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Hace unos días me encontraba llorando desesperada en mi habitación, llevando mi dolor a Dios, diciéndole: “¿Hasta cuándo nos tendrás en esta situación de escasez y desconcierto? ¡Ha pasado mucho tiempo!”.

Me quedé en silencio hasta que Dios trajo a mi mente sus palabras:

“Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito. Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:28-29).

“¿Qué de diferente tendría este versículo que ya conozco?”, pensé. Entonces abrí mi Biblia para leerlo y Dios me trajo convicción a través de Su Palabra: El sufrimiento es parte de todas las cosas que obran para bien en mi vida porque he sido llamada por Dios para salvación eterna.

Por muchos años fui enseñada a huir del sufrimiento, ya sea porque me decían que era consecuencia de demonios o porque fallé en realizar algunas actividades religiosas. “El sufrimiento no es para los hijos de Dios”, era lo que me enseñaban. Sin embargo, tú y yo podemos afirmar que, aunque el dolor es parte de este mundo caído por causa del pecado, Dios lo usa para bien en nuestras vidas.

Con esto en mente, meditemos en ese pasaje de la carta de Pablo a los Romanos. Allí encontramos dos razones para regocijarnos en medio del sufrimiento.

1. Todas las cosas cooperan para tu bien

Si Dios nos salvó, podemos estar seguros de que todo lo que nos acontece —lo alegre y doloroso— ocurre bajo Su soberanía que obra para nuestro bien.

Nuestra respuesta a las circunstancias difíciles debería ser una de agradecimiento a Dios en todo tiempo

¿No es cierto que luego de una circunstancia difícil, a veces te encuentras diciendo: “si no hubiese sido por lo que pasé, no habría comprendido esto o lo otro acerca de Dios”? A menudo podemos ver que una situación dolorosa es un medio para algo mejor (que llega cuando Dios decide), y esto es un ejemplo de este principio en acción.

Por supuesto, no tendremos los mejores finales de este lado de la eternidad. Pero en Cristo aguardamos la esperanza que un día no habrá más lágrimas, sino gozo. Y todo lo que ocurre mientras tanto forma parte de su plan perfecto.

Nuestro buen Dios, que nos ha llamado y salvado, ha catalogado el sufrimiento en todas las cosas que nos acontecen, como algo conforme a Su voluntad. Como un bien a nuestro corazón que está siendo transformado para atesorar más al Señor en todo tiempo.

2. El propósito de Dios es que seas más como Cristo

Dios nos está formando para que seamos hechos conforme a la imagen de Su Hijo (v. 29). Este es su propósito para nosotros. Esta realidad nos ayuda a perseverar en nuestro amor cada vez más profundo por Dios y no en pretender huir del sufrimiento (esto último es imposible en un mundo caído). En Su Soberanía, Su propósito garantiza nuestro bien gracias a la obra de Cristo Jesús.

La soberanía de Dios es nuestro descanso y nos permite regocijarnos en medio del dolor

¿Cuánto anhelas crecer en ese propósito? Ya que estamos siendo conformados a imagen de Cristo, nuestra respuesta a las circunstancias difíciles debería ser una de agradecimiento a Dios en todo tiempo, sabiendo que Él no nos dejó muertos en delitos y pecados (Ef 2:1-2) y cuida de nosotros.

Debemos aprender a vivir con el sufrimiento, incluso cuando nos enfrentamos a situaciones que no podemos cambiar y de las cuales no podemos escapar o responsabilizar a otros. Algunas circunstancias son momentáneas; otras son de largo tiempo y quizás otras vinieron para quedarse hasta que Cristo vuelva. Sin embargo todas existen conforme a Su Propósito. Por lo tanto, nuestro enfoque durante los períodos de sufrimiento debe estar en permanecer en la Palabra para responder a Dios en gratitud por lo que Él está produciendo en nuestro carácter. 

Podemos crecer y regocijarnos

La respuesta al sufrimiento es tener la mirada puesta en la obra de Cristo y en aquel día donde no habrá más dolor (Ro 8:18). Mientras tanto, el sufrimiento produce crecimiento en nosotros para gozarnos más en nuestro Dios soberano, porque no nos queda otro camino más que Él que Cristo nos trazó.

Mientras esperamos pacientemente en su voluntad buena, agradable y perfecta, aprendamos a vivir en donde estamos con nuestra mirada en el cielo, de donde viene nuestra ayuda. Podemos orar: 

Señor sé mi consuelo. Sé mi ayuda. Sé mi fortaleza. Sé mi sabiduría. Sé mi gozo mientras paso el valle de sombra de muerte. No me prives de este dolor si me está formando a imagen de Cristo. No me prives de conocerte más, para morir a mi yo; quiero regocijarme en ti en los buenos tiempos, pero aún más en los difíciles.

En las crisis en el matrimonio, en las relaciones complejas con hermanos, cuando han pecado contra nosotros o hemos pecado, en la injusticia que observamos alrededor, en la enfermedad, en la escasez, en el duelo… en todo momento, Dios está obrando para nuestro bien. Su soberanía es nuestro descanso y nos permite regocijarnos en medio del dolor porque Él, quien nos llamó y nos compró, es fiel en perfeccionarnos hasta el día de Jesucristo.

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