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En este mundo, las palabras «sacrificio» y «gozo» no parecen ir bien juntas. Sin embargo, en el mundo del evangelio, la historia es completamente diferente.

Huyendo del dolor y del sacrificio

Día a día somos bombardeados con supuestas salidas fáciles: préstamos con bajos intereses, hijos exitosos con cuatro sesiones sobre crianza, salud plena con un seguro médico accesible, un gran sueldo con un curso de tres semanas… y la lista continúa.

Si somos honestos, cuando los días se vuelven difíciles, queremos creer que alguna de esas alternativas es la respuesta a nuestra necesidad. Mientras miramos estas promesas, queremos ver a Cristo como nuestra línea de emergencia. Queremos que nos proteja en la tormenta, pero no deseamos estar en la barca con Él, sino quedarnos comiendo con los cinco mil y buscarlo al otro día para pedirle más (cp. Jn 6-8).

Está de más decir que esto no es estar en Cristo, sino intentar usarlo para nuestro beneficio. Todo el tiempo somos tentados a vivir según la corriente de este mundo, huyendo del dolor y evitando a toda costa la incomodidad. Pero Cristo nos llama a un camino mejor, del cual nos habla en Su Palabra.

Enfrentando el sacrificio con gozo

Hermano y hermana, quiero compartirte tres aplicaciones contraculturales del evangelio para enfrentar la tentación de vivir sin sacrificio y sin gozo.

1. No huyas del dolor, comparte los padecimientos de Cristo.

A nadie le gusta el dolor, es más, nuestro cuerpo reacciona automáticamente huyendo de él: quitas la mano ante el fuego, corres de un accidente, despiertas durante un terremoto. Eso está bien, pero el problema es que a veces tenemos el mismo impulso ante otras situaciones que también pueden doler: las burlas por creer en Cristo, la lucha contra patrones de pecado en nuestra vida, o las ofensas de hermanos en la fe. En este tipo de casos, huir y ceder no debe ser la primera opción, aunque luzca tentadora. Entonces, ¿cómo podemos evitar algo que parece tan natural?

La respuesta es apartar la mirada de nosotros y de nuestras circunstancias, para mirar hacia la cruz, hacia el dolor que le fue infligido al Hijo de Dios.

No se trata solo de evitar correr lejos del dolor, sino de correr en dirección hacia Cristo, donde nuestra vida está escondida con Él en Dios (Col 3:2). Como nos explica el apóstol Pedro, «compartir los padecimientos de Cristo» trae más gloria que lo terrenal:

Amados, no se sorprendan del fuego de prueba que en medio de ustedes ha venido para probarlos, como si alguna cosa extraña les estuviera aconteciendo. Antes bien, en la medida en que comparten los padecimientos de Cristo, regocíjense, para que también en la revelación de Su gloria se regocijen con gran alegría (1 P 4:12-13).

Al soportar en esta vida los sufrimientos por causa de nuestra fe y esperanza, y así compartir los padecimientos de Cristo, estamos sembrando gloria y gozo para cuando Cristo vuelva por quienes han permanecido en Él. Hermanos, vivamos sacrificialmente por el gozo puesto delante nuestro.

2. No te quejes ante la dificultad, abraza la voluntad de Dios.

Si contaras cada vez que expresas una queja durante el día, casi puedo asegurar que el número se incrementaría rápidamente: los niños no están listos para la escuela, el tráfico está pesado, el trabajo no obtuvo los resultados esperados, tu salud está flaqueando, la comida no salió bien, un amigo no llamó cuando había acordado hacerlo.

Aunque hay muchas razones que podrían justificar nuestra queja, no debemos olvidar que por lo general la queja es pecado. Cuando expresamos nuestra insatisfacción de esta forma, estamos asumiendo que Dios no está haciendo lo que debería y afirmamos inconscientemente que nosotros tenemos una mejor perspectiva sobre lo que merecemos. Así perdemos de vista que en Cristo tenemos todo lo que necesitamos.

Cuando expresamos nuestra insatisfacción quejándonos, perdemos de vista que en Cristo tenemos todo lo que necesitamos

En el Antiguo Testamento vemos esto con el pueblo de Israel, el cual —tras ser visto, escuchado y atendido por Dios para sacarlo de Egipto— se quejaba ante la más mínima oportunidad: se quejaron antes de cruzar el mar Rojo (Éx 12:11-12), se quejaron por hambre (16:2-3), se quejaron porque no les gustó el maná (Nm 11:1-6), se quejaron por falta de agua (Éx 17:2-3)… y en todas estas situaciones, Dios cumplió Su parte del Pacto, proveyendo, guardando y guiando.

En el Nuevo Testamento, Jesús dejó una promesa para Sus discípulos y todos los que llegarían a creer en Él: «¡Recuerden! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28:20). Pienso que esta promesa debería bastarnos para abandonar la queja y abrazar la voluntad de Dios, la cual siempre es buena, agradable y perfecta (Ro 12:2).

Cuando estemos tentados a quejarnos contra Dios, vayamos al trono de la gracia, dirijamos nuestras palabras directamente a Él, porque ahí hallaremos consuelo, esperanza y el oportuno socorro (He 4:16). Hermanos, vivamos sacrificialmente por el gozo puesto delante nuestro.

3. No evites la incomodidad, encarna el sacrificio.

Los dos escenarios anteriores, el dolor y la dificultad, podrían defenderse como razones legítimas para estar insatisfechos y expresar nuestra molestia ante Dios, aunque hemos visto que en ambos casos el evangelio nos enseña un camino mejor. Sin embargo, la incomodidad es quizá el mal de nuestra sociedad actual porque nuestra cultura promueve que todo debe ser suave, fácil y accesible.

Las nuevas generaciones ya no están dispuestas a pasar un mal rato para conseguir algo. No quieren permanecer en trabajos que exijan más de lo que ellos han considerado apropiado según sus términos. En general, quieren disfrutar, pero sin compromiso.

Pero la comodidad inmediata es la antítesis del sacrificio y, por lo tanto, un enemigo acérrimo del evangelio. Como cristianos nuestro llamado es este:

Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2:5-8).

Además, la única forma de terminar la carrera es correrla «con los ojos puestos en Jesús… quien por el gozo puesto delante de Él, soportó la cruz» (He 12:1-2, énfasis añadido). O, como dice otra versión: «quien por el gozo que le esperaba, sufrió la cruz» (RVA).

La comodidad inmediata es la antítesis del sacrificio y, por lo tanto, un enemigo acérrimo del evangelio

¿Qué gozo anticipaba Cristo que le permitió soportar el peor sacrificio que ha experimentado un ser humano en la historia? La gloria del Padre (Jn 12:28), la salvación de los creyentes (1 P 3:18), la adopción de los gentiles (Ef 2:19-22), la santificación de la iglesia (Ef 5:25-27), la llegada del Espíritu (Jn 16:7-15), la victoria final sobre la muerte (2 Ti 1:9-10), el gozo eterno de los redimidos en Su Presencia (Ap 21:1-4).

¿Qué anticipas tú de la vida venidera? Vive como tu Salvador. Anticipa el gozo. Considera las aflicciones como preparación. Muestra al mundo que el reino de Dios se acercó con la primera venida de Jesús, que nuestra esperanza se afianza en una victoria ya ganada, en un perdón prometido y en una eternidad garantizada. Hermanos, vivamos sacrificialmente por el gozo puesto delante nuestro.

Pequeñas alegrías y un gran gozo

En Cristo se nos promete el cielo y una eternidad libre de sufrimiento, lágrimas, dolor y muerte, pero mientras llega ese día, ¿qué hacemos con cada día que pesa? ¿Cómo enfrentamos cada mañana que nos recuerda que las cosas no son como deberían ser? ¿Cómo nos sobreponemos a la angustia? ¿Cómo soportamos la pérdida de quienes más queremos?

Considerando el gozo que llevó a Cristo a padecer la cruz y toda la gloria que hizo posible para los Suyos junto a Él. Comparando Su sufrimiento con el nuestro, pesando el valor de lo que recibiremos al final si nos mantenemos fieles en comparación con lo que estamos dejando ir, incluso si parece muy costoso en esta vida.

Hermanos, oremos por oportunidades para dejar ir cosas que no tienen valor eterno para, entonces, sembrar con el gozo puesto delante nuestro. Permitamos que Cristo sustente nuestras vidas por medio de pequeños sacrificios que apunten al gran sacrificio. Disfruta las pequeñas alegrías de compartir los padecimientos de Cristo (Stg 1:2). Enfrenta las pequeñas pruebas como Cristo, quien fue probado en todo pero sin pecado.

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