún lugar remoto, sin agua potable ni electricidad. No todos hemos sido llamados a las misiones en lugares distantes o a ser encarcelados por el evangelio. Lo que todos hemos sido llamados a hacer es a tomar nuestra cruz cada día y seguir a Jesús. A ofrecer nuestra vida entera como sacrificio agradable al Señor. Y cada sufrimiento, por insignificante que parezca, puede ser puesto delante del Señor como ofrenda para Su gloria.

En Sufrir nunca es en vano, Elisabeth nos invita a tener un corazón agradecido en medio de cualquier circunstancia. Ella también nos recuerda que podemos caminar en victoria, aunque duela. ¿Por qué? Porque Jesús ya ha vencido.

“¿Te gustaría tener la historia de Daniel sin el foso de los leones? Por supuesto que no, porque sabemos el final de la historia. Bueno, nosotros los cristianos, tenemos todo este libro lleno de historias maravillosas como esa, y el final de cada una de ellas es el mismo: gloria todas las veces” (p. 100)

Hay ocasiones en las que miramos hacia atrás y podemos ver algunas de las razones por las que Dios permitió que sucedieran cosas difíciles en nuestras vidas. Pero también existen situaciones en las que todo es confuso y parece carente de sentido. No pretendamos conseguir todas las respuestas. Mejor miremos al Dios que sufrió por nosotros y que nos sostiene en su mano. Como escribe Elisabeth: “Él tiene muchas cosas reservadas, de las cuales tú y yo ahora no tenemos la menor idea. Él nos ha dicho suficiente para que sepamos que sufrir nunca es en vano” (p. 16).

Recibe cada día los artículos, podcasts, y vídeos más recientes.
CARGAR MÁS
Cargando