Estaba en una funeraria acompañando a alguien. Como en toda pérdida, la persona estaba experimentando profundo dolor y mi corazón se conmovió con ella. Pero un rato después, mi mente comenzó a imaginar cómo sería si me pasara a mí lo que ella estaba enfrentando, cómo sería si fuera yo quien llorara a mi ser querido. De repente mi pensamiento dejó de estar con ella y comenzó a divagar por mi dolor imaginario.
Gracias a Dios que nos ama y no nos deja en nuestro pecado, pues no pasó mucho tiempo antes de que sintiera la convicción del Espíritu Santo: estaba pecando al volver el dolor de esa persona en algo sobre mí.
Todos nosotros tendemos hacia el egoísmo. Si le damos libertad a nuestros corazones, volvemos todo lo que pasa a nuestro alrededor sobre nosotros mismos, aun algo tan frágil y delicado como el dolor del otro.
Un llamado a sentir diferente
El apóstol Pablo nos anima: «Gócense con los que se gozan y lloren con los que lloran. Tengan el mismo sentir unos con otros. No sean altivos en su pensar, sino condescendiendo con los humildes. No sean sabios en su propia opinión» (Ro 12:15-16).
Porque Él lo hizo primero, nosotros —en Él— podemos llorar con los que lloran
Me encanta cómo la Biblia habla de manera directa a la tendencia de nuestro corazón. Las Escrituras nos llaman a tener el mismo sentir de nuestros hermanos que nos rodean. Si alguno está gozoso, debemos compartir su alegría; pero si alguno está dolido, se espera que su sufrimiento nos duela.
Sin embargo, la causa de dolernos cuando alguien sufre no debe ser imaginarnos que nosotros lo podríamos vivir también, sino el dolor real que el otro está experimentando. Debemos pensar en lo que significa para la persona que sufre.
Vale la pena aclarar que esto no significa que no podamos reflexionar cuando estamos expuestos al sufrimiento. La realidad es que el dolor a nuestro alrededor debe llevarnos a meditar en nuestras propias vidas:
Mejor es ir a una casa de luto
Que ir a una casa de banquete,
Porque aquello es el fin de todo hombre,
Y al que vive le hará reflexionar (Ec 7:2).
Dicho eso, es importante reconocer que dolerme como la Biblia me llama a hacerlo mueve mi corazón hacia la compasión bíblica. Esa compasión nos lleva a tener presente al que sufre cerca de nosotros, aun en esos momentos en los que la vida sigue su curso normal para todos los demás, menos para él. Como bien dice el autor Ed Welch: «La compasión tiene memoria» (Lado a lado, p. 169).
Dolernos de manera genuina con alguien no solo implica estar presente en un momento crítico —«cumpliendo» con su dolor— y luego seguir adelante como si su dolor hubiera desaparecido. Dolernos de manera genuina significa aprender a permanecer en su sufrimiento.
Cómo dolernos por el otro
Aprender a dolernos de verdad por el sufrimiento de un hermano no es sencillo debido a la tendencia egoísta de nuestro corazón. Pero aquí te comparto dos consejos que me han servido en este aprendizaje:
1. Dirige tu mente a orar por quien sufre
Si estamos acompañando a alguien en su dolor y nuestra mente comienza a volver ese sufrimiento sobre nosotros (y aun si no lo hace), comencemos a orar por esa persona.
En Jesús tenemos ejemplo de cómo luce la verdadera compasión
Oremos por consuelo, por fortaleza, por sabiduría, por provisión. Las necesidades suelen ser muchas en medio del dolor y la Palabra de Dios nos llama a perseverar en la oración unos por los otros: «Con toda oración y súplica oren en todo tiempo en el Espíritu, y así, velen con toda perseverancia y súplica por todos los santos» (Ef 6:18).
La oración nos mueve a quitar el enfoque de nosotros mismos, al elevar nuestra mirada al Señor, mientras intercedemos por nuestros hermanos.
2. Sé intencional en estar cuando otros se han ido
Todos los sufrimientos tienen etapas. El que sufre puede tener momentos de mucha compañía, pero llegan otros tiempos en los que el dolor continúa cuando ya todos se han ido. Seamos intencionales en estar pendientes cuando muchos ya no están. Seamos intencionales en seguir orando y seguir atentos a las necesidades de quienes continúan sufriendo cerca de nosotros.
Jesús mismo nos muestra la necesidad de estar presentes en el sufrimiento de los demás; es más, en el Getsemaní, Él mismo invitó a Sus discípulos más cercanos a quedarse con Él y velar en medio de Su angustia (Mt 26:38).
El más grande de todos no fue indiferente
En Jesús tenemos ejemplo de cómo luce la verdadera compasión. Él lloró por el dolor de Sus amigos (Jn 11:33-36). Atendió las necesidades físicas y del alma de aquellos en necesidad (Mr 6:34-44). Dejó Su gloria por amor, para resolver nuestro problema más grande: nuestra enemistad con Dios (Fil 2:5-8). Jesús, por el gozo de vernos redimidos puesto delante de Él, soportó la cruz (He 12:2).
Jesús nos enseña cómo dolernos con los demás. Porque Él lo hizo primero, nosotros —en Él— podemos llorar con los que lloran.




