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Hace poco hablaba con mi mejor amiga de lo fácil que es hoy en día adjudicar el título de «amigo» a alguien. La conversación surgió cuando empezamos a notar un patrón claro en las redes sociales: las personas se llaman «amigos» después de cruzar unas cuantas palabras. Pero ¿en realidad lo son? ¿Qué implica ser un amigo, especialmente en los días nublados y de pruebas? ¿Cuándo se le puede llamar amigo a alguien? ¿La Biblia nos enseña algo al respecto?

Hay cinco características de las que quiero hablarte, las cuales son fundamentales para una relación de amistad en medio de los momentos más difíciles de la vida. Nuestro Señor Jesucristo modeló cada una de ellas y es sabio que sigamos Sus pasos.

1. Ser intencional en mostrar interés en la vida del amigo.

Un proverbio de la Biblia conocido es: «El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo» (Pr 18:24 RV60). Ser amigo no es un título que nos ganamos por unas cuantas interacciones; por el contrario, ser parte de la vida de alguien nos hace su amigo. No es suficiente con saber que esa persona me importa, es necesario demostrárselo de diferentes formas.

Jesús muestra que la amistad es un interés real e intencional por amar el corazón de otro

¿Cómo mostramos interés? Preguntando a nuestros amigos cómo están, escuchando o leyendo con atención cuando nos cuentan algo, dándole seguimiento a lo que nos comparten o apoyándoles en la medida de nuestras posibilidades. Al estar ahí en los peores y mejores momentos, de formas visibles. Esto no es un cliché, es una realidad. «Mostrarse amigo» con nuestros amigos es un llamado bíblico.

Quizás uno de mis momentos favoritos en los evangelios es cuando Jesús consoló a Sus amigas Marta y María en medio del dolor por haber perdido a su hermano, otro amigo querido del Señor. Nuestro Señor no solo las consoló, sino que lloró con ellas. Qué muestra más significativa de que la amistad es un interés real e intencional por amar el corazón de otro. Me importa cómo se siente mi amigo, me importa dónde se encuentra y genuinamente quiero demostrarle que me importa cómo se siente.

2. Ser vulnerable para que mis amigos también puedan serlo.

Ser vulnerable es lo que más tiempo me ha costado desarrollar con mis amigas. He sido excelente en no saber abrir mi corazón ni darle espacio a otros para que lo hagan. No crecí en contacto con mis emociones y solo las notaba cuando explotaba de tanto acumularlas. Sin embargo, aprendí que Dios no nos ha hecho seres sin emociones, de modo que enfrentarme a ellas, reconocerlas y lidiar con ellas delante del Señor me ha enseñado —y me sigue enseñando— que es importante ser vulnerable con los demás.

Estoy convencida de que las redes sociales se han vuelto un medio excelente para mostrar solo lo que queremos: generalmente lo más bonito, mientras enterramos el caos interno. Sin embargo, el caos interno es parte de nuestra realidad y lidiarlo solos generalmente nos lleva a un hoyo emocional.

No fuimos hechos para caminar aislados, sino para hacerlo en comunidad. Creo que el mejor ejemplo de esto es el Señor Jesús en el Getsemaní. Dios hecho hombre, a punto de ser traicionado, de sufrir un castigo, humillado por la aflicción que sentía, buscó tres veces a Sus amigos más cercanos, ¡tres veces! ¿Para qué? No solo para compartirles Su angustia, sino también para pedirles apoyo en oración (Mt 26:36-45).

Jesús dio Su vida para llamarte amigo cuando tú más lo rechazabas. No importa donde cayó tu amigo, sé como Cristo

Si Cristo fue vulnerable, ¿cuánto más tú y yo necesitamos aprender a serlo? Cerrar nuestro corazón a otros nos quita la posibilidad de sabernos amados, apoyados y cuidados. Nuestro orgullo nos priva de esto por pretender conservar nuestra imagen. Pero Cristo no «cuidó» la Suya cuando asumió en la cruz el peso del pecado que no le pertenecía ni sintió angustia ante eso. Así que estamos llamados a seguir Sus pasos.

3. Ser honesto para librar a mi amigo de sus errores.

Hablar con honestidad con nuestros amigos sobre sus fallas puede ser una de las características más difíciles de desarrollar para algunos porque no queremos herir a quienes amamos. Sin embargo, la Palabra nos dice que «fieles son las heridas del amigo» (Pr 27:6a). El texto no dice «fieles son las heridas de quien tiene una opinión sobre ti», sino del amigo, esa persona que se interesa por tu vida, que se muestra vulnerable y con quien tú has podido serlo también.

Aquella persona que te conoce íntimamente tiene la responsabilidad delante del Señor de decirte la verdad sobre lo malo que ve en ti. Esas son heridas fieles, ¿por qué? Porque le hacen bien a nuestra alma, al ayudarnos a ver nuestros puntos ciegos o pecados que no queremos reconocer.

Cristo fue el ejemplo perfecto de quien hiere con verdad y fidelidad, con el objetivo de restaurar. Lo vemos cuando reprendió a Pedro (Mt 16:21-23), cuando confrontó en amor a Juan y Jacobo, quienes querían tener los primeros lugares en el cielo (Mr 10:35-45) o en el episodio doloroso en el que trajo la restauración de Pedro (Jn 21:15-19). Decir la verdad duele, pero guardarla para no «herir» a un amigo puede producir un dolor mayor a largo plazo.

Quiero ser la amiga que ayude a mis amigos a ver lo que no están viendo, quiero tener la gracia para decirles la verdad siempre sazonada con sal (Col 4:6). Pero también quiero ser una amiga dispuesta a aceptar las heridas amorosas que me hagan ellos a mí al hablarme la verdad.

4. Ser quien guarda el corazón de mis amigos.

La Palabra nos exhorta a guardar nuestro corazón con diligencia, porque de él brota la vida (Pr 4:23), pero muchas veces, en nuestra propia necedad, ponemos en riesgo este lugar desde el que tenemos comunión con el Señor y como resultado podemos tener un corazón endurecido.

Por eso necesitamos amigos que no solo tengan la valentía y el amor de mostrarnos nuestros puntos ciegos y nuestro pecado, sino que, además, nos amen lo suficiente como para ayudarnos a salir del lugar que nos pone en riesgo. Quizás nosotros mismos o uno de nuestros amigos no sabe cómo salir del hoyo donde está, a veces ese mismo barro nos ciega tanto que no vemos ninguna salida. Es ahí donde entras tú o donde dejas entrar a otro en tu vida, para extender la mano para ayudar a ver de qué forma establecer límites que cuiden el corazón.

La verdadera amistad está fundamentada en las Escrituras y refleja a Cristo

Amo a la iglesia de Cristo, pues se involucra en tu vida intencionalmente con amor y no te deja solo en tu pecado. He aprendido que no basta con señalar el pecado, es necesario sentarte a llorar con el otro y decir: «Ok, ¿cómo salimos de aquí?». Somos un cuerpo, si uno está mal, el cuerpo entero está mal. Si yo camino al lado de alguien que está luchando, su lucha se vuelve también mía.

Si nosotros aprendemos a preocuparnos por el corazón de nuestros amigos, ellos no se sentirán solos en sus luchas, pruebas o sufrimientos. Sino que sentirse acompañados los fortalecerá para saber que el dolor, la vergüenza y la culpa no es definitiva para definirlos. Esta forma de amar, guardando y cuidando el corazón de los amigos, es sin duda un llamado para nosotros.

Vemos a Cristo guardando el corazón de Sus amigos no solo cuando les muestra sus pecados, sino también cuando los apunta a la esperanza de la restauración. Lo vemos cuando restituye a Pedro después de que lo negó (Jn 21:15-19) y cuando le habla a la mujer adúltera que querían apedrear (Jn 8:1-11). Darle la mano a mi amigo y demostrarle que no está solo en su valle oscuro es una muestra de amor genuino, porque le enseño lo que Cristo nos enseña día tras día: «Tu oscuridad no me aleja, pero no puedes quedarte ahí».

5. Estar presente por encima de las circunstancias.

Quizás este es mi punto favorito cuando pienso en la amistad, porque es el que más me recuerda al Señor.

¿Qué pasa cuando un amigo cae en aquello sobre lo que le repetiste una y otra vez que tuviera cuidado? ¿Le dirás: «Te lo dije»?

He planteado que parte de ser verdaderos amigos implica decir la verdad, pero esto no es suficiente. Reflejar el amor de Cristo implica que, aun cuando tu amigo está bañado en lodo y gusanos, tus manos están extendidas para levantarlo, abrazarlo y enseñarle que su oscuridad no te indispone para ayudarlo.

¿Por qué? Porque eso es exactamente lo que Cristo hizo. La verdadera amistad está fundamentada en las Escrituras y refleja a Cristo. En nuestra peor condición, en nuestra enemistad con Él no solo nos extendió Su mano, nos abrazó y nos enseñó el camino a seguir: Él dio Su propia vida para llamarte amigo (cp. Jn 15:15), cuando tú más lo rechazabas.

La amistad verdadera no está definida por las circunstancias, sino que está por encima de ellas. No importa dónde cayó tu amigo, puedes ser como Cristo y estar a su lado para ayudarlo.

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