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Mi pecado no muere fácilmente. En este momento estoy luchando contra uno en particular que parece ser especialmente persistente. Puedo triunfar por unos meses, pero luego pasa algo, bajo la guardia y siento que he dado 10 pasos hacia atrás en mi santificación. Es frustrante. Es molesto. Es desalentador.

Mis hijos pequeños también tienen problemas de pecado, y esos pecados no parecen desaparecer. Como yo, tienen días buenos y días malos. Pero a diferencia de mí, no tienen al Espíritu Santo santificándolos y convenciéndolos. Aunque como cristianos podemos estar en desacuerdo sobre la condición espiritual de nuestros hijos, yo creo que todo lo que mis hijos tienen es gracia común, y la mayoría de las veces prevalecen sus propios corazones pecaminosos.

Este pecado acosador en mi propia vida, y los pecados acosadores en la vida de mis hijos, a menudo me llevan a la desesperación. ¿Qué haces cuando el entrenamiento y la disciplina son difíciles y aparentemente infructuosos? ¿Cómo continúas cuando parece que nada está funcionando?

Padres de dura cerviz, hijos de dura cerviz

Disciplinar a nuestros hijos es difícil por muchas razones. La dificultad puede ir desde que no pudimos dormir lo suficiente la noche anterior, a problemas de pecado persistentes en nuestros hijos que deben ser confrontados. La enfermedad, el estrés externo, la discapacidad, y los cambios importantes en la vida también pueden aumentar la dificultad de la disciplina diaria.

¿Cómo continúas cuando parece que nada funciona?

Otras veces, mi falta de humildad dificulta la disciplina. Mi hijo vuelve a desobedecer después de que ya le he dicho varias veces que haga lo correcto. Él no lo hace y me enfado. Se retira. Me frustro más por su frustración, y el ciclo continúa.

Pero cuando recuerdo mi propio pecado entonces puedo comprenderlos. Si yo, una hija de Dios comprada con sangre, continúo regresando al mismo pecado, ¿cuánto más lo hará mi hijo que no tiene el Espíritu Santo? Sí, su pecado necesita ser tratado. Pero también el mío.

Al final del día, la disciplina a menudo es difícil para mí porque no veo a mis hijos con ojos humildes, y en cambio espero un comportamiento que ni siquiera yo muestro. La disciplina es difícil porque son pecadores de dura cerviz que necesitan corazones nuevos; simplemente están respondiendo de acuerdo a su naturaleza. Desobedecen porque es todo lo que las personas pecaminosas saben hacer (Ro. 8:5). Son crueles porque no tienen corazones nuevos (Ez. 11:19; 36:26). Ellos siguen regresando a su pecado porque es el único impulso que alguien apartado de Cristo tiene (Ro. 3:23). 

Solo cuando los veo bajo esa luz puedo responder con compasión, no con frustración. Ellos necesitan a Jesús una y otra vez y otra vez.

La verdad más gloriosa en la crianza de los hijos es que no soy la única que cuida a mis hijos.

La disciplina es dura porque el pecado es grave. El pecado exige consecuencias. Pero también requiere que primero saquemos la viga de nuestro propio ojo (Mt. 7:5). Somos padres de dura cerviz que se encargan de hijos de dura cerviz.

Un Dios lleno de gracia y personas de dura cerviz

La verdad más gloriosa en la crianza de los hijos es que no soy la única que cuida a mis hijos. Dios es su máxima autoridad, y yo los cuido como una bajo su autoridad también. Soy la primera en ayudar a mis hijos a comprender cómo es Dios (Sal. 22:9-10). Los niños aprenden a confiar y obedecer a Dios aprendiendo a confiar y obedecer a sus padres, por lo que la forma en que los disciplino debería dar testimonio de cómo Dios nos disciplina (Ef. 6:1). Esa verdad es increíblemente confrontadora.

¿Cuál es el patrón general de disciplina en las Escrituras? ¿Cómo trata Dios a sus hijos? Él es amable. Es lento para enojarse (Sal. 86:15). Les da repetidas oportunidades de obedecer. Los libra incluso cuando no lo merecen (Dt. 7:7). Provee para ellos (Ex. 16). Y en última instancia, Él dio a su único Hijo para brindarles nuevos corazones, de modo que puedan tener una oportunidad de obediencia verdadera (Jn. 3:16).

El patrón de crianza que vemos en las Escrituras es el de una paciencia sufrida con personas rebeldes que siguen su propio camino. ¿Eso suena como tu casa? Seguro que suena como la mía.

Cuando la disciplina es difícil, tendemos a responder con frustración y sorpresa: seguramente ya deberían saberlo. Les he dicho repetidamente lo que necesito de ellos. O nos desesperamos: Dios dijo en su Palabra que bendeciría mis esfuerzos si yo soy fiel. ¿Por qué es tan difícil?

Pero considera tu propia vida por un momento. ¿Qué pecado te mantiene humilde, siempre consciente de tu necesidad de crecimiento? Considera la vida del Salvador con sus discípulos, siempre dándoles más gracia ante su falta de comprensión y confianza.

La disciplina es difícil porque el pecado es feo y difícil de erradicar. Es difícil porque a nadie le gusta lidiar con solo pulgadas de crecimiento cuando están dando todo de sí mismo cada día. Es difícil porque realmente amas a estos niños más de lo que creías posible, pero la rebelión repetida duele y es frustrante. Es difícil porque no importa cuánto intentes forzar la obediencia, los corazones pecaminosos solo pueden ser transformados por un poder que no posees en ti misma.

Nunca estás sola

Pero estas verdades también pueden animar a los padres. De la misma manera que no poseemos el poder para cambiar a nuestros hijos, tampoco somos padres sin el poder sobrenatural del Espíritu Santo. Nunca estamos disciplinando solos.

La disciplina es difícil, pero es por eso que Dios nunca nos deja solas para la tarea.

Cuando se nos pide que les hablemos a nuestros hijos acerca de sus pecados, el Espíritu nos da palabras, gracia, y discernimiento. Cuando los disciplinamos, el Espíritu proporciona la paciencia necesaria para disciplinar en amor, así como lo hace Dios el Padre. Cuando les presentamos el evangelio, nunca lo hacemos sin el poder del Espíritu quien puede abrir los ojos ciegos a la belleza de la gracia.

La disciplina es difícil, pero es por eso que Dios nunca nos deja solas para la tarea. La dificultad de la disciplina nos lleva al final de nuestros propios esfuerzos y nos deja muy faltos. Pero también nos señala al Salvador, quien toma huesos secos y les da vida (Ez. 37:1–14).


Publicado originalmente por The Gospel Coalition. Traducido por Patricia Namnún.
IMAGEN: LIGHTSTOCK.
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