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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de No podemos callar: Decir la verdad en una cultura que redefine el sexo, el matrimonio y lo que está bien o mal (Vida, 2019), por Albert Mohler.

La generación actual a menudo se encuentra con material que ninguna generación precedente podría haber comprendido.

Consideremos una reciente columna de opinión de Jennifer Finney Boylan en el New York Times titulada “Yo tuve una infancia, una vez”. Al escribir sobre sus tres hijos, reflexionaba sobre su infancia en verano y sobre “lo que significa ser un niño en este país, y cómo ha cambiado la infancia con el tiempo”. A mitad del artículo, Boylan sorprendía al lector con una sorprendente revelación: “También tuve veranos así en los años sesenta, y, aunque me hice mujer en la adultez y tuve que luchar con el tema del género hasta entonces, no es menos cierto que tuve una infancia, y que muchos de sus momentos fueron bastante felices”. Ninguna generación anterior podría entender esta afirmación. Sin embargo, su columna anuncia una realidad colosal que no podemos ignorar: la revolución transgénero ha llegado. ¿Cómo deberíamos pensar al respecto?

La respuesta cristiana al movimiento transgénero debe comenzar con las Escrituras. La Biblia valora como parte de la bondad del orden creado por Dios aquello que el movimiento transgénero desecha como el “sistema binario de género”. Génesis 1-2 presenta nuestra condición de varón o mujer como esencial para nuestra identidad propia, no solo como seres humanos que forman una familia, sino como individuos. Cada individuo está hecho a imagen y semejanza de Dios. Como Denny Burk argumentaba acertadamente: “No nos atrevemos a perder de vista que Dios creó la diferenciación sexual. Los términos varón y mujer no son construcciones culturales. No se trata de roles sociales impuestos a la humanidad a través del crecimiento de la cultura y la tradición. Varón y hembra designan la distinción fundamental que Dios ha incorporado en la biología misma de la raza”.

Nuestra identidad como hombre o mujer no es el resultado de un accidente biológico. No nos lo impone el doctor en el parto. No nos lo imponen las expectativas sociales, los hábitos morales, ni los significados culturales de nuestra sociedad. Nuestra identidad como hombre o mujer es lo que somos. Quienes nacen como intersexuales, hermafroditas, o con genitales ambiguos nunca deben ser tratados como si fueran menos humanos. Nos recuerdan dos verdades de suma importancia. Primero, todos somos igualmente hechos a la imagen de Dios y todos nosotros somos igualmente capaces de manifestar la gloria de Dios en nuestra existencia como criaturas, de la misma manera que todos somos igualmente responsables ante Dios como nuestro Creador. Segundo, nos recuerdan que las consecuencias del pecado de Adán afectan incluso nuestra estructura cromosómica. El sexo biológico ambiguo nos muestra que hasta nuestra biología evidencia nuestra caída.

El sistema binario de género se basa en una realidad biológica que no es una construcción social.

Lo que distingue al movimiento transgénero es la intención de cambiar la identidad de género que uno tiene a partir de su sexo biológico. De hecho, ahora el movimiento está impulsado por afirmaciones de que el sistema mental de un individuo es incompatible con el cuerpo. Cada vez más escuchamos el argumento de que un individuo se está “arreglando” el cuerpo para que se corresponda con la consciencia de dicho sujeto. Los cristianos debemos pensar con mucho cuidado a este respecto. Debemos recurrir a la Escritura para entender cómo situar este desafío moral en la historia que nos ofrece la Escritura y de acuerdo con lo que enseña la Palabra de Dios. Por lo tanto, sostenemos sin titubeos que nacer varón es nacer varón y que nacer mujer es nacer mujer.

El sistema binario de género se basa en una realidad biológica que no es una construcción social. Admitiendo que en el mundo caído toda sociedad acumula ideas socialmente construidas acerca del género que a menudo son erróneas e inconsistentes con las Escrituras (y que por lo tanto deben ser enfrentadas y corregidas), el cristiano está obligado, bajo la autoridad de las Escrituras, a insistir en que el género asignado por medio del sexo biológico no es un accidente. Afirmamos que el sexo biológico es un don de Dios para cada individuo y para la comunidad humana a la que pertenece.

Esto significa que los cristianos debemos enfrentarnos a la ideología transgénero desde sus cimientos, a la vez que admitimos que con frecuencia la iglesia ha tomado de la cultura suposiciones y expectativas sobre el género que son construcciones sociales y no están sustentadas por la Biblia. Además, debemos admitir que los cristianos hemos pecado contra las personas transgénero y contra los que lidian con tales cuestiones al darles explicaciones simplistas que no toman en cuenta la profunda angustia espiritual y personal de quienes pasan por esas luchas.

Por otra parte, debemos entender que el argumento que sostiene que el cerebro está configurado de manera diferente al cuerpo no justifica las razones para la cirugía de reasignación de sexo ni la opción transgénero. Más bien, demuestra la fractura de la creación y los efectos del pecado humano. Para el cristiano es una oportunidad de responder con el mensaje del evangelio y con el reconocimiento de que cada cristiano es un individuo fracturado que busca volver a estar completo en el único lugar en el que puede encontrarlo: en la obediencia a la Escritura bajo el señorío de Cristo.

La revolución transgénero muestra a los cristianos que el evangelio se enfrenta a ideologías, modelos de engaño, y oposición espiritual en cada generación.

Todo esto apunta a una serie de dilemas pastorales y congregacionales complejos. En su momento, llegarán a las puertas de cada congregación preguntas extremadamente concretas y difíciles. ¿Qué hacemos cuando llega a nuestra iglesia una persona que vive una identidad de género opuesta a su sexo biológico? ¿Cuándo debe ser bautizado y recibido en la congregación un individuo que profesa a Cristo y se arrepiente de sus pecados? ¿Cuál es la expectativa a largo plazo en cuanto a cómo debe demostrarse la obediencia y la sumisión a Cristo en la vida de este creyente? Estas cuestiones se complican aún más con las intervenciones quirúrgicas y otros factores que pueden incidir en la situación pastoral. He escrito sobre eso. Basta decir aquí que todas las congregaciones se enfrentarán a estas cuestiones, y es probable que sea más pronto que tarde.

Los cristianos comprometidos con las Escrituras no pueden aceptar la lógica del “omnigénero” ni el esfuerzo por “ir más allá del género”, ni siquiera el esfuerzo por difuminar las fronteras de género. La fidelidad nos exige no solo rechazar esta lógica, sino cuestionarla con la enseñanza clara de la Escritura. Además, al hacerlo, no simplemente entramos en un difícil y doloroso escenario de conflicto intelectual e ideológico; entramos en un escenario en el que están en juego los destinos eternos. Cuando entramos en este escenario, nos enfrentamos a principados y potestades con los que ninguna generación cristiana anterior se ha enfrentado.

Como mínimo, la revolución transgénero muestra a los cristianos que el evangelio se enfrenta a ideologías, modelos de engaño, y oposición espiritual en cada generación. El hecho de que no luchamos contra carne y sangre, sino contra principados y potestades, nunca es tan dramático e importante como cuando estamos en medio de una lucha. El movimiento transgénero nos recuerda con quién estamos luchando en realidad. Debemos recordar que luchamos esgrimiendo un evangelio que no puede fallar.


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Imagen: Lightstock.
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