La historia: Un nuevo informe revela que el factor más importante para que los niños mantengan su fe no es su iglesia, su grupo juvenil ni sus compañeros, sino sus padres. El hallazgo más sorprendente es qué es lo que funciona en casa y con qué frecuencia los padres cristianos, aunque tengan buenas intenciones, lo hacen al revés.
El contexto: Passing the Torch: How Faith Moves Across Generations (Pasando la antorcha: cómo la fe se transmite de generación en generación), un informe de junio de 2026 elaborado por los sociólogos Jesse Smith y Jane Lankes Smith, se basa en varios conjuntos de datos nacionales para analizar a adultos estadounidenses de veinticinco años o más que se criaron en un hogar cristiano. Se plantean la siguiente pregunta: ¿Qué comportamientos específicos de los padres predicen realmente si un niño mantendrá la fe en la edad adulta?
Los autores escriben: «La identificación religiosa, la asistencia a los cultos y la creencia en Dios han disminuido en porcentajes de dos dígitos desde la década de 1990». Pero el informe señala con mayor precisión cómo se produce ese declive, al constatar que es en gran medida intergeneracional. Las personas no están abandonando la fe a lo largo de su vida adulta, sino que cada nueva generación llega a la edad adulta siendo menos religiosa que la anterior. Eso hace que el declive parezca gradual al principio, ya que el relevo generacional es lento. Pero los autores advierten que «se convierte en una avalancha con el tiempo», a medida que las generaciones más devotas envejecen y las más seculares ocupan su lugar.
La «tormenta perfecta» de causas incluye un cambio cultural que se aleja de la autoridad y la tradición y se inclina hacia el individualismo y la autonomía; la desaparición, tras la Guerra Fría, de las referencias a Dios en la identidad estadounidense; la llegada de internet y las comunidades en redes sociales, las cuales expusieron a los jóvenes a la duda y les brindaron un lugar al cual pertenecer fuera de la iglesia; los escándalos del clero tanto en el ámbito católico como en el protestante; la guerra cultural partidista que presentó a la religión tradicional como sospechosa; la formación tardía de una familia; y el simple desplazamiento de la fe por agendas cada vez más ocupadas. La fe, señalan los investigadores, muchas veces no fue rechazada, sino más bien desplazada.
El indicador más fuerte de la religiosidad de un hijo en la edad adulta es el grado de religiosidad de los padres durante su crianza
Sin embargo, frente a ese panorama sombrío, la afirmación central del informe es esperanzadora: los padres conservan una enorme influencia. El indicador más fuerte de la religiosidad de un hijo en la edad adulta es el grado de religiosidad de los padres durante su crianza. Los padres que asistían a la iglesia semanalmente tenían un veintiséis por ciento de probabilidades de que sus hijos hicieran lo mismo entre los treinta y los cuarenta años, en comparación con solo un doce por ciento de los hijos cuyos padres no lo hacían. Entre los padres que oraban a diario, alrededor del cuarenta y siete por ciento de sus hijos seguían esa práctica de adultos, mientras que menos de un tercio lo hacía en los demás casos. Cuando los padres calificaban la religión como «muy importante», casi dos tercios de sus hijos dijeron lo mismo más adelante.
Pero, según sostiene el informe, dar el ejemplo es solo el requisito mínimo. Los comportamientos que mejor predicen una fe duradera son activos y verbales: orar juntos en familia, dar las gracias antes de comer, integrar la fe en el ritmo de la semana en lugar de reservarla para el domingo y, sobre todo, hablar de ella. Los niños criados en hogares donde se hablaba de la fe al menos varias veces a la semana tenían más del doble de probabilidades de asistir a la iglesia, orar a diario y considerar la religión como algo muy importante en su edad adulta temprana.
El informe también destaca el papel desmesurado de los padres (quienes, de manera consistente, se involucran poco); el efecto protector de los matrimonios estables y satisfactorios; la calidad de la relación entre padres e hijos; y el papel de la iglesia como la segunda «capa del nido», es decir, la comunidad que hace que el trabajo del hogar sea sostenible.
Lo que esto significa: Cada generación de padres trata de evitar los errores que cometieron sus padres, pero termina haciéndolo de manera excesiva. Muchos padres evangélicos, en respuesta a la reacción contra la cultura de la pureza y la rigidez de libros como «Le dije adiós a las citas amorosas», aprendieron la lección: no pasarse sermoneando, no imponer la fe a sus hijos, dar ejemplo con discreción y dejar que ellos elijan. En teoría, esto suena como un enfoque razonable. Pero no es efectivo cuando el resto de la cultura está más que dispuesta a sermonear a tus hijos y decirles exactamente cómo deberían pensar y vivir.
Los esfuerzos por transmitir la fe se ven socavados, como señala el informe, «no porque los padres sean demasiado insistentes, sino por ser demasiado discretos». Uno de los indicadores más sólidos de que un adulto se mantendrá en la fe es, simplemente, tener padres que le hablen de ella en casa varias veces a la semana. Los niños criados en esos hogares tenían más del doble de probabilidades de asistir a la iglesia, orar a diario y considerar que la religión es muy importante en su edad adulta temprana. Además, tendrán aproximadamente veinte puntos porcentuales más de probabilidades de identificarse como cristianos y afirmar la divinidad de Cristo.
Lo que esto demuestra es que los niños no perciben el silencio de sus padres como un respeto hacia su autonomía. Por el contrario, lo interpretan como una señal de que la religión de sus padres no es tan importante.
Tenemos la bendición de que el Dios que nos ordena enseñar a nuestros hijos con diligencia es el mismo Dios que promete seguir obrando en ellos
Adoptar un enfoque más firme no significa que debas dar largos sermones o hacer exámenes sorpresa sobre el catecismo (aunque alguna forma de catecismo probablemente sea útil). El informe revela que un enfoque más sostenible consiste en incorporar de manera natural tus puntos de vista sobre Dios y la Biblia en la vida cotidiana. Una pregunta en el auto sobre un sermón, o sobre algo que vieron en línea, puede ser una forma eficaz de incorporar discusiones teológicas en las rutinas diarias.
Cuando tu hijo te haga una pregunta difícil que no puedas responder, resiste la tentación de fingir saber la respuesta o de eludir el tema. En cambio, simplemente di: «No lo sé, así que averigüémoslo juntos». Muéstrales que Dios no se siente amenazado por sus preguntas o dudas. Además, habla sobre las situaciones morales con las que ya se están encontrando en la escuela y en internet, y expresa en voz alta cómo las ves desde tu perspectiva cristiana. Dale crédito a Dios —en voz alta— por las cosas buenas de tu semana. Sobre todo, deja que vean cómo te tomas en serio el discipulado, incluso cuando te cuesta algo.
Por supuesto que nada de esto garantiza que tus hijos mantengan la fe. Puedes hacer todo bien —ser un ejemplo de amor al prójimo, hablar de la Biblia, permanecer casado, asistir a una iglesia centrada en el evangelio— y aun así ver cómo un hijo se aleja de Jesús. Como señalan los investigadores, aun con todo el apoyo necesario, muchos hijos se alejarán, y no hay nada que pueda sustituir a «la oración constante y la confianza en la gracia de Dios».
Eso no es un descargo de responsabilidad añadido a los hallazgos, sino la realidad que todo padre o madre debe enfrentar, ya que no somos los autores de la fe de nuestros hijos. Somos, a lo mucho, los jardineros. Podemos preparar el terreno, arrancar las malezas y regar a diario. Pero el crecimiento nunca depende de nosotros; eso le pertenece únicamente al Espíritu Santo.
En lugar de angustiarnos por nuestra falta de control, podemos estar agradecidos de que la tarea no nos corresponda llevarla a cabo solos. Tenemos la bendición de que el Dios que nos ordena enseñar a nuestros hijos con diligencia es el mismo Dios que promete seguir obrando en ellos mucho después de que hayamos cumplido con nuestra parte. Podemos sembrar y regar con fe, confiando en que Aquel que comenzó la obra es fiel para completarla (Fil 1:6).




