Hay una guerra en tu iglesia. No me refiero a los dramas entre los diáconos ni a las quejas de algunos miembros de la congregación. Me refiero a una batalla que «no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes» (Ef 6:12). Satanás libra una guerra contra nuestra fe, pero Dios promete sostenernos. Una de las formas en que nos sostiene es a través de la asistencia semanal a la iglesia.
Cuando la mayoría de nosotros pensamos en ir a la iglesia, no consideramos lo que sucede tras bastidores. Pero entiende lo siguiente: el domingo por la mañana es un campo de batalla espiritual. Los ataques de Satanás tienen como objetivo obstaculizar la fe (Lc 22:31-32). El objetivo de Dios en la reunión es edificar la fe (1 Co 14:26; Col 3:16). Reunirse con el rebaño es similar a formarse para la guerra. La liturgia es nuestro plan de batalla dado por el Señor de los ejércitos.
Reunidos para la guerra
Congregarnos con la iglesia parece un mandato sencillo de obedecer (He 10:24-25), pero Satanás se esfuerza por impedírnoslo. ¿Por qué? Porque sabe que abandonar la congregación puede conducir a una fe débil. No estoy insinuando que, si faltas a la iglesia una o dos veces, corras el peligro de caer en la apostasía. Sin embargo, las pequeñas concesiones, si no se abordan, siempre conducen a otras más grandes. Así como David cayó presa de Satanás cuando se quedó atrás, en lugar de ir a la guerra (2 S 11:1-2), nosotros caemos presa de sus artimañas cuando nos quedamos atrás en la adoración colectiva.
A continuación, se presentan cuatro artimañas comunes que no debemos ignorar (2 Co 2:11).
1. Distracción
El maligno pretende atraparte en alternativas que sofocan la fe en lugar de reunirte con los santos. Algunas son sutiles y potencialmente permisibles, como pasar los fines de semana en una casa junto al lago. Aunque las vacaciones pueden ser revitalizantes, sustituir la iglesia por la comodidad de sentarse en el muelle, incluso mientras escuchas las enseñanzas de tu pastor favorito, es espiritualmente peligroso. El aislamiento cultiva una religión egoísta: no tienes que saludar a otros santos ni cantar canciones que no prefieres. No hay amenaza de que alguien te haga preguntas que expongan tus pecados. Además, si el sermón te parece demasiado largo, puedes escucharlo a una velocidad 1.5 veces más rápida.
La conveniencia y la comodidad son a menudo peligros mucho mayores para el alma que las amenazas de persecución y martirio
O tal vez te distraigan los equipos deportivos de tus hijos, que juegan durante la reunión de la iglesia. Te quejas del horario, pero ¿te mantienes firme en la fe, confiando en que Dios honrará tu honra hacia Él? ¿Les estás enseñando a tus hijos a que la congregación sea el centro de sus vidas, o has caído presa de las tentaciones de nuestra época?
Puede que no seas lo suficientemente rico como para tener una casa en el lago o que no te tiente el deporte de tus hijos, pero el mundo tiene algo para todos, así que ten cuidado. La parábola de Jesús sobre los tipos de tierra pinta un cuadro desgarrador de la semilla que no crece: «La semilla que cayó entre los espinos, son los que han oído, y al continuar su camino son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y su fruto no madura» (Lc 8:14). La conveniencia y la comodidad son a menudo peligros mucho mayores para el alma que las amenazas de persecución y martirio.
2. Desánimo
Si la distracción ha matado a sus miles, el desánimo ha matado a sus diez miles. Las razones para el desánimo abundan. El temor de que ir a la iglesia nos haga sentir más solos es muy poderoso. Muchas iglesias predican acertadamente sobre el amor, la comunidad y la pertenencia significativa, pero ¿qué podemos hacer con eso cuando podemos pasar toda la mañana en un lugar donde nadie reconoce nuestra presencia? Satanás se apresura a susurrarnos que no somos dignos de amor. Incluso puede sugerirnos que, si las personas no nos notan, ¿cuánto menos Dios?
O tal vez las concesiones con el pecado nos han dejado llenos de culpa. Quizá nos quedamos despiertos la noche anterior, bebiendo demasiado o consumiendo contenido cuestionable. O tal vez nos entregamos a la pornografía o traspasamos los límites con nuestro novio o novia. Levantarnos para ir a la iglesia requeriría fuerza espiritual, pero el pecado nos ha dejado en un estado de parálisis.
O tal vez sientes una oscuridad espiritual que no puedes explicar. Las nubes depresivas bloquean la luz y, como Elías, dices en tu corazón: «Basta ya, SEÑOR, toma mi vida» (1 R 19:4). A veces parece imposible atravesar las nubes del desánimo, especialmente el domingo por la mañana.
No te desalientes, santo desanimado. La luz de la gloria de Cristo te llevará a un lugar seguro.
3. División
Jesús se deleita en la unidad de la iglesia; Satanás se dedica a socavarla. Recientemente hablé con un amigo que estaba teniendo problemas con otro miembro de la iglesia. Mientras me contaba la situación, pude ver cuán hábilmente Satanás había intervenido en la tensa relación. Él había avivado la sospecha y le había asegurado a mi hermano que la otra persona pensaba mal de él. La comparación había permitido que su corazón inseguro cayera en una espiral de engaño. Pero, gracias a Dios, después de que los dos hablaron, se aclaró el ambiente y el Señor les ayudó a desenredarse de la trampa del maligno.
Al adversario no le importa si las fisuras son pequeñas o grandes, siempre y cuando el afecto entre los creyentes se enfríe. Las tentaciones de publicar sin pensar en Internet o de cultivar suposiciones retorcidas son constantes. Satanás es un oportunista que busca puertas abiertas para acceder fácilmente a las relaciones, por lo que no debemos dar «oportunidad al diablo» (Ef 4:26-27).
4. Incredulidad
Desde el principio, Satanás ha susurrado: «¿Conque Dios les ha dicho?» (Gn 3:1). Su objetivo es erosionar la confianza en lo que Dios ha dicho. Quiere que, al igual que el engañado Pilato, preguntemos: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18:38). Él logra este ataque distorsionando las Escrituras e insertando doctrinas falsas, lo cual desvía a los inmaduros (1 Ti 4:1). El engaño doctrinal es una de las armas más antiguas y efectivas de Satanás.
Reunirnos con la iglesia es un acto de fe que resiste al diablo y nos permite vislumbrar la preciosa gloria de Jesús
Si Satanás no puede embaucarnos con enseñanzas engañosas, puede hacerlo endureciendo nuestros corazones a la voz de Dios. El autor de Hebreos escribe sobre el peligro que conlleva ser «tardos para oír» (He 5:11) y advierte: «Si ustedes oyen hoy Su voz, / No endurezcan sus corazones» (He 3:7-8). Este endurecimiento le sucedió a Demas, que antes era fiel, pero que, «habiendo amado este mundo presente», le dio la espalda a Cristo (2 Ti 4:10).
Satanás se esfuerza por fomentar la incredulidad en Dios, pero congregarnos con los santos fija nuestros corazones en la esperanza de Cristo mientras oramos, cantamos, celebramos y adoramos juntos.
Protege el acto de reunirte
Reunirnos con la iglesia es un acto de fe que resiste al diablo y nos permite vislumbrar la preciosa gloria de Jesús. Pero el congregarnos no ocurrirá sin un pensamiento intencional y ayuda. Entonces, ¿qué pasos podemos dar ahora (y cada semana) para reunirnos el domingo?
Busca a Jesús cada día. La adoración colectiva se alimenta de la adoración personal, y la adoración personal se alimenta de la adoración colectiva. Al buscar a Jesús cada día y sentarte regularmente a Sus pies, tendrás sobriedad espiritual y fuerza para resistir las trampas del tentador y acercarte al campo de batalla en el Día del Señor (Stg 4:7-8).
Planifica congregarte. Se nos ordena que nos disciplinemos para la piedad (1 Ti 4:7-8), lo cual incluye la forma en que disciplinamos nuestro horario. Aunque puede haber razones para faltar ocasionalmente un domingo, protege con vigilancia la reunión con el pueblo de Dios. Haz que sea el evento en torno al cual gire el resto de tu semana. Da ejemplo de este compromiso a tus amigos, familiares y vecinos. Atesorar a Jesús junto con Su pueblo requiere una planificación intencionada.
Satanás, el mundo y nuestra carne pueden ofrecernos razones para no reunirnos con la iglesia. Pero el Todopoderoso nos llama a creer que valdrá la pena
Prepárate para la reunión. Una de las prácticas habituales en nuestra iglesia es que las familias o los compañeros de casa lean el texto del sermón de la semana durante la semana. Al hacerlo, sus corazones y mentes se concentran en la palabra que Dios les dará el domingo. También animamos a la gente a cantar las canciones que cantaremos juntos el domingo. Estos pequeños actos de preparación son como un entrenamiento antes de la batalla.
Asóciate con otros miembros de la congregación. Rodéate de personas que te amen lo suficiente como para hacerte rendir cuentas (He 3:12-14). Comparte las formas en que Satanás te tienta y pídeles que te ayuden a resistirlo. Somos demasiado débiles y vulnerables para librar esta batalla solos. Dios llama a toda la iglesia a ponerse la armadura de Dios y a llevar las cargas los unos de los otros (Ef 6:10-18; Gá 6:2). Busca estas relaciones y pide ayuda a tus pastores si no sabes cómo hacerlo.
La adoración valdrá la pena
Satanás, el mundo y nuestra carne pueden ofrecernos innumerables razones para no reunirnos con la iglesia. Pero el Todopoderoso nos llama a creer que valdrá la pena. En la congregación, vemos una vez más lo precioso que es Jesús. Cada elemento del servicio eleva los ojos de nuestro corazón para contemplarlo y creer en Él de nuevo.
Satanás quiere que experimentemos cualquier cosa menos eso. Su objetivo es nuestra apostasía; descuidar la congregación es uno de sus planes más poderosos. Pero, en palabras del apóstol: «Resístanlo firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en sus hermanos en todo el mundo» (1 P 5:9). Así que, sigue luchando, familia de Dios, porque «el Dios de paz aplastará pronto a Satanás debajo de los pies de ustedes» (Ro 16:20).



