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Hace años visité el laboratorio de un profesor cuya tesis doctoral se enfocaba en medicina mendeliana, que es el estudio de enfermedades causadas por genes heredados. Tenía curvas de crecimiento sobre la mesa y miniplacas de petri con colonias, es decir, recipientes donde se cultivan microorganismos para observar su desarrollo.

Me acerqué a preguntarle por su tesis y me respondió algo como esto: Con suficientes bacterias E. coli y suficiente tiempo, una o dos variantes de E. coli van a dar con el rasgo que se busca. No porque el sistema las dirija, sino porque aparecen mutaciones al azar; tarde o temprano surge una variante, y luego tú la seleccionas.

Para entonces, yo no era cristiano; me convertí un año después. Sin embargo, la palabra «azar» quedó grabada en mi mente, porque para muchos suena como ausencia de gobierno, como si el mundo estuviera a la deriva.

¿Qué significa eso en realidad? Antes de discutir si Dios gobierna un mundo con probabilidades, hay una tarea más básica: entender qué significado le confiere la ciencia a la palabra «azar» y qué cosas, sencillamente, no está diciendo cuando la usa.

El problema empieza con una palabra

El «azar» para la ciencia describe procesos reales en el mundo físico. Cuando un profesor de biología dice que una mutación ocurre «al azar», muchos escuchan más de lo que quiere decir. Escuchan: «sin causa, orden, propósito», incluso «sin Dios». Pero el término a menudo significa algo mucho más específico: que la mutación no ocurrió porque el organismo la necesitara.

No fue una respuesta al ambiente. Simplemente ocurrió y el ambiente después filtró si era útil o no. Ese punto importa mucho. Con frecuencia, el problema comienza antes de cualquier descubrimiento: una palabra técnica que se escucha como si fuera una conclusión filosófica. Una cosa es decir: «No podemos predecir este cambio de antemano» o «Este cambio no fue producido por la necesidad inmediata del organismo». Otra cosa muy distinta es decir: «Este cambio ocurrió fuera del gobierno de Dios». La ciencia puede afirmar lo primero, pero no puede probar lo segundo. Por eso conviene limpiar el lenguaje antes de entrar al debate.

Aristóteles distinguía entre lo que ocurre de manera regular y lo que sucede por la convergencia inesperada de causas reales. Por ejemplo, si alguien va al mercado por una razón y allí se encuentra con un familiar, el encuentro puede parecer casual. Pero no ocurrió «sin causa». Ambos llegaron allí por motivos reales; simplemente esos motivos no estaban coordinados entre sí ante nuestros ojos.

El salto de «esto es aleatorio» a «Dios está ausente» no lo da la ciencia; lo da una filosofía añadida al lenguaje científico

Algo parecido pasa con la probabilidad en la ciencia moderna. La idea de probabilidad no dice que el universo carezca de orden. Es una herramienta para describir patrones cuando los procesos son demasiado complejos para seguirlos uno por uno. El salto de «esto es aleatorio» a «Dios está ausente» no lo da la ciencia; lo da una filosofía añadida al lenguaje científico.

Lo que la biología demuestra

Esto se ve con especial claridad en los experimentos clásicos. En 1943, los científicos expertos en biología Salvador Luria y Max Delbrück quisieron responder una pregunta sencilla: cuando una bacteria se vuelve resistente a un virus, ¿es porque el virus la obligó a cambiar, o porque algunas bacterias ya habían cambiado antes? Su conclusión fue clara: las variantes resistentes aparecen antes del encuentro con el virus.

El virus no fabrica la resistencia. Simplemente deja en evidencia a las bacterias que ya la tenían. Años después, los expertos en genética bacteriana Joshua y Esther Lederberg lo mostraron de una manera todavía más visual.

Tomaron colonias bacterianas que crecían en una placa sin antibiótico y las copiaron en otras placas con antibiótico. Las colonias resistentes aparecían una y otra vez en las mismas posiciones, en ambos tipos de placas. Eso significaba que la resistencia ya estaba allí antes de entrar en contacto con el antibiótico. El antibiótico actuó como filtro, pero no creó el rasgo. En otras palabras, cuando la biología dice que la mutación es «al azar», no quiere decir «sin causa», sino que el cambio no fue producido porque el ambiente lo necesitaba.

Pero eso no significa que la vida sea un caos. Aquí entra un matiz importante. El trabajo de Paul Modrich, Premio Nobel en Química en 2015, mostró que la célula tiene mecanismos que corrigen muchos de los errores que aparecen al copiar el ADN. Sí, ocurren cambios; sí, existe variación real; pero también existen sistemas de corrección que preservan la estabilidad de la vida. La biología nos muestra una creación con cambio real y con estructuras que lo resguardan. ¿Se parece a un universo abandonado? Se parece más a un mundo con diseño.

Dios gobierna por medios ordinarios

En este punto, la pregunta cambia de forma. Ya no se trata de si la biología deja espacio para Dios; se trata de qué clase de Dios creemos que gobierna el mundo.

La Biblia no describe la replicación del ADN ni usa el lenguaje de la estadística, pero sí afirma algo central: Dios gobierna incluso aquello que, desde nuestro punto de vista, parece impredecible y azaroso. «La suerte se echa en el regazo, / pero del SEÑOR viene toda decisión» (Pr 16:33).

El proverbio no niega el proceso. Más bien, nos dice que ese proceso está en la mano de Dios. Lo mismo dice Pablo, que Dios «hace todas las cosas conforme al designio de Su voluntad» (Ef 1:11). Todas las cosas, no solo las extraordinarias. No solo los milagros, sino también los procesos ordinarios, las causas que podemos estudiar, los patrones que la ciencia puede describir.

El mundo no está sostenido por una fuerza impersonal ni por una cadena ciega de procesos. Está sostenido por Jesucristo

El Nuevo Testamento da un paso más al hablar de un gobierno divino sostenido en Cristo. Pablo dice que «en Él fueron creadas todas las cosas» y que «en Él todas subsisten» (Col 1:16-17). Hebreos añade que el Hijo «sustenta todas las cosas con la palabra de Su poder» (He 1:3). El mundo no está sostenido por una fuerza impersonal ni por una cadena ciega de procesos. Está sostenido por Jesucristo.

Eso cambia el tono de toda la discusión. La manera en que las cosas funcionan en el mundo creado forma parte del modo ordinario en que Cristo sostiene Su creación. La ciencia puede describir procesos; no por eso Cristo deja de ser Señor de ellos. La probabilidad puede ayudarnos a entender ciertos patrones; no por eso el universo queda fuera de Sus manos.

Calvino, Westminster y una ayuda que la iglesia ya tiene

En este punto, la tradición reformada ofrece una ayuda valiosa. Juan Calvino insistió en que hablar del «azar» o de la «fortuna» como si fueran poderes autónomos oscurece el gobierno de Dios. Él reconocía que, desde nuestro punto de vista, muchas cosas parecen inesperadas, pero se negaba a tratarlas como si existieran al margen del Señor.

La Confesión de Westminster dice algo parecido con gran claridad. Enseña que Dios sostiene, dirige y gobierna todas las criaturas, acciones y cosas, y que normalmente lo hace por medio de causas reales dentro del curso ordinario de la vida (Confesión de Fe de Westminster [CFW] 5.3).

La ciencia puede describir procesos; no por eso Cristo deja de ser Señor de ellos

Esa verdad nos ayuda mucho aquí. Dios no compite con las causas creadas; las sostiene. No reemplaza los procesos ordinarios; obra por medio de ellos. No actúa solo cuando el patrón se rompe; también gobierna en el patrón.

Eso significa que la regularidad que la ciencia estudia y la providencia que la Biblia proclama no son rivales. La ciencia describe medios. La providencia nos recuerda quién reina sobre esos medios. El laboratorio puede decirnos algo sobre cómo aparecen ciertas variantes y cómo se seleccionan. La Escritura nos dice que nada de eso escapa al gobierno sabio, continuo y personal de Dios en Cristo.

Esta tensión sí necesita pastoreo

Por eso este tema no es un simple ejercicio intelectual. Muchos estudiantes cristianos en biología, medicina o química sienten una presión real. La presión rara vez viene de una refutación magistral de la fe, sino de no saber traducir lo que escuchan en clase.

Palabras como «azar», «selección», «evolución» o «probabilidad» empiezan a sonar como si fueran golpes directos contra la fe. Y muchos pastores, padres o líderes, aunque aman sinceramente a sus jóvenes, no siempre tienen el lenguaje para ayudarlos.

Ahí la iglesia tiene que servir mejor. Necesitamos líderes y maestros que no se asusten ante palabras técnicas. Necesitamos comunidades donde las preguntas difíciles no se traten como señales de debilidad espiritual. También necesitamos líderes que puedan decir, con calma y claridad: «No, “mutación al azar” no significa “Dios no existe” ni “Dios no gobierna”».

Aquí Jesús importa de dos maneras al mismo tiempo: como doctrina y como consuelo. Cuando el estudiante cristiano entra al salón de clases, no lo hace solo. Entra unido a Cristo. No tiene que escoger entre honestidad intelectual y lealtad al Señor.

Comprender mejor cómo funciona científicamente la creación no hace más pequeño a Cristo. Hace más admirable Su gobierno

Puede estudiar con rigor, hacer buenas preguntas, reconocer la complejidad del mundo creado y, al mismo tiempo, descansar en que ese mundo no está fuera de las manos de su Salvador. Comprender mejor cómo funciona científicamente la creación no hace más pequeño a Cristo. Hace más admirable Su gobierno.

Señor sobre todo

La ciencia avanza y describe cada vez con mayor precisión los medios ordinarios por los que Dios sostiene y gobierna Su creación. Pero no ha descubierto una grieta en la soberanía de Dios.

«Azar», en el sentido científico, no significa «sin causa» ni «sin gobierno». Más bien, significa que ciertos cambios no están dirigidos por la necesidad inmediata del organismo y que muchos procesos solo pueden describirse adecuadamente en términos de probabilidad.

Eso no debilita la fe cristiana. En cambio, puede purificarla de malos entendidos. La obliga a hablar con más cuidado y a escuchar con más precisión. Sobre todo, nos recuerda que el mundo está sostenido por Jesucristo, en quien todas las cosas subsisten, y no suspendido de fuerzas impersonales.

Por eso cuando el profesor diga «al azar», el cristiano no necesita cerrar los ojos ni apagar la mente. Puede escuchar, pensar, discernir y seguir confesando, con mayor profundidad, que Cristo sigue siendo Señor de todo, incluido del «azar».

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