No solo leas la Biblia, ¡obedécela!

¡Me encanta cocinar! El problema es que no tengo mucho tiempo, y muchas veces cocino comidas poco elaboradas. En mi estudio tengo dos repisas de mi estantería llenas de libros de cocina, recetas, y hasta una enciclopedia de “la buena cocina”. Suelo leer algunas recetas de estos libros, y de vez en cuando me lanzo a cocinar algo más laborioso para ocasiones especiales. Hoy, en YouTube, puedes aprender a cocinar paso a paso cualquier plato que quieras; ¡es increíble y fascinante!, por lo menos para mí, que soy amante de la cocina casera y tradicional.

Pero por mucho que lea recetas y vea vídeos en YouTube, de nada me sirve si no me pongo el delantal y me meto en la cocina. Si quiero saborear la receta de un buen bizcocho, ¡tengo que mezclar los ingredientes y cocinarlo! Esto es sentido común, ¿verdad? ¡Pero también es muy bíblico!

De igual manera, no solo debemos ser oidores de la Palabra de Dios, sino también hacedores. Por supuesto que tenemos que conocer, leer, y meditar las Escrituras, pero de nada me sirve conocerlas bien, incluso saber pasajes y versículos de memoria, si luego no obedezco y no aplico lo que leo a mi vida. La epístola de Santiago nos exhorta sobre este peligro: “Sean hacedores de la palabra y no tan solamente oidores, engañándose a ustedes mismos” (Stg. 1:22).

Voy a mencionar unos pocos y sencillos consejos que pueden ayudarte a obedecer y aplicar la Palabra de Dios en tu vida:

1. Conoce bien tu Biblia. Léela, y no solo los libros o pasajes que más te gusten. Léela completa, sin pasar por alto ningún libro. “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia” (2 Tim. 3:6). Puedes incluso usar comentarios bíblicos que te ayuden a entender pasajes o versículos difíciles, o hacer preguntas a tu pastor o a alguien más maduro en la fe.

2. Obedece la Palabra. Puedes tener todo el conocimiento de la Palabra revelada por Dios, pero si no la obedeces, no te sirve para nada. ¡Recuerda las recetas! Sé que hay mandatos difíciles, como por ejemplo amar a tus enemigos y orar por ellos (Mt. 5:44). Cumplir un mandato así no es solo difícil, ¡es imposible! Pero si eres un verdadero creyente, tienes la ayuda del Espíritu Santo en tu vida. Él te dará las fuerzas y la misericordia para obedecer toda la Escritura, aunque parezca imposible.

Además, obedecer la Palabra de Dios nos hace prudentes y sabios: “Por tanto, cualquiera que oye estas palabras mías y las pone en práctica, será semejante a un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca” (Mt. 7:24). Por el contrario, desobedecer la Palabra de Dios nos hace insensatos, necios: “Todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica, será semejante a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena” (Mt. 7:26).

El verdadero cristiano ama la Palabra de Dios porque ama al dador de ella.

Si obedeces la Palabra y la guardas en tu corazón, estás mostrando que amas a Dios: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (Jn. 14:21); “Si alguien me ama, guardará mi palabra” (Jn. 14:23); “El que no me ama, no guarda mis palabras” (Jn. 14:24). ¡Está más claro que el agua! El verdadero cristiano ama la Palabra de Dios porque ama al dador de ella, quiere agradarle en todo, y obedece humildemente y con agrado a lo que su Señor le pida.

3. Cuídate de pecar. Recuerda que pecar no es solo hacer algo en contra de la santidad y voluntad de Dios; también es pecado no hacer el bien que sí puedes hacer: “A aquél, pues, que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado” (Stg. 4:17).

4. Sé hacedor de la Palabra. Si no eres hacedor de la Palabra, principalmente no estás engañando a otros. Te estás engañando a ti mismo. “Sean hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos” (Stg. 1:22). Quizá piensas que eres salvo por ir a la iglesia, cantar, y saber la verdadera doctrina del Evangelio, pero no es así.

No te engañes pensando que irás al reino de los cielos, solo para morir y llevarte la sorpresa de que estás en el sitio contrario, en el infierno. “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 7:21). Sé honesto contigo mismo. Mira en tu corazón si en verdad estás confiando en la obra de Jesús en la cruz muriendo por tus pecados. Mira si hay fruto del Espíritu Santo en tu vida. Si tienes dudas, habla con alguien que pueda ayudarte.

5. Busca serle agradable. Cuando oigas o leas la Palabra de Dios, busca lo que a Dios le agrada, no lo que a ti te agrada. Deja que la Palabra crezca y permanezca en ti, en tu corazón y en tu vida. Persevera en lo que has aprendido y aplícalo a tu vida. Si Dios te dice que ores, ¡ora! Si dice que no dejemos de reunirnos como algunos tienen por costumbre, ¡pues reúnete con el pueblo de Dios! Si te dice que seas fiel a tu esposo o esposa, ¡pues sé fiel! Dios quiere que nos conformemos a la imagen de su amado Hijo Jesucristo. En cada sermón, estudio bíblico, o lectura que hagas, proponte dar un paso de acción. Sé intencional en ello.

La mejor manera de glorificar a Dios con tu vida, tus pensamientos, y tus acciones, es poniendo por obra su Palabra.

Cuando aplicas y obedeces la Palabra de Dios, vendrá gozo a tu vida y serás bienaventurado: “Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Lc. 11:28 RV60); “Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” (Stg. 1:25 RV60).  

6. No dejes rincones escondidos. No dejes que tu corazón te engañe. Aplica la Biblia en todos los rincones de tu vida. No lo hagas para ganarte la salvación. La salvación es un regalo de Dios por pura gracia. Guarda y obedece la Palabra por el placer de obedecer y mostrar tu amor y gratitud a Aquel que dio su vida y su sangre en la cruz por ti, pecador, aunque no lo merecías.

7. Mira a Jesús. Jesucristo es nuestro mayor y supremo ejemplo. Si Él, siendo Dios, se encarnó y se humilló hasta lo sumo para obedecer y cumplir el plan de salvación que le encomendó su Padre celestial, ¡cuánto más nosotros debemos obedecer a Dios! “Aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció” (Heb. 5:8); “Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:8).

No te engañes. La mejor manera de glorificar a Dios y de honrarle con tu vida, tus pensamientos, y tus acciones, es poniendo por obra su Palabra. Que Él nos ayude cada día a ser hijos obedientes, y veremos cómo nuestras vidas serán transformadas de gloria en gloria.


Imagen: Lightstock.
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