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Vivimos como si el tiempo nos perteneciera, pero la realidad es otra. Nuestra vida es frágil, momentánea y sostenida únicamente por la mano de Dios.

Como terapeuta respiratoria que trabaja en un hospital, he sido testigo de muchas muertes. Con frecuencia los terapeutas respiratorios estamos presentes en esos momentos finales, acompañando al paciente en sus últimos minutos de vida. Durante la pandemia presencié escenas que aún viven en mi memoria: miradas llenas de angustia, respiraciones agitadas, corazones aferrándose a segundos que se escapaban. Vi cómo muchos enfrentaron su partida con desesperación, temor e incertidumbre.

Pero la muerte de mi papá Ramón fue diferente. En sus últimos minutos, su cuerpo estaba débil, casi sin fuerzas, pero su fe permaneció firme. Él sabía que la muerte no era el final de su historia. Sabía que la muerte no era una derrota, sino la puerta hacia la presencia de Cristo.

Una muerte en Cristo

La Biblia nos recuerda: «Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo: / Tiempo de nacer, y tiempo de morir» (Ec 3:1-2). Pero no conocemos el día ni la hora en que partiremos de este mundo. Con todo, el apóstol Pablo nos muestra el verdadero valor de la vida y de la muerte: «El vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil 1:21).

Cada día que Dios nos concede es una oportunidad para vivir delante de Su presencia, con un corazón arrepentido y rendido a Él

Mi papá tenía estas verdades absolutamente claras. Él sabía a dónde iría después de morir. Aun en medio de enfermedades, crisis y debilidad, él entendía algo que muchos olvidamos: nuestros días no están en nuestras manos, sino en las manos soberanas del Señor.

En su último día, todo parecía completamente normal. Se hablaba de cosas cotidianas, de lo de siempre. Sin embargo, hubo un momento en el que todo pareció detenerse, aunque no fue un silencio incómodo. Mi papá estaba en la sala y su cuerpo mostraba cansancio y debilidad, pero había algo en él que no se apagaba. Era una serenidad que no venía de sus fuerzas.

Con calma llamó a mi mamá y le dijo: «Vamos a orar». Parecía un momento más de tantos, pero este era distinto. Mi papá le pidió que lo abrazara. Mi mamá no podía imaginar que ese era el último abrazo. No sabía que en cuestión de segundos todo cambiaría.

Entonces, después de la oración y de ese abrazo, las últimas palabras de mi papá fueron sencillas pero llenas de una paz profunda: «Ahora me puedo ir». Y luego sufrió un infarto que puso fin a su vida terrenal y dio paso a su vida en un lugar mejor.

Hoy puedo decir con confianza que la esperanza de mi papá no estaba en sus obras, ni en sus años de servicio pastoral, ni siquiera en una vida tranquila junto a su amada esposa. Su esperanza estaba en Aquel que venció la muerte, quien abrió el camino hacia la vida eterna, quien prometió que la muerte no tiene la última palabra.

Comprendí que la paz con la que mi papá pudo decir «ahora me puedo ir» no fue el resultado de una vida perfecta, sino de una vida confiando en un Salvador perfecto. Sé que su esperanza estaba en Cristo.

La paz que nace del evangelio 

La paz con la que un creyente puede enfrentar la muerte no nace de su propia fortaleza. Nace de la confianza en la obra de Cristo. Y esto es posible incluso cuando sabemos que no todas las muertes de los hijos de Dios son tranquilas o sin complicaciones.

La paz con la que un creyente puede enfrentar la muerte no nace de su propia fortaleza. Nace de la confianza en la obra de Cristo

Cuando recordamos al Señor Jesús en la cruz, vemos la peor muerte que podemos imaginar. Jesus enfrentó la hora más oscura. En la cruz clamó: «Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27:46). En ese momento final, Jesús experimentó el abandono que nosotros merecíamos, para que todos los que confiáramos en Él nunca tuviéramos que enfrentar la muerte separados de Dios.

Pero incluso ante esa muerte espantosa, Jesús mostró Su confianza perfecta en el Padre. Sus últimas palabras fueron: «Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu» (Lc 23:46).

Por ese acto de obediencia al Padre, y misericordia hacia nosotros, los que creemos en Cristo ya no tenemos condenación. En cambio, por Su gracia, tenemos la esperanza de ir al cielo a gozar de Su presencia al morir, mientras esperamos la resurrección.

Por esta esperanza mi papá pudo decir con paz: «Me puedo ir».

Cuando llegue nuestro último momento 

La vida es breve, más breve de lo que muchas veces estamos dispuestos a reconocer. Ninguno de nosotros sabe el día ni la hora de nuestros últimos minutos aquí en la tierra. Cada día que Dios nos concede es una oportunidad para vivir delante de Su presencia, con un corazón arrepentido y rendido a Él.

Mi oración es que mis años en esta tierra sean gratos delante de Dios, y que cuando llegue mi último momento pueda enfrentarlo con la misma certeza que lo hizo mi papá. Con la seguridad de que mi vida está en las manos del Señor.

Hermanos, vivamos nuestros años en la tierra para la gloria de Dios. Busquemos que nuestras vidas reflejen una fe genuina. Y que cuando llegue nuestro último momento —sea hoy, mañana o en cincuenta años—, no lo enfrentemos con temor, sino con certeza. Con la seguridad de que nuestra vida está en las manos de Dios. Y que, por Su gracia, nosotros podamos decir cuando sea que Él nos llame a Su presencia: «Me puedo ir en paz».

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