×

Juan el Bautista pensaba que la idea de que Jesús fuera bautizado era ridícula. Al fin y al cabo, él había venido a predicar sobre la ira santa de Dios contra el pecado. Había venido declarando: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mt 3:2). Bautizó con agua, lo que habría recordado a las personas la inundación del juicio que abrumó a los enemigos de Dios en los días de Noé y en el Mar Rojo.

Multitudes acudían al Jordán para ahogar sus antiguas vidas de pecado y comprometerse a un nuevo comienzo. Jesús vino con ellos y se puso en la fila. A primera vista, el bautismo de Jesús no tiene sentido. Frederick Dale Bruner lo describió de esta manera: «Es como si uno anunciara la llegada de un gran predicador para una serie de reuniones evangelísticas, y una noche el predicador llegara, no a la plataforma sino al altar, no al podio sino al banco de los penitentes, no a predicar sino a arrodillarse».

Jesús no es indigno ni pecador. Él es Aquel de quien Juan no es digno de desatar las sandalias. Jesús no necesita ser bautizado. Él es quien bautizará a Su pueblo con el Espíritu y con fuego (Mt 3:11). Sabiendo esto, Juan reacciona visceralmente: «Yo necesito ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí?» (v. 14).

Jesús respondió: «Permítelo ahora; porque es conveniente que así cumplamos toda justicia» (v. 15). ¿Qué quiere decir Jesús con esta afirmación? ¿Cómo es que Su bautismo cumple toda justicia? Aquí, el Salvador dice que Su bautismo era esencial, no por Él, sino por nosotros. El bautismo de Jesús fue parte de la obediencia perfecta necesaria para lograr nuestra salvación.

El “cumplimiento” en el Evangelio de Mateo

A Mateo le gusta el verbo «cumplir» (plēroō). Ya en los dos primeros capítulos de su evangelio, utiliza el término repetidamente para mostrar cómo la vida de Jesús es el objetivo profético más profundo al que apuntan las Escrituras del Antiguo Testamento.

Jesús se identifica con el pecado de las personas para poder salvarlas. Lleva obedientemente las cargas de ellos hasta la cruz

Jesús es el Emmanuel nacido de una virgen que predijo Isaías (Mt 1:22). Jesús sobrevivió a la matanza de inocentes ordenada por un Herodes al estilo faraónico (Mt 2:15-18), y, al igual que Israel, fue sacado de Egipto (Mt 2:15). Ya en el capítulo 3 de Mateo vemos que Juan cumple el primer anuncio profético de la restauración de la nación (v. 3; Is 40:3). Al igual que Israel atravesó el mar y luego fue probado en el desierto, Jesús pasará ahora por las aguas del juicio (Mt 3:13-17) y luego será tentado en el desierto por el diablo (Mt 4:1-11). Jesús encarna en Su vida todo lo que Israel estaba llamado a ser.

Mateo también utiliza la palabra «cumplir» de otra manera: para describir la obediencia a todo lo que la ley de Dios exigía. Charles L. Quarles interpreta Mateo 3:15 afirmando que era necesario que Jesús cumpliera «todos y cada uno de los actos de justicia». Cuando nos adelantamos dos capítulos hasta el Sermón del Monte, vemos que eso es exactamente lo que Jesús dice sobre Su ministerio: «No piensen que he venido para poner fin a la ley o a los profetas; no he venido para poner fin, sino para cumplir» (Mt 5:17). Jesús no vino a desechar la ley y los mandamientos de Dios. Vino a obedecerlos.

Como observa G. K. Beale, «vino a corregir lo que Israel y Adán habían hecho mal; venía con éxito a obedecer, en contraste con la anterior desobediencia de Israel». Allí donde Israel y toda la humanidad no habían estado a la altura de las normas de Dios, Jesús prevaleció.

La obediencia activa y pasiva de Cristo

¿Por qué es tan importante que Jesús cumpliera «todos y cada uno de los actos de justicia»? La ley de Moisés contenía bendiciones por la obediencia y maldiciones por la desobediencia (Dt 28). Castigaba a todo criminal que transgrediera sus sanciones (Dt 21:23) y prometía vida y prosperidad a quienes cumplieran fielmente sus mandamientos (Lv 18:5). En Su sufrimiento pasivo por el pecado y Su vida activa de amor, Cristo soportó todo el castigo de la ley y mereció todas sus recompensas

Como explica John Murray: «Cristo, como vicario de Su pueblo, cayó bajo la maldición y la condena debidas al pecado, y también cumplió la ley de Dios en todas sus exigencias positivas. En otras palabras, asumió la culpa por el pecado y cumplió perfectamente las exigencias de la justicia».

Estos aspectos activos y pasivos de la obediencia de Cristo actúan conjuntamente para lograr nuestra plena redención. Los teólogos reformados llaman a esto «la doctrina de la doble imputación». Nuestros pecados se anotaron en la cuenta de Cristo y ahora se nos atribuyen Sus justos méritos (2 Co 5:21).

Jesucristo fue bautizado por ti

¿Qué tiene que ver esto con el bautismo de Jesús? Piénsalo: las multitudes escuchan el mensaje de arrepentimiento de Juan. Van al Jordán y son lavados. Es como si su pecado, vergüenza y culpa quedaran allí, en el río. Entonces llega el Salvador. Es el Cordero de Dios perfecto, sin mancha, pero entra en esas aguas del juicio. Jesús se identifica con el pecado de las personas para poder salvarlas. Lleva obedientemente las cargas de ellos hasta la cruz.

El bautismo de Jesús revela la belleza de Su persona y la plenitud de Su obra salvadora. Fue parte integral de la obra que realizó para lograr nuestra redención

Así, el bautismo de Jesús en el Jordán apunta al bautismo de Su muerte (Mr 10:38; Lc 12:50). Pero también apunta a las gloriosas bendiciones merecidas por Su vida justa.

Después del bautismo de Jesús, los cielos se abrieron. El Espíritu de Dios descendió en forma de paloma y una voz del cielo declaró: «Este es Mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mt 3:16-17). Estos versículos nos hablan de la identidad de Jesús como Siervo ungido (Is 11; 42; 61) e Hijo de David (2 S 7; Sal. 2); también revelan lo que es verdad para todos los que están unidos a Él por la fe (Ro 8). El bautismo de Jesús revela la belleza de Su persona y la plenitud de Su obra salvadora. Su bautismo fue parte integral de la obra que realizó para lograr nuestra redención.

No me malinterpretes. No sugiero que cambiemos nuestros himnos sobre la sangre por otros que hablen solo de las aguas del Jordán. Pero cuando recordamos el bautismo de Jesús, debería recordarnos todo lo que hizo para salvarnos. Su encarnación, vida, muerte y resurrección; Su obediencia, tanto activa como pasiva; la plenitud de Su persona y de Su obra: todo ello contribuye a nuestra redención (Gá 4:4-5).


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson.
Recibe cada día los artículos, podcasts, y vídeos más recientes.
CARGAR MÁS
Cargando