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«Concupiscencia» no es una palabra que la mayoría de personas utilice a diario. Incluso los pastores y teólogos más capacitados y familiarizados con el término pueden sentirse confundidos acerca de su significado. Para muchos, la palabra trae a la mente las batallas de Agustín contra la lujuria o nuestros debates contemporáneos sobre la sexualidad humana. Por estas razones, muchos piensan en la concupiscencia solo como un término para el deseo sexual ilícito. La definición del diccionario Merriam-Webster en inglés —fuerte deseo, especialmente sexual— refuerza este uso.

Pero en la teología cristiana, la concupiscencia no se trata solo de sexo. El término se aplica más ampliamente a las inclinaciones y deseos desordenados que se desvían erróneamente de cualquier manera, ya sea que se trate de codicia, lujuria, prejuicios injustos o inclinaciones egoístas. La historia de la iglesia nos muestra cómo una comprensión reformada del deseo puede ayudar a los cristianos de hoy.

¿Pecado o no? El punto de vista de Agustín sobre la concupiscencia

Durante gran parte de la historia de la iglesia, el debate en torno a la concupiscencia se centró en esta pregunta: ¿Considera Dios culpables a las personas por sus deseos ilícitos aunque no los lleven a la práctica?

Los primeros estudios de Agustín de Hipona sobre las Escrituras le llevaron a responder afirmativamente a esta pregunta. Enseñó que nuestros pensamientos, deseos y acciones ilícitas conllevan culpa, independientemente de nuestra voluntad e intención. ¿Por qué? Son pruebas de nuestra participación en el pecado original de Adán y Eva. Agustín escribió: «Todo lo que un hombre hace mal por ignorancia, y todo lo que no puede hacer bien por lo que desea, se llaman pecados porque tienen su origen en el primer pecado».

En sus posteriores debates con Pelagio, Agustín dejó claro que debido a la corrupción de los deseos pecaminosos de la humanidad, solo podemos hacer el bien por la gracia de Dios. Pero no se detuvo ahí. Su enseñanza sobre el bautismo complica su doctrina sobre la concupiscencia. Agustín escribió que «la concupiscencia misma ya no es pecado, siempre que [los cristianos bautizados] no consientan en ella».

Los eruditos a lo largo de la historia han debatido lo que Agustín quería decir con esta afirmación. El latín no posee una distinción entre «pecado» activo y «pecaminosidad». El término peccatum puede tener cualquiera de los dos significados, por lo que es difícil determinar cuál era la intención de Agustín. Pero desde la época de Agustín, la Iglesia católica romana ha enseñado que el bautismo elimina el pecado original. Han mantenido que los deseos desordenados que surgen en los cristianos bautizados no se convierten en pecado hasta que actuamos sobre ellos. En la época de Martín Lutero, algunos teólogos medievales incluso enseñaban que los deseos desordenados debían ser acogidos por los creyentes como oportunidades para ejercitar la virtud resistiéndolos.

Seguimos siendo pecadores: La visión de los reformadores sobre la concupiscencia

Los reformadores consideraban que el punto de vista católico era peligroso y contrario a la Palabra de Dios. Estaban convencidos de que el deseo ilícito seguía siendo pecado y continuaba generando culpa en los creyentes incluso después del bautismo cristiano. Esto lo podemos ver en la Biblia King James en inglés y su traducción de Colosenses 3:5 que refleja ese punto de vista (cp. Ro 7:8, 1 Ts 4:5). Los traductores usaron la frase «mala concupiscencia» para traducir términos griegos que nuestras versiones modernas leen como «malos deseos». Pablo dice que los malos deseos —junto con «fornicación, inmundicia… y avaricia»— son «terrenales» y deben entenderse como idolátricos en el fondo.

En los Artículos de Esmalcalda de 1537, Lutero argumentaba que el hecho de que la Iglesia católica no calificara la concupiscencia como pecado conducía a un malentendido del arrepentimiento. Aunque los deseos ilícitos pueden surgir en los creyentes antes y aparte de un acto consciente de la voluntad, se presentan, argumentaba Lutero, como evidencia de nuestra antigua conexión pecaminosa con Adán (Ef 4:22). Como tales, no se debe permitir que se agudicen; hay que «hacerlos morir» (Col 3:5; cp. Mt 5:21-30).

No solo los inconversos deben luchar contra los deseos y pensamientos pecaminosos; los creyentes también deben enfrentarse activamente a su corrupción interior

Las confesiones de la Reforma que vinieron después de Lutero siguieron su ejemplo (ver Augsburgo, Belga, Treinta y Nueve Artículos, Heidelberg, Westminster y la Segunda Bautista de Londres). Con sus declaraciones sobre la concupiscencia, estas confesiones dejaron claros tres puntos:

  1. Los cristianos no somos pecadores porque pequemos intencionalmente. Más bien, pecamos porque nacemos pecadores; incluso antes de actuar, nuestros corazones están inclinados hacia el mal.
  2. No solo los incrédulos son considerados culpables por concupiscencia. No, incluso los cristianos, aunque simultáneamente justificados, son pecadores. Lo que Pablo llama el «viejo hombre» está, aunque derrotado, todavía presente con nosotros.
  3. Así que no solo los inconversos deben luchar contra los deseos y pensamientos pecaminosos; los creyentes también deben enfrentarse activamente a su corrupción interior.

¿Por qué es importante esta doctrina hoy?

¿Cuáles son las implicaciones del entendimiento de la Reforma sobre la concupiscencia para los creyentes de hoy?

1. Esta doctrina nos recuerda que nadie es inocente ante Dios.

En una cultura que celebra ser «fiel a uno mismo», es fácil suponer que la identidad expresiva de cada persona, o su inclinación interior, es natural y moralmente neutra (y quizá incluso positiva), pero esto va en contra de las Escrituras. Jesús dejó claro que la impureza no empieza con las acciones externas, sino que procede del corazón (Mr 7:21; cp. Ro 7:18, 23-25). «Todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios» (Ro 3:23). «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino» (Is 53:6). Todos somos culpables y moralmente responsables ante Dios, tanto por dentro como por fuera, tanto por los deseos deseados como por los no deseados.

2. Nos anima a confesar como pecado los pensamientos y deseos ilícitos, incluso cuando no son deseados.

Sea cual sea nuestra opinión sobre la persona en conflicto de Romanos 7, todos debemos dar fe de que deseos contradictorios siguen luchando en nuestro interior después de la salvación. Conocer las acciones correctas a realizar y realmente desearlas o estar dispuesto a realizarlas son todavía dos cosas diferentes para nosotros. Aunque una persona no luche contra la lujuria sexual, pecados como la codicia avariciosa, el ansia de poder y los prejuicios egoístas siguen acechando en lo más recóndito de nuestros pensamientos y actitudes, de modo que incluso los fieles exclaman: «¿Quién puede discernir sus propios errores?» (Sal 19:12). «¿Quién lo comprenderá [al corazón]?» (Jr 17:9).

Jesús dejó claro que la impureza no empieza con las acciones externas, sino que procede del corazón

Aunque admitamos que somos pecadores, la mayoría de nosotros tenemos la tentación de evadir y excusar nuestro pecado. Incluso podemos justificar nuestros deseos, convenciéndonos de que no hemos hecho nada malo. Sin embargo, la Biblia no se anda con rodeos con los pensamientos y deseos pecaminosos. En Romanos 1, por ejemplo, Pablo describe explícitamente como pecado tanto la actividad sexual entre personas del mismo sexo («cambiaron»/«abandonando la función natural por la que es contra la naturaleza», vv. 26-27) como el deseo sexual entre personas del mismo sexo («encendidos por su lujuria», v. 27). Sea cual sea el carácter particular de nuestras tentaciones internas, debemos estar de acuerdo con Dios sobre su pecaminosidad. Debemos dar a nuestros deseos ilícitos las mismas etiquetas que Él les da.

3. Al exponer la inclinación interior de todos hacia el pecado, esta doctrina nos humilla, fomenta la honestidad y cultiva en nosotros la compasión por nuestros hermanos pecadores.

Los creyentes que buscan la obediencia a Cristo todavía experimentan tentaciones debido a deseos corruptos. Algunos pueden incluso sentirse aplastados de decepción porque los deseos son implacables. Esto debería llevarnos a lamentar nuestra inclinación interna hacia el pecado, a dar gracias por la presencia del Espíritu que renueva nuestros corazones, a orar con fervor por la obra del Espíritu y a tratar (en la medida de lo posible) de desarraigar el deseo pecaminoso de nuestras vidas, sabiendo que, al hacerlo, no estamos solos en la batalla.

Cuando adoptamos una definición más profunda (y bíblicamente más defendible) de la concupiscencia, estamos reconociendo que los efectos corruptores de la caída afectan a todos. La realidad del pecado remanente en los creyentes debería infundirnos humildad corporativa, animarnos a caminar en honestidad y comunión transparente unos con otros (1 Jn 1:7), y darnos empatía por los compañeros pecadores que cargan con deseos pecaminosos y pensamientos egoístas al igual que nosotros. La realidad de la concupiscencia debería motivarnos a escuchar los desafíos y las amonestaciones de los demás porque, aunque no queramos admitirlo, ellos pueden ver mejor los patrones pecaminosos y las ideas prejuiciosas a los que estamos ciegos.

4. Al enseñarnos a nombrar nuestro pecado, esta doctrina nos da esperanza para crecer en Cristo.

Pablo quiere que los cristianos sean conscientes de su pecado remanente, pero no quiere que pensemos que estamos atrapados. Nos llama a mortificar nuestra naturaleza pecaminosa una y otra vez hasta que alcancemos la gloria (Ef 4:22; Col 3:5ss.). ¿Cómo lo hacemos? No nos ofuscamos acerca de nuestro pecado, sino que regularmente llamamos al «viejo hombre» por su nombre en confesión.

Es difícil confesar deseos codiciosos. En algunos contextos, no es útil confesar públicamente la lujuria sexual o los pensamientos y actitudes amargamente prejuiciosos. Por esta razón, nuestras iglesias hacen bien cuando proporcionan espacios seguros donde las personas que luchan contra los malos deseos y pensamientos pueden ser honestos acerca de su pecado y recibir la seguridad del perdón de Dios. Aunque al principio pueda parecer como un puñetazo en el estómago reconocer que el viejo Adán sigue influyendo en nuestros deseos y pensamientos, esa honestidad es, en última instancia, el camino del verdadero arrepentimiento y de la limpieza continua en Cristo (1 Jn 1:7, 9).

De estas cuatro maneras, una doctrina más fiel de la concupiscencia puede ayudar a nuestras iglesias. Puede parecer contradictorio. Pero, por la gracia de Dios, reconocer y confesar las formas en que el pecado ha corrompido nuestros deseos es un camino hacia la empatía, la compasión y la esperanza cristiana.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson.
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