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Nuestra vida diaria puede convertirse en una rutina que poco a poco nos va estancando y robando la ilusión. Nos levantamos por la mañana arrastrados por las obligaciones, engullimos un rápido desayuno y salimos corriendo por la puerta para ir a trabajar. Más tarde volvemos a casa con las prisas de la cena, los deberes de los niños, las tareas del hogar… y nos acostamos exhaustos. Al día siguiente, volvemos a empezar.

¿Te sientes identificado?

Vidas tibias

Ahora bien, ¿te das cuenta de que esto mismo nos suele pasar en nuestra vida espiritual? Nos levantamos por la mañana y hacemos el devocional rápida y distraídamente porque las obligaciones del día no esperan; por la noche, estamos tan cansados que hacemos la lectura bíblica y la oración casi dormidos. El domingo, un día que debería ser de reposo y deleite, se ha convertido para muchos en una pesada carga por las muchas responsabilidades del servicio en la iglesia o en una participación lánguida durante la reunión porque nuestra mente está preocupada por los afanes de la semana.

A veces parece que estas rutinas, a las que desgraciadamente nos acomodamos con facilidad, van minando poco a poco nuestra vida interior cuando las practicamos sin asombro o enfoque. Nos hacen perder la frescura y el gozo de nuestro primer amor. Nos convierten en tibios. El problema de fondo es que hemos perdido el asombro por la vida y, en especial, por el evangelio.

Si queremos vivir con gozo en medio de las tempestades de la vida es fundamental aprender a cultivar el espíritu de asombro ante el evangelio

Déjame que te lo explique desde otro punto de vista. Cuando mi hijo era pequeño, tuve que aprender a gestionar el tiempo de otra manera en nuestras salidas. ¿Por qué? Porque su ritmo no era el mío. Él se tomaba su tiempo para parar, observar y maravillarse con todo lo que le rodeaba, en especial con las cosas pequeñas, aquellas a las que yo había dejado de prestar atención por las prisas del día a día. Fue entonces cuando me di cuenta de que en el afán de la vida me fui olvidando de todo lo bello, lo hermoso, lo admirable y maravilloso (cp. Fil 4:8).

Pero podemos recuperar nuestro deleite por causa de Dios y Su evangelio.

¿Cómo cultivar el asombro?

Siempre me han llamado la atención las dos parábolas de Jesús en las que los protagonistas encuentran algo de gran valor: en una, un tesoro escondido; en la otra, una perla de gran precio (Mt 13:44-46). En ambos casos, la reacción de los protagonistas es radical: venden todo lo que tienen para, en el primer caso, comprar el terreno donde se esconde el tesoro; en el segundo, la perla. Es decir, escogen la bancarrota personal por algo que ellos consideran que es mucho mejor que todo lo que ya tienen.

Hay un detalle especialmente notable en el caso del hombre que esconde el tesoro: el texto dice que este hallazgo le produce gran gozo. No ha dejado que el día a día con sus responsabilidades y cargas le roben la capacidad de regocijarse con una buena noticia.

Si queremos vivir con gozo profundo, incluso en medio de las tempestades y las prisas de la vida, es fundamental aprender a cultivar el espíritu de asombro ante el evangelio y ante la experiencia de vivir conforme a él. Con esto en mente, quiero darte cinco ideas para perseguir en oración y comunidad, que espero te ayuden a ti, a tu familia y a tus compañeros de viaje, como han sido de bendición para mí.

1. Vive el presente

Pídele al Señor que te ayude a vivir el momento presente y que te proteja de los remordimientos del pasado o de la ansiedad por el futuro. Si eres hijo de Dios, Cristo borró todas tus culpas (Ro 8:1) y sostiene tu futuro (1 P 5:7). Si vives en el presente, consciente de que tu vida está escondida en Él (Col 3:3), tu capacidad para observar aumentará y serás más consciente de lo que te rodea.

2. Disfruta al Dios creador

No solo nuestros estilos de vida son en este tiempo como torbellinos, sino que muchos también vivimos en ambientes que se caracterizan por tener altos niveles de contaminación acústica, lumínica y visual. Estamos saturados de información y aprisionados por las pantallas. En medio de todo esto, es muy difícil estar atentos.

Cuando contemples a Jesús en la cruz, le escucharás gritar «Te amo» y recordarás el precio que pagó por ti

Dios creó este hermoso mundo en el que vivimos como un regalo para que podamos ver Su gloria desplegada (Sal 19:1-2; Ro 1:20). Sin embargo, no solemos disfrutar de este regalo, sino que incluso lo podemos llegar a despreciar. Por eso te aconsejo: busca la oportunidad de dar un paseo por un parque o un jardín botánico, o sal al campo, a la playa o a la montaña. Deja el teléfono, observa y respira hondo. Cultiva tu asombro por el Creador en la creación.

3. Estimula tu creatividad

Dios es nuestro creador y, porque somos hechos a Su imagen, también tenemos la capacidad de crear. Lo importante aquí no es si se te da bien o no. Se trata simplemente de usar tus manos o tu mente para crear algo. Puede ser en la cocina, horneando un pastel o preparando una cena para los amigos; escribiendo un poema o una carta a alguien necesitado; construyendo un modelo con tu hijo con cartulina; tejiendo un gorrito para el bebé del vecino; aprendiendo una nueva técnica de dibujo o pintura o cuidando de tu jardín. Las opciones son infinitas. Crear aumenta en nosotros nuestra capacidad de asombro.

4. Practica la gratitud

Más a menudo de lo que lo queremos admitir, somos esclavos de nuestra ingratitud. La ingratitud nos lleva por caminos muy peligrosos: la envidia, la codicia, la avaricia, el resentimiento y la amargura. El salmista nos exhorta:

Muchas son, SEÑOR, Dios mío, las maravillas que Tú has hecho,
Y muchos Tus designios para con nosotros;
Nadie hay que se compare contigo;
Si los anunciara, y hablara de ellos,
No podrían ser enumerados (Sal 40:5).

Y Pablo nos exhorta: «Den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús» (1 Ts 5:18). Fíjate que Pablo usa un imperativo. La gratitud a Dios no es opcional. Puedes tener una libreta y tomarte cada día un tiempo para anotar tus motivos de gratitud. Además, la gratitud es algo que también debemos practicar en familia.

Contemplar a Jesús es lo que traerá más asombro y lo que más revitalizará tu vida y caminar espiritual

Cuando ores, trata de que no sea simplemente una oración de peticiones, sino que busca también agradecer al Señor por Sus bondades. Y también te recomiendo leer los Salmos para enriquecer tus oraciones: verás que hay espacio para el lamento y los desalientos, pero también mucha gratitud.

5. Contempla la cruz

Debemos reconocer que nuestra teología y fe actual tienen la tendencia a ser muy triunfalistas. Por eso estoy convencida de que la contemplación de la cruz es esencial para crecer en asombro y, por mucho, la lección más importante en este escrito. ¿Cómo es posible? Pues el profeta Isaías dijo:

Creció delante de Él como renuevo tierno,
Como raíz de tierra seca.
No tiene aspecto hermoso ni majestad
Para que lo miremos,
Ni apariencia para que lo deseemos.
Fue despreciado y desechado de los hombres,
Varón de dolores y experimentado en aflicción;
Y como uno de quien los hombres esconden el rostro,
Fue despreciado, y no lo estimamos (Is 53:2-3).

Sin duda, la invitación a contemplar la cruz no es porque sea bella en sí misma, sino porque lo que sucedió en ella es lo más bello que hemos podido recibir, nuestro tesoro, nuestra perla: la redención en Cristo.

Cuando contemples a Jesús en la cruz, le escucharás gritar «Te amo» y recordarás el precio que pagó por ti (1 P 1:18-21). Cuando contemples a Jesús en la cruz, verás que los problemas o aflicciones más pesados por los que estés pasando, cobran un sentido diferente porque crean un mayor peso de gloria (2 Co 4:17). Contemplar a Jesús es lo que traerá más asombro y lo que más revitalizará tu vida y caminar espiritual.

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