Dios obra a través de tu vocación

Cuando oramos: “Danos hoy el pan nuestro de cada día” (Mt. 6:11), ¿cómo contesta Dios esa oración? La respuesta es que lo hace a través del trabajo de muchas de sus criaturas.

Pensemos en cómo una familia de un pequeño pueblo recibía el pan en su mesa cada mañana. Para que esto ocurriera, había un individuo del pueblo que felizmente se levantaba a las tres de la madrugada para asearse, cambiarse de ropa, trasladarse a su negocio, y abrir la parte trasera de la panadería. Allí encendía el horno mientras amasaba la harina. Luego preparaba los panes, los colocaba en el horno, y finalmente los servía en las vitrinas del establecimiento temprano en la mañana para que estuviesen calientes para el consumo de sus clientes.

¿Cómo explicar que un hombre quiera levantarse de madrugada para ir a hornear panes con tanta antelación solo para que la gente del pueblo pudiera servirse de pan caliente en su desayuno? ¿Cómo explicar que tanta gente se haya dedicado a la preparación del terreno, a la siembra de la semilla de trigo, al cultivo y cosecha del grano, a la preparación, el almacenamiento, la distribución y reventa de la cosecha? ¿Y cómo explicar que varias personas se hayan dedicado luego a la preparación del alimento crudo para cocerlo y dejarlo listo en el momento adecuado, manteniendo la calidad y frescura para un consumo deleitoso y seguro? A esto es lo que llamamos tener vocación.

¿Qué es la vocación?

La palabra vocación es una traducción de la palabra latina vocatio, que significa llamado. De ahí la palabra “invocar” o “invocación” cuando llamamos a alguien. De hecho, la Biblia expresa la misma idea tanto en el idioma hebreo como en el griego para referirse al llamado que Dios hace a pecadores por medio del evangelio para atraernos a sí mismo (1 Co. 1:1-2; 2 Tes. 2:14), para que andemos conforme a la vocación con que hemos sido llamados (Ef. 4:1). En esta última referencia, tanto la palabra “vocación” como “llamado” son la misma raíz griega kaleo, del llamado de Dios, que fue traducido al latín como vocación.

Sin embargo, durante la Edad Media, la gente llegó a pensar erróneamente que el término vocación debía entenderse en el contexto del llamamiento de Dios al ministerio a tiempo completo. Si alguien sentía un llamado al ministerio, entonces se decía que esa persona tenía “vocación”. Por lo tanto, en la sociedad había una jerarquía, tanto entre los laicos como en el clero: aquellos que dedicaban sus vidas a la meditación y el estudio de la Palabra de Dios eran considerados con un llamamiento más santo y agradable a Dios que el resto de la gente que se dedicaba a oficios “mundanos”, como mercadear bienes y servicios, crear obras de arte, o aun estudiar leyes y política. Todo esto cambió durante la Reforma protestante del siglo XVI.

La vocación no se trata de lo que nosotros hacemos sino de lo que Dios hace a través de nosotros.

A la luz del evangelio, predicado durante la Reforma, somos agradables a Dios por su pura gracia a través de Cristo, siendo justificados por la fe sola, sin las obras de la ley (Ro. 3:24,28). Por lo tanto, no hay diferencia entre aquellos cristianos que dedican sus vidas a ministerios de predicación, justicia social, y ayuda a los menos privilegiados, en comparación con otros que dedican sus vidas a oficios laicos. La Reforma reveló que la iglesia se había apartado de la Escritura inventando una falsa noción de salvación por medio de obras humanas en lugar del mensaje del evangelio que anuncia el perdón de los pecados por la sola gracia de Dios, por la fe sola en Cristo solo, donde solo Dios se lleva la gloria.

Para Martín Lutero, uno de los precursores de la Reforma, así como la vida cristiana no se trata de lo que tú haces para Dios sino de lo que Él ya hizo por ti en Jesucristo, de la misma manera la vocación no se trata de lo que nosotros hacemos sino de lo que Dios hace a través de nosotros. Los reformadores recordaron a su generación que todos los creyentes somos sacerdotes que intercedemos unos por otros, como piedras vivas edificadas como casa espiritual para un sacerdocio santo, ofreciendo sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1Pe. 2:5,9).

Los dedos de Dios bendiciendo a sus criaturas

Este concepto del sacerdocio de los creyentes no minimiza el oficio pastoral de hombres llamados al ministerio para bendecir a otros por medio de la administración de los misterios de Dios en su Palabra (1 Co. 4:1). Más bien, la enseñanza que rescató la Reforma reiteraba que los laicos también tenían una vocación, un llamado a sus propias responsabilidades santas comunicando bendiciones a los que los rodeaban.

La vocación fue presentada como los dedos de Dios bendiciendo a sus criaturas por su pura gracia. Es como si nosotros fuésemos las máscaras que Dios usa, escondiéndose detrás de sus criaturas, para bendecir a personas en medio de un mundo marchitado por el pecado.

Al respecto, se cuenta que un laico arrepentido y lleno de fe en Cristo se acercó a Lutero para preguntarle qué debía hacer ahora que había creído para agradar a Dios en su vida. Lutero le preguntó: “¿A qué te dedicas?”. Él le respondió: “Soy zapatero”. Lutero, entonces, le dijo que procurara hacer los mejores zapatos, y que los vendiera al precio justo para servir a su prójimo. Esto refleja cómo la Reforma entendió la vocación.

Nuestra vocación debe verse como un regalo de la gracia de Dios que Él preparó para nuestro prójimo por medio de instrumentos humanos.

Esta enseñanza iluminó y prosperó a las naciones protestantes que entendieron que el servicio del hombre es un llamado de Dios que Él usa como medio de gracia en todas las esferas de la sociedad. Por medio de este servicio, Dios da diligencia a los hombres para prosperar la tierra, creando riquezas para reinvertirlas en más negocios que beneficien a más trabajadores, para que más familias sean alimentadas y más sociedades sean construidas.

Nuestra vocación y trabajo en general debe verse como un regalo de la gracia de Dios que Él preparó para nuestro prójimo por medio de instrumentos humanos. Si, por ejemplo, soy recepcionista, y atiendo al teléfono y recibo a las personas, ¡cuántas oportunidades tendré de servir a mi prójimo con una buena palabra de aliento o con una sonrisa oportuna! Es cierto que mi empleador no me paga para predicar el mensaje explícito del evangelio, pero es inevitable que el efecto implícito del evangelio se note en lo que hago por amor a mi prójimo.

Dios nos da el privilegio de servir a nuestro prójimo con los dones y talentos que Él nos dio por su gracia, para su gloria. Recuerda que tu vocación no se trata de lo que tú haces, sino de lo que Dios hace a través de ti.


IMAGEN: LIGHTSTOCK.
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