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—¿Dónde estás?
(Ruidos y pasos rápidos)…
—Ahí estás, ¿por qué te escondes?
—Es que te desobedecí y no quería que me vieras.

Esta escena bien podría describir la conversación que tuvo Dios con Adán y Eva después de que estos comieron del fruto prohibido (Gn 3:8-12), pero se trata de una situación habitual con mi hija de tres años. Con los ojos tapados y la voz entrecortada, su reacción instintiva es esconderse detrás de una puerta.

Pero ¿basta con ocultarse detrás de los arbustos en un jardín que Dios mismo diseñó o escabullirse detrás de una puerta para evitar que nos descubran en nuestro pecado?

La presencia de Dios

La Biblia tiene mucho para decirnos sobre la presencia de Dios. Uno de mis pasajes favoritos, y que estoy memorizando con mi hija, es el Salmo 139. En él, David nos deja ver que Dios es más que una presencia permanente sin intenciones; Él es una Persona que conoce mucho más que nuestras coordenadas en el mundo.

Oh Señor, Tú me has escudriñado y conocido.
Tú conoces mi sentarme y mi levantarme;
Desde lejos comprendes mis pensamientos.
Tú escudriñas mi senda y mi descanso,
Y conoces bien todos mis caminos.
Aun antes de que haya palabra en mi boca,
Oh Señor, Tú ya la sabes toda.
Por detrás y por delante me has cercado,
Y Tu mano pusiste sobre mí (Sal 139:1-5).

Con solo estar ahí, Dios en Su omnisciencia y omnipresencia sabe todo sobre nosotros: nuestros movimientos físicos, nuestros pensamientos, nuestras actividades, lo que vamos a decir. No por nada el mismo Jesús afirmó que nuestras motivaciones pesan tanto como nuestras acciones (cp. Mt 5:27-28).

No te tapes lo ojos

Parece insensato entonces actuar delante de Dios como mi hija, que apenas asomando la mirada entre los dedos, cree genuinamente que no la veo. Las Escrituras nos dan muchos testimonios de personas que tomaron decisiones con la seguridad equivocada de que Dios no los miraba:

  • Caín, cuando le miente a Dios acerca de su hermano Abel (Gn 4:9).
  • David, cuando peca contra Betsabé y Urías (2 S 11).
  • Jonás, cuando huye de Nínive (Jon 1).
  • Judas, cuando traiciona a Jesús (Lc 22:3-6).
  • Ananías y Safira, cuando mintieron al extraer el valor de la propiedad (Hch 5:1-11).

Entonces, ¿dónde está Dios cuando pecamos? No podemos pedirle que salga de la habitación si miramos pornografía, ni que se tape los oídos si decimos malas palabras. No podemos esperar que mire a otro lado si tomamos algo que no nos pertenece o que no le dé importancia a una mentira «inocente».

Cuando enfrentas tu pecado y miras a Cristo, la presencia de Dios deja de ser una sentencia contra ti y se transforma en una hermosa promesa

Cuando pecamos, Dios está justo ahí, junto a nosotros. Él mira nuestra perversidad, nuestra vergüenza, nuestra debilidad, nuestra insensatez, nuestra falta de dominio propio. Pero Su santidad no le permite dejarlo pasar; debe traer juicio.

En mi experiencia como creyente, la consciencia de esta realidad trajo una gran tristeza a mi corazón, pero al mismo tiempo creó en mí una profunda convicción de que el juicio de Dios es todo lo que merezco, pero que no recibo gracias a Su obra en Cristo.

La gran esperanza

Un pasaje que refleja esta misma experiencia se encuentra en Hebreos 4, el cual nos anima a gozarnos en la gran esperanza que trae la presencia de Dios. Su presencia expone nuestro pecado (v. 13), nos sostiene en la tentación (v. 15), trae misericordia y nos prepara para el futuro (v. 16).

Como todo en la vida cristiana, mi nueva seguridad se puso a prueba cuando la lucha contra el pecado se volvió más intensa. Así que comencé la práctica de reconocer que Dios está ahí en cualquier momento del día, diciendo: «Aquí estás. Aquí estás. Aquí estás». No se trata de un mantra especial, sino de una súplica a Dios para que abra mis ojos y me permita estar consciente de que, en verdad, Él está conmigo.

Si he caído en vergüenza, ahí está. Si estoy enfermo y con dolor, ahí está. Si estoy confundido, ahí está. Si he fallado otra vez, ahí está. Saber que seguiría enfrentando mi pecado con la tentación de esconderme me inspiró a escribir un poema:

Aquí estás
Padre / Hijo / Espíritu Santo
Aquí estás
En comunión eterna / En voluntad perfecta / En amor inagotable
Aquí estás
En conversación continua / En presencia permanente / En gracia abundante
Aquí estás
En el fuego / En la sombra / En la muerte
Aquí estás
En el dolor / En la prueba / En la vergüenza
Aquí estás
Lo sabes todo / Lo sientes todo
 / Lo entiendes todo
Aquí estás

Recuerda Su presencia

Como cristianos tenemos muchas formas de recordar la realidad de la presencia de Dios en nuestras vidas; entre ellas, el Espíritu Santo, la Biblia y la iglesia. Perseveremos en ellas. Al mismo tiempo, te invito a que, así como yo encontré una frase y un poema, tú busques una manera personal de hacer evidente Su omnipresencia y lo que la Palabra nos enseña sobre ella.

Recuerda que aunque buscamos depender cada día más de Cristo para soportar la tentación, tenemos la maravillosa certeza de que «si alguien peca, tenemos Abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo» (1 Jn 2:1). Así que cuando pecamos, la pregunta no debería ser «¿A dónde huiré?», sino «¿A dónde iremos, si solo Tú tienes palabras de vida eterna?» (Jn 6:68).

Esto es verdad para todos los cristianos que han venido a la fe en Jesús. Cuando quitas las manos de tus ojos, enfrentas tu pecado y miras a Cristo, la presencia de Dios deja de ser una sentencia contra ti y se transforma en una hermosa promesa… Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había «escondido» (cp. Lc 19:10).

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