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Nota del editor: 

Este devocional está tomado del ebook Noticias de gran gozo: 25 reflexiones para celebrar el Adviento.

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«El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de Él y clamó: “Este era del que yo decía: ‘El que viene después de mí, es antes de mí, porque era primero que yo’”. Pues de Su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer» (Juan‬ ‭1:14-18).

Vivieron en Egipto por 400 años. Allí crecieron, se multiplicaron y terminaron bajo la mano opresora de un rey que parecía la misma serpiente de Edén. Y los israelitas clamaron a Dios por rescate. Dios los escuchó; ellos eran su pueblo. De la mano de Moisés los condujo cruzando el mar Rojo hasta Sinaí. Pero Moisés no era la salvación.

Dios los salvó por su gracia, mediante Moisés. Desde allí les hizo un regalo, la Ley, y les mostró cómo relacionarse con Él, un Dios perfecto y santo. La ley era la manera en que podían mostrar su lealtad a Dios a través de la obediencia, pero ellos se rebelaron. Moisés fue su mediador, un vehículo de la gracia de Dios que apuntaba al día en que la gracia cobraría forma humana. Sin embargo, la desobediencia no escapó a Moisés. Sus ojos tuvieron que mirar desde lejos la Tierra Prometida. 

Moisés fue mediador en el pacto de la Ley, el pacto que no pudimos cumplir. Fue un mediador que murió, que también pecó. Un mediador cuya obediencia fue imperfecta. Sin embargo, Cristo es un mejor mediador que Moisés y aun mejor que el sacerdocio que Dios estableció en el Antiguo Testamento para interceder por el pueblo. Jesucristo es el mediador perfecto y eterno, «poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos. Porque convenía que tuviéramos tal Sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores, y exaltado más allá de los cielos» (Heb 7:25-26).

El Señor reveló su gloria a Moisés y declaró de Sí mismo que era abundante en misericordia y verdad (Éx 34:6). Esa misma frase es evocada por las palabras de Juan en el pasaje que citamos al inicio: la gracia y la verdad, hechas realidad, en Cristo. Con Moisés, Dios hizo un pacto; en Cristo, nos dio la máxima y mejor expresión de su fidelidad al pacto. En el pacto con Moisés, Dios reveló quién era, su carácter. En Cristo, culminó la revelación de Dios. Él es el nuevo pacto (Heb 9:15).

Moisés vivió como siervo, Cristo vivió como Hijo. Moisés se acercó a un monte que lo aterrorizaba, nosotros en Cristo podemos llegar a Sión, la ciudad del Dios vivo (Heb 12:21-24). Moisés fue profeta para ellos, pero les anunció un profeta mayor que ahora tenemos en Cristo (Dt 18:18, Hch 7:37). Moisés fue grande, pero el Verbo encarnado y que vino a nosotros en la primera Navidad es mejor; y en Él, en Cristo, tenemos nuestra esperanza.

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