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Nota del editor: 

La doctora Cornelia busca desarrollar recursos para suplir las necesidades de la mujer latinoamericana en el tema de la sexualidad bíblica. Si quieres apoyar el proyecto, considera apartar un momento del día para responder esta encuesta anónima.

Si tienes mucha sed y te ofrecen un vaso de agua fría, lo agradeces. Pero, ¿qué pasaría si te advierten que esa agua es casi pura, que solo contiene 1% de agua de la alcantarilla? ¿La beberías o preferirías esperar hasta encontrar otra alternativa?

Definitivamente, la pureza tiene su valor. Algo puro es exclusivo y no ha sido alterado en ninguna medida, está libre de mezclas. Encontrar pureza en el ser humano es escaso; de hecho, ni siquiera parece ser valorado. Las personas que negocian sus estándares morales son bien vistas, y se catalogan como inteligentes o avanzadas. Esto es fruto de nuestra sociedad postmoderna, donde las personas tratan de estar de acuerdo con todos y evitan ser radicales. Como dicen algunos: “Tampoco hay que exagerar”.

Como cristianas viviendo en medio de esta sociedad, el llamado a la pureza es imprescindible, ya que muestra el carácter del Dios al que pertenecemos. En la Biblia, la palabra pureza está relacionada con la santidad. Dios espera que vivamos en santidad —con corazones puros—, y esto incluye toda nuestra vida. 1 Pedro 1:15-16 nos dice: “como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir. Porque escrito está: ‘Sean santos, porque Yo soy santo’”. El llamado es muy claro en 1 Tesalonicenses 4:7: “Porque Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificación”. Sin lugar a dudas, ser santas implica pureza. Esto es un mandato, no una sugerencia.

La pureza es un mandato, no una sugerencia

La voluntad de Dios es que seamos santas —puras para Él—, quien nos compró con Su sangre y nos apartó para Su gloria. El área sexual es señalada de manera específica como zona de riesgo que altera nuestra vida de santificación: “Porque esta es la voluntad de Dios: su santificación; es decir, que se abstengan de inmoralidad sexual” (1 Ts. 4:3). Está claro: si queremos vivir vidas puras que reflejen la santidad de Dios necesitamos cuidar nuestra vida sexual.

Todos somos seres sexuados por diseño divino; es una bendición de Dios ver las diferencias sexuales en los seres humanos. El placer sexual, también creado por Dios, debe ser disfrutado dentro de los parámetros descritos en la ley moral de Dios. Esto para nuestro bien, ya que los límites nos permiten asegurarnos de que estamos dentro de las condiciones óptimas para que lo que disfrutamos no sea dañino, para uno mismo ni para otros.

La pureza sexual implica limpieza; no alterar el diseño sexual de Dios ni en su forma ni en su uso. La pureza sexual inicia en tu corazón, en lo más íntimo de tu ser y es imprescindible para estar cerca de Dios. Como dice el Salmo 24:3-4: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón”. 

¿Cómo luce la pureza sexual?

Las relaciones sexuales fueron diseñadas por Dios con el propósito de que los cónyuges pudieran intimar de manera muy profunda, logrando un vínculo que va mucho más allá de lo físico. Es un vínculo permanente que apunta a la unión de Cristo y Su Iglesia. Es algo puro, hermoso, santo, y al mismo tiempo muy serio y valioso. No debemos adulterarlo.

La pureza sexual se evidencia en una vida espiritual que florece en sumisión a la Palabra de Dios, y que se deleita en Su diseño y en la manera que avanzan Sus propósitos. Significa que tu mente y tu corazón están anclados en la pureza de Dios y no en tus deseos personales. Estos anhelos pueden ser legítimos en sí mismos, pero no siempre representan la voluntad de Dios para nuestras vidas, ya sea porque no es conveniente o porque no es el tiempo adecuado. Nuestros anhelos pueden ir desde disfrutar una buena compañía, tener un novio, o comprarse una prenda de vestir; estos son deseos legítimos, pero no significa que sean beneficiosos para ti. Muchas mujeres quieren tener novio y, sin embargo, no se han preguntado si están listas para lo que el noviazgo cristiano requiere, si sus motivaciones son las correctas, y si por conseguirlo serían capaces de pecar. La mujer pura sabe esperar; no toma decisiones sin evaluar bien las consecuencias que traerán a su vida.

La pureza sexual se manifiesta en todas las áreas de tu vida: va desde los pensamientos y sentimientos, hasta el comportamiento. Ocurre en ese orden, pero se evidencia de manera inversa. Es decir, nuestra conducta —la manera en que nos vestimos, abordamos ciertos temas, cómo tratamos a los hombres que nos rodean— es la evidencia de cómo nos sentimos y pensamos en nuestro interior. La pureza es una cuestión interna, de lo profundo del ser.

La inmoralidad sexual es todo lo opuesto y también surge desde el interior del corazón. Involucra impulsos de satisfacer anhelos de intimidad y cercanía que pueden llevar a una mujer a consumir pornografía, masturbarse, hacer sexting (recepción o transmisión de textos, imágenes, o videos que conllevan un contenido sexual), o permitir que su novio le toque de manera inapropiada. Todas esas prácticas son pecaminosas y traen consecuencias a corto, mediano, y largo plazo. Dios quiere librarte de eso. Si cultivas una vida de pureza sexual podrás vivir cada etapa de tu vida sexual de manera muy gratificante y plena.

La vida sexual de toda mujer cristiana debe reflejar la pureza de la santidad del Dios que la ha salvado para Su gloria. Buscando esta pureza podrás vivir con la expectativa adecuada y gratificante de la vida que Dios te ha entregado. Por supuesto, esto no garantiza que todo será perfecto por el hecho de ser una mujer que fue obediente, más bien crea las condiciones para que desarrolles una fe más madura. Todo eso aporta a tu santificación, y es la vida santa la que satisface.

El llamado a la pureza es imprescindible, ya que muestra el carácter del Dios al que pertenecemos

Acude a Cristo

Ser mujeres sexualmente puras es prácticamente imposible con las presiones que recibimos de la sociedad y los impulsos de nuestra carne. Sin embargo, el mismo Señor que nos demanda pureza nos da los recursos para obedecer. Es necesario admitir que es una tarea que nos pone de rodillas, reconociendo nuestra dependencia de Dios en todo tiempo. ¡Podemos acudir a Él en busca de ayuda!

Por otro lado, recuerda que, si has caído, si has pecado contra la santidad de Dios, también puedes acercarte sin temor. Hebreos nos muestra cómo Dios ha provisto un Defensor que no está ajeno a tus luchas, sino que, aunque no pecó, comprende tu necesidad. “Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino Uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado” (Heb. 4:15).

Cristo, nuestro sumo sacerdote, sufrió en la cruz por nuestros pecados para que tú y yo podamos vivir vidas puras que le glorifiquen a Él. No importa la condición en la que has vivido en el pasado, si estás en Cristo eres una nueva criatura; las cosas viejas pasaron, Él te ha hecho nueva, pura, y santa (2 Cor. 5:17). Tu pasado no te define. Dios tomó tu vaso con agua sucia y lo purificó, separándolo para un uso santo y así saciar tu sed de propósito.

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