El evangelio llena nuestro trabajo de esperanza

J. R. R. Tolkien, el autor de la novela épica El señor de los anillos, escribió una historia de ficción titulada La hoja de Niggle, que ha servido de inspiración al conversar de la vocación profesional, ayudándonos a ver cómo el evangelio llena nuestro trabajo de esperanza.

Tolkien, un perfeccionista inconforme con las obras que producía, retrató sus propias debilidades en el personaje de Niggle, un personaje distraído por interrupciones y detalles sin importancia que estorbaban sus objetivos y sueños principales.

Niggle era un pintor cuyo nombre en inglés alude a un arduo e ineficiente trabajo que, por más tiempo que se invierta en él, no parece alcanzar el fruto deseado. Él tenía que realizar un largo viaje, aunque la idea misma le resultaba desagradable. Él no quería viajar, pero el viaje era inevitable. Este largo viaje representa la muerte.

“¡Aún no está terminada!”.

Niggle soñaba con pintar detalladamente una hoja seguida de todo un árbol completo detrás del cual, en su imaginación, habría un hermoso campo mostrando atisbos de un bosque en medio de una cadena de montañas que exhibían sus topes salpicados de nieve.

El pintor perdió interés en sus demás proyectos de pintura y, con el fin de desarrollar su visión, desplegó un lienzo tan grande que necesitaba una escalera para poder pintar en toda su extensión. Él sabía que se iba a morir, pero se decía a sí mismo: “No importa lo que me cueste, terminaré este cuadro, mi pintura real, antes de que tenga que partir a ese miserable viaje”.

Así que se dispuso a trabajar en su lienzo dando un brochazo por acá, y otra pincelada por allá, pero nunca lograba avanzar mucho por dos razones principales. En primer lugar, él era el tipo de artista con la capacidad de pintar hojas más que pintar árboles. Él solía pasarse horas muertas detallando una sola hoja, exhibiendo todas las sombras, las luces, los tonos verdes, las nervaduras, y los poros de la hoja que él visualizaba en su mente hasta que estuviera perfecta. Pero por más que trabajaba, su lienzo mostraba muy poco progreso.

La segunda razón era su amable corazón. Niggle constantemente se distraía haciéndole favores a sus vecinos que lo buscaban para pedirle ayuda. De manera particular, tenía un vecino llamado Parish (que en inglés es “parroquia”, aludiendo al trabajo eclesiástico), que no apreciaba para nada la pintura de Niggle y vivía pidiéndole muchos favores.

Toda buena obra, aun la más insignificante que hayamos hecho en respuesta al llamado de Dios, prevalecerá para siempre.

En una noche fría y húmeda, cuando Niggle presentía que su hora estaba cerca, Parish insistió en que Niggle saliera en su bicicleta a buscarle un doctor para su esposa enferma. Luego de exponerse a la lluvia, Niggle cayó enfermo con fiebre y resfriado. Y mientras trabajaba desesperadamente en su pintura inconclusa, el Cochero llega a la casa de Niggle para llevárselo al viaje que él tanto había aplazado. Cuando se da cuenta de que se tiene que ir, estalló en llanto y exclamó: “¡Oh, no! ¡Aún no está terminada!”.

El verdadero final de la historia

Tiempo después de su muerte, los nuevos ocupantes que adquirieron la casa de Niggle notaron que el lienzo que él estaba pintando solo mostraba una hermosa hoja que había quedado intacta. Esa obra fue puesta en el museo del pueblo, y por un tiempo estuvo colgada allí bajo el título de la Hoja de Niggle. Quizá fue advertida por unas pocas miradas de algunos visitantes en el museo.

Pero la historia no termina allí. Después de su partida, a Niggle lo montaron en un tren rumbo a las montañas del más allá celestial, donde finalmente llega a cierto lugar y ve algo que atrapa su mirada. Allí estaba. Ante él se levantaba imponente el árbol, su árbol, ya terminado. Sus hojas estaban abiertas, y sus ramas crecían y se doblaban con el viento que Niggle había imaginado en tantas ocasiones, pero que había fallado en capturar en su lienzo. Su mirada quedó fija en el árbol, y lentamente levantó sus brazos, los abrió a todo lo ancho, y dijo: “¡Es un regalo!”.

El mundo antes de la muerte —su antiguo campo— se había olvidado de Niggle casi completamente, y allí su obra había terminado inconclusa para utilidad de unos pocos. Pero en su nuevo campo, el mundo real permanente, Niggle encuentra su árbol, ya terminado y con todos los detalles que había soñado, ya no como la fantasía del árbol que había muerto con él. Este árbol era parte de aquella realidad verdadera que vive y será gozada para siempre.

Todos nosotros somos Niggle

Tim Keller, en su libro Toda buena obra, dice que esta historia de Tolkien ha sido contada muchas veces a gente de diversas profesiones que, independientemente de sus creencias acerca de Dios y el más allá, siempre quedan profundamente conmovidas.

Tolkien tenía un entendimiento cristiano del arte y del trabajo. Él creía que Dios nos da dones y talentos para que podamos hacer unos por otros lo que Él quiere hacer por nosotros y a través de nosotros. Ahora Niggle estaba seguro de que el árbol que él había soñado era parte de la verdadera realidad, y aunque la Hoja de Niggle fue tan solo un pedacito del árbol que él pudo mostrar a la gente de la tierra, constituía una visión de la Verdad.

Los artistas y emprendedores se pueden identificar de inmediato con Niggle. Ellos trabajan a partir de visiones de un mundo que solo ellos pueden imaginar. Y en realidad, todos nosotros somos Niggle. Todos nos imaginamos logrando proyectos y todos descubrimos que somos incapaces de producirlos como fueron concebidos. Todos queremos dejar un legado en esta vida, pero eso está fuera de nuestro control.

Al creer y recordar la promesa del evangelio de Cristo, trabajarás con satisfacción, gozo, y esperanza en Jesús.

Si esta vida es todo lo que existe, nada de lo que hacemos hará alguna diferencia, y toda buena obra, aun la mejor de todas, quedará en el olvido a menos que haya un Dios. Pero si esta vida no es la única vida, y el Dios de la Biblia existe en medio de una verdadera realidad más allá, entonces toda buena obra, aún la más insignificante que hayamos hecho en respuesta al llamado de Dios, prevalecerá para siempre porque se nos ha prometido que nuestro trabajo en el Señor no es en vano (1Co. 15:58).

Trabajando con la mirada en lo verdadero

Debido al evangelio, el arquitecto puede soñar con planificar la ciudad ideal porque sabemos que después de nuestro viaje veremos la Jerusalén celestial (Ap. 21-22); y el abogado puede soñar con una visión de justicia para toda la sociedad porque se nos ha prometido un reino de paz y equidad donde mora la justicia (2 P. 3:13). Sea lo que sea que hagas en este mundo, al final solo podrás pintar “una hoja”, ¡pero llegará el día en que tus ojos verán el verdadero árbol y el bosque completo!

Realmente existe un árbol. De hecho, la Biblia inicia la historia de la redención hablando del árbol de la vida (Gé. 2:9) en un paraíso que llega a ser prohibido por causa del pecado, y termina en Apocalipsis con el mismo árbol de la vida cuyas hojas son para sanidad de las naciones (Ap. 22:2). El árbol es una figura de Jesucristo, el Creador de todas las cosas (Jn. 1:1-3; Col.1:16); el árbol de la sabiduría (Pr. 3:18; 11:30; 13:12; 1 Co. 1:24,30; Col. 2:3), el único digno de ser alabado (Ap.4:11; 5:12).

Aunque tu trabajo será solo parcialmente exitoso en tus mejores días, el árbol completo que procuras lograr en tu trabajo mediante la belleza, armonía, justicia, gozo, y paz de toda buena obra, ya está preparado para ti en Cristo, en la casa de su Padre (Jn. 14:1-6). Así que cuando veas que solo puedes conseguir hacer una hoja o dos en el corto lapso de tu vida, no te deberías jactar por el éxito, ni sentirte derribado por tus fracasos. Al creer y recordar la promesa del evangelio de Cristo, trabajarás con satisfacción, gozo, y esperanza en Jesús, el Árbol verdadero.


Imagen por Johann Siemens en Unsplash
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