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Las noticias se han llenado últimamente con historias de las llamadas “desconversiones”, especialmente entre algunos líderes de alto perfil que profesaron ser cristianos. No estoy aquí para analizar sus vidas o supuestas razones para alejarse de Jesús. Pero sí me hizo pensar en por qué soy cristiano y estoy determinado a ser uno para siempre, por la presencia y el poder sustentador de Dios.

Hay, por supuesto, numerosas razones por las que encuentro el cristianismo convincente: su capacidad de proporcionar la explicación más razonable de por qué hay algo en lugar de nada; la belleza, el poder persuasivo, y la gloria autoverificadora de la Biblia; la evidencia abrumadora de la resurrección de Jesús; la existencia de la iglesia misma; todo esto junto con los argumentos de la historia, profecía cumplida, la arqueología, y el ineludible testimonio interno del Espíritu Santo que da testimonio de la verdad del Evangelio y de la identidad de Jesús.

Pero la razón principal por la que soy cristiano y lo seguiré siendo por la gracia de Dios, es Jesús mismo. Quizás recuerdes que muchos de los que habían estado siguiendo a Jesús se apartaron, habiéndose ofendido por sus palabras (Jn. 6:60-61). Esto llevó a Jesús a preguntar a los doce: “¿Esto los escandaliza?”. Es como si Jesús les estuviera preguntando a ellos, y a nosotros:

¿Estás avergonzado de mí y de lo que estoy diciendo? ¿Te hace querer darme la espalda por tu miedo de que si otras personas te ven conmigo se reirán o se burlarán de ti, o tal vez te rechacen y se alejen, o te ignoren? ¿Te hacen sentir incómodo las cosas que digo y afirmo? ¿Deseas que susurre en privado para que otros no me escuchen?”.

En los primeros días de su ministerio, Jesús tenía un número grande de seguidores. Sus enseñanzas, sus nuevas y desafiantes ideas sobre Dios, sus milagros, la autoridad que mostraba al interactuar con los líderes religiosos de Israel, todo ello se combinaba para hacer que grandes multitudes lo siguieran.

La razón principal por la que soy cristiano y lo seguiré siendo por la gracia de Dios, es Jesús mismo.

Pero tan pronto como comenzaron a darse cuenta de que Él era más que un rabino, que insistió en la devoción exclusiva a sí mismo, tan pronto como afirmó que Él era el camino a la vida eterna, sus aplausos cesaron y simplemente se fueron.

Considera cómo esto sucede en el mundo de hoy todo el tiempo. La gente entra en nuestro edificio en Bridgeway Church por curiosidad. Han oído hablar de nosotros. Están intrigados y curiosos. Tal vez un amigo los ha invitado a asistir. Al principio, les gusta la música y la libertad y la pasión de nuestra adoración. Tal vez disfrutan del conocimiento que proviene de escuchar mis sermones. Entonces, de repente, ellos realmente escuchan y entienden lo que estamos diciendo, o para ser exactos, escuchan y entienden lo que Jesús está diciendo. ¡Se dan cuenta de que realmente queremos decir lo que cantamos! Están afectados por la comprensión de que lo que señalamos en las Escrituras es la realidad, y que la vida eterna se encuentra solo en Jesús, con exclusión de cualquier otra religión y de cualquier otro líder.

Pronto dejan de venir. Cuando le preguntas por qué, podrían responder: “Bueno, esto no es para nada lo que esperaba. Ustedes creen en lo que dice la Biblia. Eso es más de lo que puedo aguantar”. Y desaparecen.

Esto hace que uno se pregunte cómo se sintió Jesús al ver a tantos que se apartaron, aquellos que antes lo aplaudían con gran vigor pero ahora lo rechazaron. Está claro que no estaba sorprendido en lo más mínimo por ello. De hecho, sabía desde el principio quién no creía realmente en Él. Y en realidad cita el ejemplo de Judas Iscariote. Es como si Él dijera, “incluso entre mis compañeros más cercanos hay uno que se escandaliza de mí y eventualmente me traicionará” (Jn 6:64, 70-71).

¿Se sentía herido por todo esto? No en el sentido en que tú y yo podríamos estarlo. Estaba confiado de sí mismo y seguro. Sabía quién era y lo que había venido a hacer. Sin embargo, estaba indudablemente afligido por la idea de que muchos de los que se fueron nunca encontrarían en otra parte o persona lo que más necesitaban.

Entonces, se vuelve a los doce y dice: “Bueno, ¿qué hay de ustedes? ¿También soy una vergüenza para ti? ¡Decidete! La mayoría se ha ido. ¿Te quieres ir con ellos?”. Pedro habla no sólo por sí mismo, sino también por los demás:

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68).

Habían estado con Él lo suficiente como para saber que sería ridículo dejarlo ahora y no aprovecharía. Mi conjetura es que Pedro y los demás reflexionaron sobre lo que habían visto y oído:

He aquí un hombre desprovisto de hipocresía, a diferencia de los fariseos y escribas.

He aquí un hombre que también sabemos que es Dios.

He aquí un hombre que limpió leprosos simplemente al tocarlos.

He aquí un hombre que conoce los pensamientos más profundos y secretos de nuestros corazones.

¡He aquí un hombre que puede caminar sobre el agua!

He aquí un hombre que involucraría a una mujer samaritana en una conversación y le revelaría los secretos más íntimos de la vida de ella.

He aquí un hombre que podía sanar y levantar a un hombre que había estado paralizado durante 38 años.

He aquí un hombre de tanta gentileza, pero de autoridad inflexible; un hombre de poder y compasión; un hombre de amor y justicia.

Es como si Pedro le dijera: “Nadie ha hablado como Tú. Nadie ha actuado como Tú. Nadie nunca ha sido tan fuerte y sin embargo tan manso, tan duro y sin embargo tan tierno, con tanta autoridad y sin embargo tan amable, tan profundo en su enseñanza pero tan simple en cómo lo dice, tan dispuesto a ser asesinado por pecados que no cometió; tan digno de honor y sin embargo tan dispuesto a ser deshonrado, tan merecedor de inmediata e incondicional obediencia y, sin embargo, tan paciente con persona como nosotros, tan capaz de responder a todas nuestras preguntas y sin embargo tan dispuesto a permanecer en silencio bajo abuso. No hay nadie como Tú, Jesús. ¿Adónde sugieres que vayamos? ¿A quién más sugieres que demos nuestras vidas?”.

¿Sabes lo que es un cristiano? Un cristiano es la persona que no tiene adónde más ir.

Es impresionante pensar que lo que ofendió a los demás atrajo a Pedro. Pedro amaba lo que odiaban de Jesús. Pedro disfrutó lo que encontraron intolerable. Lo que les disgustó, deleitó a Pedro. “Señor”, dice Pedro, “¡Tus palabras están llenas de vida! ¡Tu corazón está lleno de misericordia! ¿A dónde más vamos a ir para encontrar a alguien que pueda hacer por nosotros lo que Tú haces?”.

¿Sabes lo que es un cristiano? Un cristiano es la persona que no tiene adónde más ir. Por supuesto, no es porque no hayan otras religiones, y otros líderes y maestros. Hay innumerables filosofías y formas alternativas de explicar la realidad. ¡Pero todas se quedan cortas!

Entonces, si alguien te pregunta por qué eres cristiano, por qué sigues a Jesús y no a Mahoma o a Buda o a alguna otra fe religiosa, por qué no eres ateo, ¿qué dirías? Aparte de las razones citadas anteriormente, ¿por qué le das tu vida, tiempo, dinero, y esfuerzo a Jesús? Si se me pregunta, respondería diciendo igual que Pedro: “¿A quién iré?”.

Nadie más me amará como Jesús.

Nadie más me dice la verdad como Jesús.

Nadie más siempre estará allí cuando más lo necesite, como Jesús lo está.

Nadie más puede consolarme en el sufrimiento como Jesús.

Nadie más puede tranquilizar mi corazón cuando surgen dudas, como lo hace Jesús.

Nadie más puede darme paz en medio de la confusión, como lo hace Jesús.

Nadie más puede enseñar con la autoridad que Jesús tiene.

Nadie más me aceptará como soy, sin condiciones, como Jesús.

Nadie más puede morir por mis pecados como lo hizo Jesús.

Nadie más ha resucitado de entre los muertos como lo hizo Jesús.

Nadie intercede por mí a la diestra del Padre de la manera en que Jesús lo hace.

No hay filosofía, ni partido político, ni poder, ni cantidad de dinero, ni prestigio que pueda hacer por mí lo que hace Jesús.

La determinación de los discípulos de quedarse con Jesús no se debió a las grandes esperanzas que tenían de fama y fortuna. No fue porque les prometió poder, riqueza, y consuelo. No se quedaron por pura ignorancia, simplemente porque no sabían de nada mejor. Se quedaron porque sabían quién era. Como Juan 6:69 aclara: “Tú eres el Santo de Dios”. Eres Mesías, Señor, Rey, Redentor, Dios encarnado.

Si no a Jesús, ¿a quién más iré? Él tiene palabras de vida eterna (Jn. 6:68).

Permítanme hacerles a todos la misma pregunta hoy. “¿A quién irás? ¿Qué vas a creer?”. ¿Correrán hacia una forma de espiritualidad que niega la realidad del pecado, a aquellos que insisten en que nuestro problema es simplemente mala educación o malas influencias? ¿Te alinearás con aquellos que dicen que la fe personal en Jesús es demasiado estrecha y exclusiva, que Dios al final salvará a todos los que son sinceros? ¿Correrás a otro sistema religioso que te asegure que cualquier expresión sexual que quieras es totalmente permisible? Después de todo, es solo tu voluntad lo que importa, no la de Dios.

O tal vez correrás y abrazarás el creciente número de ateos profesantes. Simplemente no hay Dios, y si no hay Dios, puedo vivir como quiera y creer lo que me haga feliz. Pero, por supuesto, si no hay Dios y no somos más que la conglomeración accidental de moléculas aleatorias, no hay base para decir que un sistema de creencia es verdadero y otro falso, o que una acción es mala y otra buena.

En última instancia, soy cristiano y, por la gracia sustentadora de Dios, permaneceré así por el resto de mi vida. Después de todo, si no a Jesús, ¿a quién más iré? Él tiene palabras de vida eterna (Jn. 6:68).


Publicado originalmente por Sam Storms. Traducido por Equipo Coalición. 
Imagen: Lightstock
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