Cuando Dios no remueve el aguijón

Uno de los relatos más conmovedores y honestos dentro de los escritos del apóstol Pablo se encuentra en la segunda carta a los Corintios. En ella, Pablo ha venido describiendo una experiencia que había tenido catorce años antes de escribir esta epístola, cuando dice él que “fue arrebatado hasta el tercer cielo” (2 Co. 12:2). En ese lugar, continúa el apóstol, “oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Corintios 12:4). Sin duda la experiencia de este gran hombre de Dios fue extraordinaria, única y gloriosa.

No obstante, Pablo reconoce que en vista del riesgo de auto exaltarse y vanagloriarse por esa experiencia, “me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee” (2 Co. 12:7). El sentimiento de angustia se profundiza cuando después de orar, se le da a entender que el aguijón no será removido: “respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Co. 12:9). Con seguridad la respuesta divina dejó perplejo al apóstol, al menos inicialmente.

A través de los años, los teólogos no se han puesto de acuerdo en cuanto a la naturaleza del aguijón de Pablo. Algunos han especulado con una enfermedad, y otros con una debilidad personal, etc. Más allá de esto sabemos que era una situación o condición que lo doblegaba y afligía al extremo.

No obstante, los creyentes nos podemos identificar con la experiencia de Pablo. En cierto sentido, todos en algún momento hemos experimentado (o seguimos experimentando) nuestro “aguijón”. Eso que nos doblega, nos aflige, y nos humilla. Eso que nos punza e incomoda. Persecución, debilidad, enfermedad, escasez, temores, traumas o dolores. Sea lo que sea, nos aflige y estremece. Y lo que más nos frustra es que le pedimos a Dios, y el “aguijón” no es removido. Como le pasó a Pablo.

“Bástate mi gracia” le respondió el Señor a Pablo, y nos responde a nosotros también. “Mi gracia es suficiente. Mi gracia te basta”. Porque cuando Dios trae algo a nuestra vidas, sigue siendo un acto de su bendita y soberana gracia. Por gracia lo permite. Por gracia lo envía. Por gracia nos sostiene en medio de esas circunstancias difíciles. Por gracia obra y usa ese aguijón para nuestro bien. Por gracia está formando la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). Su gracia es suficiente.

De eso se trata el evangelio: el anuncio de las buenas nuevas de salvación por gracia. En realidad toda la experiencia de la salvación es un don de la gracia de Dios, desde nuestra conversión inicial hasta la glorificación final, incluyendo nuestra santificación.

Esa es la razón por la que Dios no remueve el aguijón: Porque en medio y por medio de este, Él esta formando el carácter de su Hijo en nosotros.

Pablo le dijo a los Tesalonicenses que “la voluntad de Dios es vuestra santificación”( 1 Ts. 4:3). El Señor desea y está comprometido en hacernos crecer en santidad. A los filipenses se les dijo que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). Hacernos y transformarnos a Su imagen es la gran obra que el Señor empezó, hace y terminará hasta el final.

Cuando Dios no remueve el aguijón es porque Él está obrando. Cuando la adversidad, la aflicción y el dolor perduran, debemos confiar que él no es ajeno a nuestra circunstancias. Dios es soberano y rey sobre nuestras dificultades, establece sus límites y los usa para nuestro provecho. Podemos descansar en que Su perfecta y bendita voluntad se está cumpliendo y que eso es lo mejor para nosotros.

La gracia es mayor que el aguijón. Su gracia es suficiente.

 

CARGAR MÁS
Cargando