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Nota del editor: 

Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro En busca del contentamiento: Confiar en Dios en un mundo insatisfecho (Publicaciones Andamio, 2019), por Erik Raymond.

Cuando pienses en qué significa el contentamiento, recuerda a Pablo y Silas postrados en la cárcel de Filipos. Las autoridades habían ordenado que fueran encerrados en el calabozo interior y les habían sujetado los pies en el cepo. Se trataba de los mismos cepos que, a menudo, eran usados para torturar a los prisioneros en la antigüedad. Sin embargo, para obtener una idea precisa, debemos recordar cómo llegaron allí Pablo y Silas.

El libro de Hechos nos cuenta que, un poco antes, Pablo y Silas estaban predicando el evangelio en la ciudad de Filipos y estaban viendo fruto. De hecho, el impacto de su predicación era tal que la industria local de adivinos temía por sus negocios. Desesperados, habían atacado a Pablo y a Silas y los habían presentado ante los magistrados. Poco después, una multitud había empezado a atacarlos físicamente y los magistrados habían mandado que les arrancaran la ropa, dejándolos desnudos, y que los azotaran. Después de que Pablo y Silas habían recibido suficientes golpes, los echaron en el calabozo y sujetaron sus pies en el cepo (Hch. 16:19-24).

No cabe duda de que había sido un día duro. Si hubo alguno en el que podríamos esperar que Pablo se quejara o que, como mínimo, refunfuñara un poco, era este. Sin embargo, no ocurre nada de esto, sino más bien lo opuesto: “A eso de la medianoche, Pablo y Silas se pusieron a orar y a cantar himnos a Dios, y los otros presos los escuchaban” (Hch. 16:25 NVI).

Lo que leemos en el versículo 25 es asombroso si tenemos en cuenta lo que leemos en el versículo 24. Después de ser despojados y azotados en público, los enviaron a la cárcel, los tiraron en un sótano mohoso y oscuro, y los sujetaron en el cepo. Si se hubiese tratado de una película, la cámara se habría acercado a los misioneros para después apagarse gradualmente. Nos habrían parecido lamentables, pues estaban en unas circunstancias terribles. La película nos informaría de que han pasado varias horas cuando los guardias entran para asegurarse de que todo está bien con los pobres y atribulados evangelistas. Aunque esperan hallar a los presos muertos o quejándose, ¡los encuentran orando y cantando himnos a Dios!

Estos hombres no solo tenían la fuerza suficiente para vivir, sino que también tenían la voluntad, el deseo de cantar y orar a Dios. Al leer este pasaje, casi podemos adivinar la sonrisa del narrador cuando añade: “y los otros presos los escuchaban” (Hch. 16:25). Estoy seguro de que así fue.

Si al principio malinterpretamos qué es el contentamiento, jamás podremos llegar a disfrutar por completo esta inmensa bendición.

Esta es la pregunta del millón: ¿cómo es posible que unas personas, después de lo que acababan de pasar, para después padecer las circunstancias que tuvieron que soportar, puedan ser capaces de liderar una reunión de oración y alabanza?

He aquí la simple respuesta: estaban satisfechos. Pablo habla de ello en una carta a la iglesia que él mismo había plantado en esa ciudad: “No digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez” (Fil. 4:11-12 NVI).

El contentamiento no se basa en las circunstancias, es imposible. Pablo y Silas estaban satisfechos en medio de unas circunstancias que casi no podían ser peores. El hecho de que decidieran cantar himnos en una situación tan terrible nos muestra que el contentamiento viene del interior.

Sin embargo, ¿no es algo contradictorio? A menudo pensamos que, si solo pudiésemos cambiar nuestras circunstancias, seríamos felices. Las circunstancias que percibimos como difíciles nos crean angustia. Centramos nuestra atención en nuestro trabajo, salud, relaciones, el comportamiento de los niños, problemas en la iglesia, nuestra imagen, etc., y pensamos: “Si esto fuera distinto, entonces mi vida sería mucho mejor”.

Aquí es donde vemos que el contentamiento va más allá de un cambio en las circunstancias. En vez de basarse en el exterior y depender de unas circunstancias variables, el contentamiento bíblico viene de dentro, gracias al evangelio, y soporta cualquier tipo de situación externa. ¿Cómo, si no, podríamos explicar los himnos que llenaron aquel calabozo en Filipos?

Esto forma parte del proceso de ajustamiento por el que debemos pasar. Si al principio malinterpretamos qué es el contentamiento, jamás podremos llegar a disfrutar por completo esta inmensa bendición. Por otro lado, si nos damos cuenta de que, en esencia, el contentamiento no se basa principalmente en lo que hay fuera de nosotros, sino en lo que hay dentro, estaremos yendo por el buen camino para aprender este arte perdido.


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Imagen: lightstock.
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