Si quieres una vida miserable, confunde la ley y el evangelio.

¿Qué pasaría si los ancianos de tu iglesia ordenarán que los miembros no pueden dar más de 1,999 pasos en el día del Señor sin enfrentar disciplina eclesiástica? Dar un paso más sería un viaje demasiado largo, algo prohibido en el día que Dios apartó para la adoración.

¿Qué pasaría si dijeran que no puedes llevar tu Biblia a la iglesia, ya que levantar objetos pesados es trabajo? Imagina que dijeran que levantar cualquier cosa más pesada que un higo seco es estrictamente tabú.

¿O qué pasa si agregaran una cláusula en la constitución y estatutos de la iglesia que los miembros no deben dejar un rábano en sal, ya que ese vegetal puede convertirse en un encurtido, y hacer encurtidos es trabajo?

¿Y si agregaran subpárrafos a la constitución que prescriben medidas disciplinarias para aquellos declarados culpables de otras actividades en el día del Señor, como llevar un bolígrafo (para que no te sientas tentado a escribir), llevar una aguja (para que no seas tentado a coser), ayudar a los enfermos con enfermedades que no ponen en peligro la vida (eso puede esperar hasta el lunes), o mirarse en el espejo y quitar una mancha en la ropa?

Ya tienes la idea.

Tal legalismo grosero haría a una congregación miserable, y haría que despidieran a los ancianos. Sin embargo, estas son solo algunas de las docenas de leyes sabáticas que los fariseos agregaron a la Torá.

Irónicamente, los fariseos y sus escribas eran los gigantes teológicos de la época, pero en Marcos 2:25–26 y otros pasajes Jesús les pregunta: “¿No han leído?”. En otras palabras, ¿no entiendes las Escrituras? En Juan 5:39, Jesús les habla a los fariseos con palabras similares: “Ustedes examinan las Escrituras porque piensan tener en ellas la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio de Mí!”.

En el pasaje de Marcos, los fariseos observan a Jesús, un rabino, para ver si viola sus leyes rabínicas relacionadas con el sábado. Lo acusan de criminalidad espiritual, ya que sus discípulos recogían espigas mientras caminaban por un campo y se comían los granos para satisfacer su hambre. Jesús señala que David y su banda de hermanos comieron el pan de la presencia en el tabernáculo con impunidad divina mientras huían de Saúl (1 S. 21:1-6). Al comienzo de Marcos 3, Jesús sana a un hombre con una mano seca en violación directa de las leyes sabáticas de los fariseos.

Por supuesto, los fariseos son infames por agregarle a la ley moral de Dios cientos de tradiciones hechas por el hombre. Y el Nuevo Testamento nos da la idea de que fueron un pueblo miserable por tratar de obedecer esas leyes como un medio de salvación.

No nos extraña eso, ¿no?

Fariseos vivos y coleando

Si bien pocos de nosotros hoy en día buscamos seguir el modelo farisaico, este nivel de miseria está viva entre aquellos que no comprenden cómo la ley y el evangelio se complementan. Estas personas buscan el favor de Dios mediante la apropiación indebida de Su ley para extrapolarla a las convicciones personales, a menudo prohibiendo ciertos modos de vestimenta, música, películas, etc., que se convierten en un sistema de normas que se espera que que se adhieren ellos mismos y otros cristianos. Charles Spurgeon una vez bromeó que el eslogan del legalista es “no puedes ser espiritual sin estar incómodo”.

La ley de Dios como base para la salvación, como medio de acumular méritos, deja al trabajador exhausto, miserable, y perdido.

En efecto. La ley de Dios como base para la salvación, como medio de acumular méritos, deja al trabajador exhausto, miserable, y perdido. La ley, cuando se aplica erróneamente, es un terrible capataz.

No es de extrañar que las discusiones sobre ley y evangelio sigan siendo vitales y profundamente prácticas. Después de todo, Pablo escribió: “La ley es buena si se usa legítimamente” (1 Ti. 1:8). Pero ¿cómo puede decir que la ley es buena? Sobre todo cuando ella nos tenía cautivos (Gál. 3:23), y el pecado cobró vida a través de ella y nos mató (Ro. 7:11). Si la ley mata, si nos mantiene cautivos, y si convirtió a los fariseos en personas que ponían su vida en cajas, entonces, ¿cómo es buena?

La ley de Dios no es mala

Creo que Pablo lo explica en Romanos 7:7: “¿Qué diremos entonces? ¿Es pecado la ley? ¡De ningún modo! Al contrario, yo no hubiera llegado a conocer el pecado si no hubiera sido por medio de la ley. Porque yo no hubiera sabido lo que es la codicia, si la ley no hubiera dicho: ‘No codiciaras'”.

La ley expone nuestro pecado. Nos muestra el carácter santo e inmaculado de Dios. Produce una santa desesperación, una desesperación que nos lleva a renunciar el intento de merecer el favor de Dios, y nos lleva al único lugar donde se puede encontrar: en unión con Jesucristo, en su persona y en su obra.

La ley te golpea; el evangelio te sana.

Correctamente entendida, la ley de Dios es buena, pues desenmascara nuestra justicia propia y expone nuestra depravación.

Correctamente usada, la ley moral de Dios desenmascara nuestra justicia propia y nos expone a quiénes somos realmente: pecadores desprovistos de la justicia necesaria para la salvación, pecadores que se lanzan precipitadamente hacia la destrucción justa a manos de un Dios santo, pecadores que necesitan desesperadamente un mediador ante Dios.

La ley nos muestra que hemos pecado y que no hemos alcanzado la gloria de Dios, y revela nuestra desesperada necesidad de gracia, tanto antes como después de la salvación. La ley te golpea; el evangelio te sana. Juan Calvino vio tres funciones buenas para la ley: es un espejo (expone claramente nuestro pecado); revela la voluntad de Dios (como una guía para la santificación); y restringe el mal en la sociedad (no somos tan malos como podríamos serlo).

La ley dejó a los fariseos y a sus discípulos miserables porque la veían como un vehículo para la gloria, un medio de salvación. La usaron ilegalmente, y el resultado fue una existencia desabrida, sin alegría y amarga.

Este es el resultado de cuando aplicamos mal las Escrituras y reemplazamos la gracia con el legalismo. Pero, correctamente entendida, la ley de Dios es buena, pues desenmascara nuestra justicia propia y expone nuestra depravación. Nos envía corriendo a cubrirnos en la justicia de Cristo, ganada en el Calvario. Nos libera para descansar de nuestras labores de guardar la ley, y nos lleva a pastos verdes de gozo profundo y desbordante solo en Cristo.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
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