El evangelio, la iglesia, y el pecado sexual

Vivimos la realidad de un mundo que agresivamente promueve una agenda sexual contraria a la bíblica. La agenda de sexo libre y de la normalización de preferencias LGBT exalta la sensualidad y promueve cada vez más como aceptable y hasta deseable la exploración y desenfreno de una sexualidad extraviada. Esto indudablemente producirá destrucción y un creciente número de personas desilusionadas, dolidas, y atrapadas en los lazos de todo tipo de perversión sexual. ¿Cómo debe responder la Iglesia ante esta realidad? 

Algunos pueden pensar que lo que la iglesia debe hacer es retraerse y aislarse de este mundo caído. Otros han optado simplemente por condenar y protestar contra este fenómeno moderno. Pero Cristo vino a traer su reino a este mundo caído inmerso en su pecado y su reino proclama esperanza, la esperanza del evangelio. La Iglesia como el cuerpo de Cristo en este mundo debe estar preparada para ofrecer la esperanza de redención del evangelio en Cristo. Por la obra redentora de Jesús ¡siempre hay esperanza!

Nuestra esperanza en Cristo

Nuestra sexualidad, de manera universal, está pervertida de alguna forma; la tuya y la mía. Es importante que todos reconozcamos la realidad de que nuestra naturaleza caída no nos permite acusar al prójimo de perversión sexual sin tomar en cuenta que nosotros también somos culpables de alguna forma de pecado sexual. Este es el principio del evangelio, que Cristo vino a salvar pecadores (1 Ti. 1:15) y a destruir el pecado (Heb. 9:26). Esta postura es esencial para poder apoyar a hombres y mujeres que se encuentran atrapados en diversos pecados y tentaciones sexuales.

Ninguna persona está fuera del alcance del poder redentor, regenerador, y restaurador del evangelio. Si afirmamos que el evangelio es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree (Ro. 1:16), nunca debemos ver a personas atrapadas en pecado de perversión sexual como irredimibles, fuera del alcance del amoroso poder transformador de Cristo, como si el pecado sexual fuera más difícil de perdonar que otros.

¿Cómo reaccionarías si este próximo domingo visita tu iglesia una persona transexual? O ¿qué le responderías a una persona que te pregunta si puede asistir a tu iglesia con su pareja del mismo sexo? ¿Qué harías si un joven esposo cristiano te confiesa que se siente atraído a personas de su mismo sexo? Debemos estar firmes en la esperanza de que Cristo es poderoso para rescatar al más vil pecador. Si Cristo se levantó de la tumba por el poder del Espíritu Santo (Ro. 8:11), su Espíritu es capaz de lavar y santificar a cualquier persona que clame a Él (Tit. 3:4-6).

La Iglesia: un lugar seguro

Todo creyente ora que Dios en su misericordia salve a los pecadores. Pero a veces quisiéramos que las personas que Dios salva lleguen a la iglesia ya sanos y sin bagaje de su pasado.

El evangelio genera la iglesia como una comunidad que debe manifestar ante el mundo el carácter de nuestro Salvador Jesús (Jn. 13:34; Fil. 2:15-16). Por ello, estamos llamados a vivir de una manera que corresponda a su misericordia, al tratar a los demás de la misma forma que Él nos ha tratado a nosotros (Lc. 6:36; Ef. 4:32; 5:1-2). Por ello, nuestro llamado es a recibir, con humildad, paciencia, y mansedumbre a aquellos que Él agrega a su iglesia y que van a necesitar nuestro apoyo y ayuda. Así lo escribió Pablo:

“Yo, pues, prisionero del Señor, les ruego que ustedes vivan de una manera digna de la vocación con que han sido llamados. Que vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor, esforzándose por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, Efesios 4:1-3 (énfasis añadido).

Creo que todo creyente ora, o cuando menos quiere, que Dios en su misericordia salve a los pecadores. Pero a veces quisiéramos que las personas que Dios salva lleguen a la iglesia ya sanos y sin bagaje de su pasado. Sin embargo, como dice el texto anterior, la Biblia nos llama en repetidas ocasiones y en diversas formas a soportarnos unos a otros en amor. Por ejemplo, debemos tener cuidado los unos por los otros (1 Co. 12:25), aceptarnos los unos a los otros (Ro. 15:7), llevar los unos las cargas de los otros (Gal. 6:2) y alentarnos y edificarnos los unos a los otros (1 Ts. 5:11), siendo amables unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, así como también Dios nos perdonó en Cristo (Ef. 4:32). 

Por eso la iglesia debe ser un lugar seguro en donde reine un ambiente de gracia, que le permita al que busca a Cristo ser transparente sobre su vida sin el temor de ser rechazado o juzgado. La Biblia también nos enseña que soportarnos y sostenernos mutuamente incluye el amonestarnos los unos a los otros (Ro. 5:14), confesar nuestros pecados unos a otros, y orar unos por otros (Stg. 5:16) en un Espíritu común, sometiéndonos unos a otros en el temor de Cristo (Ef. 5:21). 

Pero esto no sucederá si no estamos dispuestos a recibir en amor a aquellos cuyo pecado nos parece aberrante. Como hombre e hijo de Dios, debo poder escuchar atenta y empáticamente la historia y el dolor de otro hombre que ha luchado toda su vida con atracción al mismo sexo. Aunque esos deseos me parezcan a mí completamente foráneos e incomprensibles, debemos ser aquellos siempre dispuestos a escuchar con compasión a otro que busca redención, para ganarme el derecho de poder dar esperanza, alentar, animar, y hasta amonestar.

Este soportándose unos a otros en amor se vuelve absolutamente necesario, porque aquellos que traen consigo un pasado de inmoralidad sexual experimentan una verdadera atadura espiritual. La Biblia nos enseña que, si obedecemos al pecado en sus lujurias, nos esclavizamos al pecado (Jn. 8:34, Ro. 6:16, 2 Pe. 2:19). Aunque Cristo rompe esa esclavitud al redimirnos, el registro del pecado en nuestra carne busca constantemente llevarnos cautivos de nuevo a su tiranía. De tal forma que muchos caen en desaliento al pensar que nunca podrán cambiar ni romper esa atadura sexual.

Cristo nos ayuda a romper hábitos, pero es necesario día con día permanecer firmes en la nueva vida que Cristo nos llama a vivir.

Cada hábito de pecado presenta retos diferentes, y en especial en el caso de aquellos que luchan con deseos sexuales desordenados. Una mujer que vivió muchos años en una relación lésbica comenta que, aunque somos regenerados en Cristo, permanece la realidad de una memoria en la carne. No se diga de los que se han entregado a la adicción a la pornografía; desgraciadamente todas esas imágenes están depositadas en su memoria y podrán resurgir si se les da cabida. Cristo nos ayuda a romper hábitos y a resistir el darle entrada a esos recuerdos del pasado, pero es necesario día a día permanecer firmes en la nueva vida que Cristo nos llama a vivir. Por eso, ellos necesitarán de todo nuestro apoyo para alcanzar victoria sobre esos hábitos.

Se necesita paciencia 

“Les exhortamos, hermanos, a que amonesten a los indisciplinados, animen a los desalentados, sostengan a los débiles y sean pacientes con todos”, 1 Tesalonicenses 5:14 (énfasis añadido).

Hay muchos testimonios de personas que se entregaron a Cristo y fueron transformados casi instantáneamente, siendo liberados de deseos y pasiones desordenadas y hasta degradantes. Pero, pareciera que esos no son casos comunes de la operación regeneradora del Espíritu Santo. Dios es glorificado en que crezcamos gradualmente en nuestra lucha contra el pecado, y en especial en que pacientemente y en amor nos apoyemos mutuamente en esa lucha. Debemos reconocer que esta es una lucha particularmente difícil para aquellos que se entregaron al homosexualismo en el pasado, o que experimentan la realidad de deseos de atracción al mismo sexo, o que desde la infancia han deseado identificarse y llegar a ser de un género diferente al suyo. 

Cuando en Efesios 4:2 Pablo llama a la iglesia de Éfeso a que se “soporten” unos a otros en amor, les está diciendo que deben ser un apoyo mutuo, como aquel que se recarga sobre una pared para mantenerse de pie. Y en el texto de 1Tesalonicenses 5:14 les dice literalmente que pongan sus brazos alrededor de los débiles para que los sostengan y no caigan. Pero notemos que en ambos casos los llama a que sean ese apoyo y sostén con paciencia. O sea, que sobrelleven la debilidad, aun la indisciplina de sus hermanos, con paciencia, esperando que el Señor haga la obra en sus vidas. El cambio duradero requiere tiempo. Fácilmente se nos olvida que a muchos de nosotros nos ha tomado décadas dejar algunos hábitos pecaminosos.

Entonces si hemos de soportar, sostener, y apoyar a los que luchan con el pecado sexual, vamos a tener que extender ese apoyo sin pretender que su cambio y crecimiento sean instantáneos. Si queremos ser de ayuda, debemos ofrecernos como compañeros de batalla a largo plazo. Hay un paralelismo entre la familia y la iglesia. Al principio, los niños son completamente dependientes de los padres, pero poco a poco, los padres los sostienen, los apoyan, y les enseñan para que aprendan sostenerse ellos mismo. Debemos ser familia para aquellos que llegan a la iglesia con hábitos y ataduras de pecado, y nuestro apoyo deberá manifestarse en que nuestras vidas y casas estén abiertas para ellos a largo plazo.

El llamado es al aliento para santidad

No se trata principalmente de querer cambiar nuestro comportamiento, sino de buscar que Su gracia y poder obren en nosotros.

Por último, debemos entender claramente cuál es la ayuda que necesitan aquellos que luchan con ataduras de pecado sexual. Si ya han venido a Cristo, no necesitan nuestra condenación o que les hagamos sentir culpables. No necesitan nuestras propias expectativas de cambio, ni sentirse vigilados. Necesitan nuestro amor, nuestra presencia desinteresada en sus vidas. Necesitan nuestras oraciones, nuestros oídos, y nuestra atenta comprensión. Necesitan ser alentados con las verdades objetivas del evangelio que les recuerden la fidelidad, compasión, gracia, y poder de nuestro Salvador. Esto los animará a seguir creciendo en santidad, en semejanza de Cristo, y a no retroceder a los antiguos hábitos (Ef. 4:20-24).

Recordemos que la santificación es precisamente ser transformados en la semejanza de Cristo (Ro. 8:29, 13:14). Él es el modelo a cuya imagen estamos siendo transformados por el poder del Espíritu Santo (2 Co. 3:18), y ese es el mayor aliento con el que podemos estimularnos unos a otros. Pues no se trata principalmente de querer cambiar nuestro comportamiento, sino de buscar que Su gracia y poder obren en nosotros de forma que seamos transformados desde el interior en verdaderos hijos de Dios, en semejanza al primogénito de muchos hermanos. 

Si alguien lucha con la atracción sexual hacia personas de su mismo sexo, su esfuerzo no debe ser principalmente hacia no experimentar esos deseos, o intercambiar esos deseos por una atracción heterosexual, sino primeramente hacia crecer en Cristo, aprender de Cristo, estar más unido a Cristo, estar más lleno de Cristo, para querer ser como Cristo. Así el cambio sucede por Su gracia, no por el esfuerzo. 

Esa es la esencia del arrepentimiento, que día con día busquemos a Cristo y dependamos más de Él, pues nuestra vida, identidad, y futuro están guardados en Él, no en una falsa identidad derivada de nuestro pasado sexual (Jn. 15:4-5; Col. 3:1-5). Solo Cristo sabe de qué forma su gracia y poder redentor operarán en cada pecador, pero el evangelio nos afirma que si venimos a Él, no seremos desilusionados, pues Él dará de su vida a todo aquel que en Él confía (Jn. 4:14; Mt. 11:28).


Imagen: Lightstock.
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