¿Es pecado experimentar atracción hacia el mismo sexo?

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de No podemos callar: Decir la verdad en una cultura que redefine el sexo, el matrimonio y lo que está bien o mal (Vida, 2019), por Albert Mohler.

¿Es pecado experimentar atracción hacia el mismo sexo? ¿Los cristianos que sienten atracción por el mismo sexo tienen que arrepentirse de su orientación, o solo de la lujuria y los actos homosexuales?

En primer lugar, no es una cuestión que se limite a asuntos de sexualidad en general, ni de actos sexuales y orientación sexual en particular. Está en relación con la cuestión teológica más amplia de la tentación y la conducta. Todo niño que llega a la madurez reconoce la distinción entre la tentación y el acto. Todo sistema de derecho penal entiende también la diferencia entre la tentación y el acto. La ley, en lugar de encarcelar a las personas por cada tentación criminal, distingue entre la tentación de un acto criminal y la comisión de un acto criminal. Todos los padres entienden esa misma distinción cuando crían a sus hijos y cuando se miran en el espejo. Por lo tanto, los cristianos debemos distinguir entre la tentación y la comisión del pecado.

Sin embargo, hay algo pecaminoso en ser tentado a robar un banco. Obviamente, es menos pecaminoso que robar un banco. Y su consecuencia y efectos son sin duda muy diferentes. Tendríamos razón si dijéramos: “Aunque tengas la tentación, no cometas el acto”, pero estaríamos equivocados si dijéramos: “La tentación no es algo que tenga consecuencias pecaminosas”.

Los cristianos debemos orar para no ser tentados, tal como Jesús instruyó a sus discípulos en el Padrenuestro.

Tendemos a asumir que una tentación involuntaria es algo de lo que no somos responsables. Pero nadie se conoce a sí mismo lo suficiente como para comprender plenamente de dónde vienen las tentaciones o hasta qué punto se ha entregado a ese interés. Los cristianos, por lo tanto, debemos orar para no ser tentados, tal como Jesús instruyó a sus discípulos en el Padrenuestro.

Por último, llegamos al asunto de la definición de la orientación sexual. La orientación sexual es un patrón de tentación. De nuevo, debemos enfatizar que este no es el único patrón de pecado sexual. Los pecadores heterosexuales son tentados a codiciar a alguien del sexo opuesto. Las personas casadas están tentadas a codiciar a alguien que no es su cónyuge. Una persona con un patrón de atracción hacia el mismo sexo es tentada de manera similar. Sin embargo, la orientación hacia el mismo sexo no puede canalizarse hacia una salida sexual legítima, mientras que la orientación heterosexual puede canalizarse hacia la institución fiel y monógama del matrimonio. Por esta razón, la orientación homosexual constituye una lucha mayor.

¿Debe un cristiano que lucha con la atracción hacia el mismo sexo arrepentirse del mero sentimiento de atracción, aunque no actúe según ese sentimiento o lujuria de su corazón? Como la atracción homosexual es una atracción desordenada, es necesario que haya cierto grado de arrepentimiento. Consideremos este escenario análogo. Imaginemos que un adolescente que se ha hecho cristiano recibe la tarea de leer un libro en particular en la escuela. Él no es responsable de elegir el libro; después de todo, el maestro se lo encargó. En el libro se presenta algo de naturaleza sexual, y se siente excitado y atraído. Sin embargo, no se entrega a la lujuria. Simplemente deja atrás ese pasaje explícito. Más tarde, dicho pasaje regresa a su mente. Una vez más, rechaza la tentación de la lujuria. Sin embargo, es casi seguro que se sentirá culpable por dejar que los pensamientos resurjan. Cada vez que estos pensamientos vienen a su mente, el chico está tomando una decisión moral, incluso cuando evita los pensamientos lujuriosos con arrepentimiento y por gracia.

Las personas que luchan con la atracción homosexual deben entender que están en la misma posición que cualquier otro pecador.

La mayoría de los cristianos reconocemos cosas pecaminosas involuntarias y no premeditadas que entran regularmente en nuestra mente. Sin embargo, estos pensamientos llegan, y por lo tanto producen cierta responsabilidad moral, a pesar de que procuramos sacarlos de nuestras fantasías e imaginaciones. Esta experiencia común entre todos los cristianos —de hecho, entre toda la humanidad— revela que el pecado está más profundamente arraigado en nuestros corazones de lo que conocemos. Esta es una de las razones por las que el arrepentimiento marca la vida cristiana de manera regular.

Las personas que luchan con la atracción homosexual deben entender que están en la misma posición que cualquier otro pecador. Todos necesitamos vivir vidas de arrepentimiento constante, reconociendo que toda la vida cristiana es una vida de tentación constante al pecado y al mismo tiempo un llamado a obedecer a Cristo. Esto, por supuesto, no resta importancia a los desafíos especialmente difíciles a los que se enfrentan quienes batallan con la atracción homosexual. Pero estos hombres y mujeres no deben ser apartados del resto del cuerpo de Cristo en una categoría diferente de pecado y santificación. Por este motivo, los cristianos debemos ser sinceros unos con otros y no dar por sentado que solo unas pocas personas de la congregación tienen luchas con el pecado. Todos los miembros de la congregación luchamos con el pecado.


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Imagen: Lightstock.
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