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La historia de los israelitas en el desierto es fascinante. Este pueblo escogido y apartado por Dios y para Dios había sido testigo de Sus increíbles obras cuando los liberó de la terrible y larga esclavitud en Egipto. Vieron cómo el Señor separaba el mar Rojo para que pudieran pasar al otro lado y cómo luego las aguas se cerraron y engulleron a sus enemigos para siempre. Estaban a salvo (Éx 14).

Estaban a salvo, sí, pero con un matiz: estaban en el desierto (Éx 15:22). Lo que no sabían entonces fue que estarían en el desierto por mucho tiempo, no porque fuera un sitio agradable, tampoco porque Dios fuera cruel ni porque ese fuera su destino final. El desierto era un tiempo de transición porque, al fin y al cabo, tenían la promesa de una tierra de abundancia. De esta manera, el desierto se convirtió en una oportunidad, en una tierra de cultivo para el aprendizaje.

Sin embargo, el resultado no fue el esperado. El tiempo en el desierto se volvió tedioso, largo y pesado. ¿Por qué? Porque no quisieron aprender a confiar en Dios y el costo fue muy alto: una generación completa no vio la tierra prometida (Nm 14:28-33).

La motivación en el aprendizaje

Volveré a la historia de Israel más adelante, pero ahora quiero reflexionar en cómo el desierto sirve como metáfora para el proceso de aprendizaje cuando este se vuelve deficiente. En mi experiencia como educadora pude confirmar que para que una persona aprenda tiene que estar motivada. De lo contrario, este camino se convierte en un camino arduo, tanto para quien aprende como para quien enseña.

Así que, si estás sirviendo en la enseñanza, el discipulado o la mentoría en tu iglesia local, te invito a reflexionar con las siguientes preguntas sobre tu experiencia acompañando a otros hermanos en su crecimiento:

  • ¿Cómo llegan las personas a esas instancias de aprendizaje (sean formales o informales)?
  • ¿Cuáles son las diferentes actitudes durante el proceso de aprendizaje? ¿Qué crees que ha provocado estas actitudes?
  • ¿Has observado algún cambio de actitudes antes y después del discipulado y la enseñanza? ¿Qué crees que provocó ese cambio?

En esa línea, quiero compartirte brevemente tres principios de andragogía (tomados de The Adult Learner), que nos ayudan a intentar mejorar la motivación en el aprendizaje de las personas a las que servimos.

1. Enseñar con utilidad

En primer lugar, lo que enseñamos debe tener una utilidad concreta: «Los adultos estarán motivados para aprender en la medida en que perciban que el aprendizaje les ayudará a realizar tareas o a afrontar los problemas a los que se enfrentan en sus situaciones vitales».1

Los niños aprenden porque lo tienen todo por aprender. En cambio, los adultos ya llevan una mochila cargada y tienen una dirección de vida definida, por lo que es imprescindible que puedan conectar la enseñanza con su momento vital, sus circunstancias e intereses. No enseñamos en el vacío, enseñamos para suplir necesidades.

2. Reconocer los obstáculos

En segundo lugar, debemos reconocer y tener en cuenta los posibles obstáculos al aprendizaje:

La mayoría de los adultos están motivados para seguir creciendo y desarrollándose, pero esta motivación se ve a menudo obstaculizada por barreras como una imagen negativa de sí mismos, la falta de acceso a oportunidades o recursos, las limitaciones de tiempo y los programas que incumplen los principios del aprendizaje de adultos.2

Puede parecer inverosímil, pero muchos adultos pueden arrastrar por años y años malas experiencias de aprendizaje que los vuelven reticentes a tomar nuevas oportunidades. Además, la vida de un adulto es compleja y el aprendizaje viene a ser como un elemento más que compite por un lugar en su agenda diaria.

Debemos ser sensibles a todas estas realidades para desarrollar compasión y paciencia, y ajustar nuestras intenciones, programas y contenidos para su mejor utilidad.

3. Establecer objetivos

En tercer lugar, debemos ayudar a las personas a establecer objetivos: «El establecimiento de objetivos es importante, ya que las motivaciones para el aprendizaje y los éxitos y fracasos personales determinan la forma en que las personas se fijan objetivos futuros».3

El objetivo principal del crecimiento espiritual, la razón de más peso, la necesidad y misión de todo cristiano es ser más como Cristo

Las personas estarán más motivadas a aprender, no solamente si saben hacia dónde van, sino además si pueden, en el camino, ver los avances y retrocesos que les permiten aprender, volver a levantarse y continuar. Sin objetivos concretos, las personas pueden sentirse sin rumbo y sin dirección.

Además, hay muchas otras herramientas y principios pedagógicos, que son importantes y nos pueden beneficiar inmensamente: escoger bien los materiales, las herramientas y los recursos que vamos a usar; cuidar los métodos de presentación; incentivar mediante premios y recompensas; y un largo etcétera.

La Biblia también nos inspira con modelos e ideas que podemos usar. Pero hay un objetivo determinante en la enseñanza cristiana que nunca debemos pasar por alto, pues está en la base de una buena motivación didáctica.

Ser como Cristo

Más allá de los consejos prácticos para la enseñanza de adultos en nuestras iglesias, lo más importante y el fundamento de toda la motivación necesaria para un cristiano es creer la promesa de ser como Cristo.

A la primera generación del pueblo de Israel en el desierto no le faltaron razones para estar motivados a aprender a confiar y madurar su confianza en Dios, pero no lo hicieron. Solo hubo dos personas que fueron la excepción, y el desenlace para ellos fue muy diferente: Josué y Caleb. ¿Por qué?

En primer lugar, porque recibieron a manos llenas su llamado y se sometieron a hacer lo que Dios, por medio de Moisés, les llamó a hacer: recorrer la tierra y traer un informe (Nm 13:17-20). En segundo lugar, porque entendieron que la tierra era la promesa de un Dios de gracia, lo que les permitió ver todo lo bueno en ella y confiar en que Dios se la daría (13:30). En tercer lugar, porque confiaron en que el Señor estaría con ellos, por encima de todas las circunstancias adversas, por lo que no había cabida para el temor (14:24).

Los corazones dispuestos y enseñables de Josué y Caleb, a diferencia del resto del pueblo, les ayudaron para recibir la promesa. Pero fue sobre todo la promesa divina lo que les motivó a confiar en el Señor. En la travesía por el desierto hasta ese momento, habían sido testigos del cuidado de Dios y aprendieron a confiar en Él. Eso los motivó a actuar con fe en un momento clave de sus vidas. Pero la fe de Josué y Caleb apunta a alguien mayor.

Hubo otro que también estuvo en el desierto cuarenta días, un símbolo de los cuarenta años que los israelitas pasaron en el desierto: Jesús. Sin embargo, cuán diferente fue su carácter comparado al Israel del Antiguo Testamento.

Él se sometió a la voluntad de Dios en el desierto, se predispuso a aprender en el desierto, batalló con Su enemigo en el desierto y venció. Venció porque tuvo un corazón humilde y dispuesto una y otra vez a servir a otros, a correr hacia la meta de Su llamado, a someterse al Padre. Y Su victoria en el desierto fue el preludio a la victoria mayor en la cruz. Él prometió que estaría con Sus discípulos (Mt 28:20) y ahora Dios nos transforma a semejanza de Su imagen por medio de Su Espíritu (2 Co 3:18; Col 3:10; 1 Jn 3:2).

Entonces, ¿cuál es la mayor motivación para los creyentes en su camino de aprendizaje y madurez? Estoy convencida de que lo principal está en ayudarles a ver que el objetivo principal del crecimiento espiritual, la razón de más peso, la necesidad y misión de todo es ser más como Cristo.


1. Malcolm S. Knowles, Elwood F. Holton III, Richard A. Swanson y Petra A. Robinson, «The Adult Learner» (2005). ↩
2. Ibid. ↩
3. Ibid. ↩
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