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Recuerdo la primera vez que leí la palabra “zelote” en las Escrituras. Vino a mi mente la idea de una persona campesina, sin mucha educación, y con características similares a los discípulos de Jesús. Más allá de nuestras primeras impresiones, es interesante saber quiénes eran los zelotes, pues uno de los discípulos de Jesús lo era.

¿Qué sabemos sobre los zelotes?

Hay dos referencias bíblicas al calificativo “zelote”. La primera está en Lucas 6:15 y la segunda en Hechos 1:13, aunque también lo hallamos como “cananista” (Mt. 10:4; Mr. 3:18). En la primera referencia, Lucas está narrando el episodio en que Jesús escogió a sus doce discípulos cercanos, entre ellos a “Simón, al que llamaban el Zelote”. En la segunda, se nombra al mismo discípulo en la historia del aposento alto.

La palabra viene del griego zelotai que significa “celoso”.[1] Para Flavio Josefo, el gran historiador judío, el uso del nombre zelote describe a una secta o partido judío formado antes del año 66 a. C, en el periodo intertestamentario.

En este periodo surgieron muchos grupos religiosos y políticos movidos por el deseo de generar oposición contra el dominio extranjero. Entre los más recientes estaban los zelotes, quienes se sentían herederos de los macabeos (un movimiento judío de liberación que luchó contra el poder seléucida sobre Palestina).

Los zelotes eran un grupo ultra-nacionalista que usaba la fuerza y la violencia para mover sus ideales. Buscaban terminar con el dominio romano en Palestina a fin de lograr la independencia política. Lucharon durante varias décadas hasta (según algunos historiadores) más o menos el 70 d. C., año de la caída de Jerusalén.

Para Kirsopp Lake, quien fue profesor de historia en Harvard, los zelotes fueron seguidores de Judas de Galilea, quien fundó en el año 6 d. C. lo que Josefo llama la “cuarta filosofía” de los judíos.[2] Esta filosofía insistía en repudiar a cualquier rey excepto Dios, y algunos libros modernos representan a este grupo como teniendo fuertes esperanzas mesiánicas. Si bien sus ideales religiosos se parecen a los de los fariseos, los zelotes tomaron el camino de la violencia a través de eventos guerrilleros contra los invasores.

Un zelote transformado

Sabiendo esto, no podemos dejar de reflexionar en torno a Simón el zelote. Sin duda es un personaje enigmático y llamativo. Aunque la Biblia no nos habla mucho de él, deseo destacar dos cosas.

La gracia de Dios sobrepasa todas las características negativas que un ser humano puede tener.

Primero, este hombre fue llamado por Jesús. Esto nos recuerda que la gracia de Dios sobrepasa todas las características negativas que un ser humano puede tener. El Señor conocía a Simón; sabía lo que era, lo que había hecho, sus debilidades, y sus ideales. A pesar de eso, la gracia salvadora envolvió a este hombre quien dejó atrás toda su vida pasada. Como nos enseña 2 Corintios 5:17: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas”.

Segundo, este hombre permaneció con Jesús. Simón tal vez no destacó como otros discípulos, pero estuvo con el Maestro, aprendió de Él, y contribuyó a la difusión del evangelio junto al resto de los apóstoles.

Más allá de lo aparente

Con base en esto, podemos concluir que el llamado del Señor va más allá de las apariencias. Tal vez ninguno de nosotros invitaría a la iglesia o a su casa a alguien como Simón, pero la evidencia bíblica confirma una y otra vez que el Señor mira mucho más allá de lo que mira el hombre.

La historia de Simón nos recuerda que Dios no escoge por méritos u obras. De hecho, algunos de nosotros fuimos peores que Simón. Al igual que él, fuimos llamados por el Señor, y su gracia nos ha hecho permanecer en la fe. Pablo dijo: “Aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, [Dios] nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados)” (Ef. 2:5).

Demos gloria a Dios porque Él no mira la bajeza de sus siervos.


[1] Debido a esto, algunos autores argumentan que Simón no perteneció necesariamente al grupo llamado así. No obstante, la evidencia histórica nos dice otra cosa.

[2] Kirsopp, L. (1917), Simon Zelotes, The Harvard Theological Review, Volume 10. Tomado de  http://www.jstor.org/stable/10.2307/1507340


Imagen: Lightstock.
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