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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro Arde mi corazón: Cómo recuperar tu amor por Dios (B&H Español, 2025), por María José Rivera.

Fueron más los años en los que abrí mi Biblia para cumplir con una tarea pendiente, que para conocer al Dios revelado en cada página. No lo puedo negar. No podría definir con exactitud qué entendía por «la Biblia» en ese entonces, más allá de responder que era la Palabra de Dios.

Pero, en realidad, ¿qué significaban esas cuatro palabras para mí en aquel tiempo? ¿A qué me refería con que era la Palabra de Dios? La voz de Dios o lo que Dios quiere decirles a las personas. Es probable que hasta ahí llegara mi definición.

Lo creía de verdad. Pero quedarme en ese entendimiento tan superficial limitó mucho mi relación con la Biblia. Quizás te sientes identificado conmigo o quizás solo soy un espécimen raro. Todas las definiciones previas son verdaderas, pero hasta cierto punto se sienten lejanas y pareciera que no tienen mucho que ver conmigo.

Sin embargo, la perspectiva debería cambiar cuando el evangelio llega a nuestra vida, nuestros ojos son abiertos y por primera vez podemos ver a Dios. La pregunta que tocaría hacernos es: ¿Por qué seguía pareciendo un libro lejano para mí? Con el paso de los años siguientes y luego de trabajar con creyentes a lo largo de la región, he entendido que las razones que explican este comportamiento siguen relacionadas con nuestra falta de entendimiento de lo que realmente es la Biblia, qué significa y cuál es el papel que juega en nuestra vida.

Nos quedamos en la definición corta y la sentimos débil y sin mayor profundidad. Por eso no nos impacta ni nos mueve a esforzarnos en comprender lo que está escrito en sus páginas. Si meditáramos en el hecho de que la Biblia es el libro que nuestro Padre celestial ha dejado a Sus hijos para que lo conozcamos en intimidad y para que conozcamos el plan que Él tiene para rescatarnos de nuestro pecado a través de Jesús, podríamos empezar a mover las células de nuestro cuerpo en la dirección correcta.

La Biblia traza el camino hacia la intimidad con el Padre. Pero hay algo más. Esta es una de las conclusiones a las que he llegado y que explica la razón para no sentir ninguna urgencia por leer la Biblia: Creo que es porque en el fondo nos hemos conformado con la información bastante general que hemos aprendido sobre Dios. ¿Sinceramente? Nos resulta indiferente saber más.

Creemos que solo se trata de más de lo mismo y que no es un aporte significativo que cambiará nuestra percepción sobre quién es Él. ¿Qué es lo que sí nos interesa? Que Dios haga lo que necesito. Lo queremos a nuestro servicio. Pero mira lo que la Biblia dice al respecto: «Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas» (Ro 11:36a). ¿Qué quiere decir? Que Dios no está a nuestro servicio, sino que nosotros le pertenecemos a Él. Este texto bíblico nos ubica en tiempo y espacio. En otras palabras, no se trata de ti. Se trata de Él.

Sí. Ya sé. Este es el momento donde queremos pelear las palabras de Pablo. Fíjate cómo lo explica C. S. Lewis:

Dios nos hizo: nos inventó del mismo modo que un hombre inventa una máquina. Un coche está hecho para funcionar con gasolina, y no funcionaría adecuadamente con ninguna otra cosa. Pues bien, Dios diseñó a la máquina humana para que funcionara con Él. El combustible con el que nuestro espíritu ha sido diseñado para funcionar, o la comida que nuestro espíritu ha diseñado para comer es Dios mismo (Mero cristianismo, p. 67).

¿Dónde nos dejan estas palabras? En que nuestra necesidad de Dios es mucho mayor de lo que hemos reconocido. Nos cuesta creer que esto sea verdad, tanto es así que en lugar de ir a Dios para encontrar verdadera satisfacción, estamos insistiendo en encontrar esa plenitud en el trabajo, en el matrimonio, con los hijos (o con la falta de ellos), con nuestras relaciones, con lo que poseemos, con cómo nos vemos y qué imagen estamos proyectando al mundo, con nuestra posición social o con cuánto dinero hay en nuestra cuenta bancaria. Lo cierto es que todo eso es una tarea infructuosa que nos deja más hambrientos, más frustrados y más amargados.

En lugar de dedicarnos a estar con Aquel que es como un río que trae agua viva al alma, nos conformamos con la cisterna que retiene agua empozada y que además tiene grietas por donde se va perdiendo el agua (Jr 2:13). Tenemos la posibilidad en Jesús de recibir el agua viva, fresca, renovadora y satisfactoria… pero andamos insistiendo en el agua densa, sucia y que está mohosa por estar estancada. ¿Por qué insistimos neciamente?

Porque no hemos entendido que nos hizo para Él. Quizás esa verdad es como una idea superficial en la mente y por eso no ha bajado hasta el corazón. Uno de los más graves efectos de la caída ha sido separarnos de la gloria de Dios (Ro 3:23), pero la obra redentora de Cristo nos ha devuelto lo que perdimos: estar unidos a Él y disfrutar del tesoro que es estar en Su presencia (Ef 2:4-7).

Entonces, sí, de forma natural, en nuestro estado original no solo no sabemos quién es verdaderamente Dios, sino que tampoco nos interesa saberlo (Ro 3:11). Deja que esa realidad se asiente en tu corazón.

La Biblia es toda la revelación única, completa y necesaria que Dios ha dejado sobre Sí mismo. Ella es la que transformará, aquietará nuestra alma y saciará nuestro corazón

Las buenas noticias son que hemos sido salvados por Él y nuestra relación con Dios ha sido restaurada en la cruz. Ya no estamos en nuestro estado original, sino que ahora la presencia del Espíritu Santo está en nosotros y nos permite acercarnos a Él en intimidad y conocer Su corazón.

Nunca se trató de nosotros, pero recién ahora podemos entenderlo. Ahora podemos ver la cruz y decir: ¿quién soy yo para que el Dios del universo quisiera salvarme de mis pecados y de una condenación sin Él? ¿Cómo he sido tan egoísta que mis ojos han estado clavados en mí y no me ha importado verlo a Él? ¿Cómo me he atrevido a creer en lo profundo de mi interior que me da lo mismo conocerlo más? ¿Cómo es posible que no me haya importado? ¡Con razón Pablo exclamaba: «¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?» (Ro 7:24)! ¡Con razón! ¡Me hace todo el sentido, puedo ver mi propia miseria! Hemos buscado en el lugar equivocado desde que nacimos.

La diferencia es que ahora nuestros ojos lo ven, ahora podemos darnos cuenta, ahora tenemos la claridad que no tiene el mundo sin Cristo. Por eso Pablo continúa su declaración y dice: «Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro» (Ro 7:25a). Es por Él y siempre ha sido en Él.

Conocerlo para amarlo

La Biblia es toda la revelación única, completa y necesaria que Dios ha dejado sobre Sí mismo. Ella es la que transformará, aquietará nuestra alma y saciará nuestro corazón. No lo obtendrás nunca a través del conocimiento general, intelectual y a medias que hemos recibido a lo largo de la vida.

Lo que debes hacer es abrir esas páginas sagradas y encontrarte cara a cara con Dios para que nuestra alma encuentre la satisfacción que siempre ha buscado. No podemos conformarnos con información general sobre un Dios que es infinito. Pero si aún no nos ha caído encima una pared que nos haga reaccionar, lo que necesitamos es regresar a nuestra comprensión del evangelio y recordar que hemos sido salvados de la condenación eterna.

Tenemos a un Dios que está tan deseoso de darse a conocer y comunicarse con nosotros que nos dejó un libro que contiene más de 700 000 palabras para que lo conozcamos

Hemos pecado sistemáticamente en contra de un Dios santo y no merecemos nada más que ser destruidos de inmediato, porque no solo somos pecadores, sino que somos necios en nuestros pecados, repitiéndolos una y otra vez, aun cuando sabemos el daño que produce lo que hacemos y la traición que significa ante nuestro Creador. Lo que merecemos es la destrucción fulminante.

Pero Dios —¡ay, pero Dios!—, es tan compasivo y misericordioso, lento para la ira y tan grande en misericordia. No nos ha tratado como nos merecíamos, sino que asumió el peso de nuestro oscuro pecado para que nosotros no recibiéramos lo que merecemos: el castigo eterno lejos de Él. Es incomprensible. ¿Ese amor inmenso? No lo entiendo. ¿Pero sabes qué produce en mí? El deseo de querer más de ese Dios. Aquel que me ha amado a pesar de mí. Aquel a quien no le asusta lo que soy realmente en lo más profundo de mi corazón y conoce muy bien, sino que me extiende Sus manos perforadas y me abraza.

El Señor disfruta con tenerme cerca y además me quiere cada día aún más cerca. Es que no lo entiendo. Simplemente no lo entiendo. Pero lo que sí tengo claro es que no encuentro otro lugar más seguro que Él. Que la vida en Él. Entonces, mi respuesta es desear conocerlo en intimidad. Cerquita, muy cerquita, Él y yo. Quiero disfrutar de esa unidad sobrenatural que Jesús logró en la cruz a mi favor, de la cual yo solo aporté mi oscuridad, pero Él me dio el perdón y Su paternidad. Entenderlo me rompe el corazón en mil pedazos. No lo merezco. Pero lo tengo. Lo tengo para siempre, mi Amado es mío y yo soy suya (cp. Cant 2:16). Lo seré para siempre.

Tenemos a un Dios que está tan deseoso de darse a conocer y comunicarse con nosotros que nos dejó un libro que contiene más de 700 000 palabras para que lo conozcamos, vivamos íntimamente junto a Él y para que nuestro corazón sea alentado al decir junto a Pablo: «estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo» (Fil 3:8a).

Hemos encontrado la verdadera vida en ese conocimiento. Dios nos hizo para Él, por eso en Él la vida cobra sentido, estabilidad, confianza y gozo por encima de nuestras circunstancias. Nos ha salvado un Dios que nos amó de tal manera que entregó a Su propio Hijo para restaurar nuestro camino de regreso a Él. Su deseo de relacionarse con nosotros es tan grande que hasta ha venido a morar en nosotros y nos ha hecho Su templo. ¿Hay algo más íntimo que eso? No existe.


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